28 años fabricando el calzado que sostiene al tango en plena calle Suipacha
Antonio Ávalos aprendió el oficio con su padre y hoy produce unos 50 pares por semana junto a su mujer y su hijo. Detrás de cada taco y cada suela hay una decisión técnica que define cómo pisa quien baila.

Son las diez de la mañana y en la calle Suipacha, a metros del río de la plata de los negocios y los estudios contables del microcentro porteño, ya se escucha el ritmo seco de un martillo sobre el cuero. Detrás de la vidriera de Todo Tango Shoes, Antonio Ávalos ajusta una horma mientras su hijo Tobías recorta una pieza de charol y su mujer Analía acomoda la nueva temporada en el mostrador. En este local con taller a la vista, padre, madre e hijo fabrican a mano los zapatos que después se calzan quienes pisan las pistas más exigentes de Buenos Aires y de afuera.
Antonio tiene 46 años y lleva 28 en el oficio. Empezó a los 18, en 1997, de la mano de su viejo Eugenio, un modelista de calzado que en los años setenta y ochenta representaba a Christian Dior en la Argentina y le daba forma a los zapatos de taco aguja que las mujeres usaban todos los días para ir a trabajar. "Papá era mi maestro. De chico no teníamos mucho dinero y a mí me gustaban las zapatillas que no me podían comprar. Entonces me enseñó a hacerlas", me cuenta Antonio, parado junto a una horma gastada por el uso, como si todavía tuviera algo que enseñarle.
Un proceso que empieza sobre la horma, no en el papel
A diferencia del diseño industrial, acá el dibujo nace directamente sobre la horma. Antonio marca los trazos, imagina la silueta y arma un primer prototipo en talle 37, que después coloca en la vidriera para ver qué dicen los ojos de quienes pasan o se detienen. Si el modelo convence, entra en producción y un escalista se encarga de ajustar los moldes a toda la numeración. Recién entonces empieza el recorrido por el corte, el aparado, el armado, la colocación de la suela y la terminación final. Así, semana tras semana, salen del taller alrededor de 50 pares.
- Cromo: para pisos pulidos, donde el zapato no resbala pero sí desliza con precisión.
- Cuero: se adapta a cualquier superficie y fue la elección durante la pandemia, cuando el tango se mudó a las plazas.
- Suela de cromo tipo jazz: para zapatillas de práctica y milongas informales, más livianas y cómodas.
- Modelos para bachata, con múltiples tiras en el empeine y taco chupete, y también para rock.
Por qué el taco no es solo una cuestión de elegancia
“No podés poner un taco de 7 centímetros en una horma de 9, porque te va a caer mal. El zapato pisa chueco, ya sea en la punta o en el talón.”Antonio Ávalos, microcentro porteño
Esa caída correcta es, en realidad, la que define el eje del bailarín, la precisión del giro y la seguridad de cada desplazamiento. Por eso en el taller la altura del taco se mueve siempre entre los 5,5 y los 9 centímetros, según lo que pida cada cliente y, sobre todo, según lo que aguante su biomecánica. Los materiales que entran cada semana son los de siempre: cuero, telas, billoné, glitter, charol y estampados que llegan de China y de Brasil. El único que Antonio descarta de plano es el cuero ecológico: "Tiene vencimiento, se deforma con el uso y no responde igual cuando lo sometés a la torsión de un giro", resume mientras revisa una costura.
Cuando le pregunto qué lo mantiene después de casi tres décadas fabricando el mismo tipo de calzado, Antonio mira hacia el taller donde está Tobías y vuelve a mirar la horma que tiene entre las manos. "Lo que más me gusta es ver a alguien bailar con un par hecho por nosotros y saber que ese zapato le cambia el eje, le corrige la pisada, le permite deslizar mejor. Eso no se compra en una góndola", me dice, y se le nota en la voz que habla también como padre. En la calle Suipacha, entre tickets y facturas, el tango sigue teniendo dónde calzarse.
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