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Azcuénaga, el pueblo de 350 habitantes que se reinventa con diez restaurantes y hospedajes centenarios

A cien kilómetros de Buenos Aires, una localidad con casco histórico recuperado, oferta gastronómica en expansión y alojamientos que van de una fonda de 1903 a cabañas con pileta, se consolida como destino de escapada de fin de semana. Las claves para organizar la visita y lo que aún falta para que el circuito funcione todo el año.

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Ana Laura QuinteroAmbiente y energía · 19 DE SEPT DE 2026 · 3 min de lectura

Con apenas 350 habitantes, Azcuénaga se convirtió en un caso singular dentro del abanico turístico bonaerense: un pueblo chico, ubicado a cien kilómetros al noroeste de la ciudad de Buenos Aires, que sostiene una decena de restaurantes y una oferta de alojamiento repartida entre una fonda centenaria, una hostería, cabañas y una casa rural. La mayoría de los locales gastronómicos abre los fines de semana y, según el material difundido sobre el destino, la reserva previa resulta especialmente indispensable los domingos, cuando la demanda se concentra sobre una capacidad limitada de mesas. De lunes a viernes, en tanto, la alternativa para almorzar es el buffet del Club Recreativo Apolo.

Qué se come y dónde

La grilla permite alternar entre parrilla, pastas y propuestas de cocina italiana y francesa, en un menú que se apoya en edificaciones recuperadas del casco histórico. Almacén C&T funciona en la antigua Casa Terren, abierta en 1912 y puesta en valor por la familia Coarasa, donde se sirven carnes y picadas; La Porteña prepara pastas y osobuco con risotto de calabaza; y Lo de Grace ofrece parrilla y pasta libre en una construcción rodeada de campo. A esa oferta se suman Cucina de Santo, con pastas y mariscos, y Le Four, donde la cocinera Vanesa Plaza sostiene una carta francesa que incluye cordero con ciruelas. La Posta y Silvestre completan parte del recorrido gastronómico, mientras que en el club, el buffet a cargo de Marcelo Santander y Marcela Ronco sirve ravioles caseros y milanesas.

Dónde dormir

Para quienes decidan pernoctar, las opciones se reparten entre el casco histórico y los alrededores rurales. La Piamonte incorporó habitaciones en el edificio que ocupaba la Fonda de Sforzini, fundada en 1903 frente a la antigua estación ferroviaria; La Magnolia funciona en una casona rural; Rancho Aparte ofrece cabañas con pileta; y El Nido se suma como otra alternativa de alojamiento. Algo más alejados, en las afueras del pueblo, se encuentran Los Vagones de Areco, un complejo que aprovecha la herencia ferroviaria de la zona.

El paseo a pie y las paradas obligadas

El recorrido peatonal permite conocer las construcciones antiguas y, tras atravesar unas pocas manzanas, llegar al campo abierto. Por los caminos rurales circulan bicicletas y motos, aunque las condiciones varían con el clima y pueden ir del barro al terreno seco, lo que vuelve recomendable consultar el estado de los senderos antes de salir. En los alrededores, la faunaobservable incluye liebres, vizcachas y lechuzas, un atractivo adicional para los visitantes que se internan en la zona rural.

  • La Moderna: panadería fundada en 1917 donde Laura González y sus hijas elaboran galleta de campo en horno a leña.
  • Capilla Nuestra Señora del Rosario: inaugurada en 1907, abre los fines de semana con Ramona Lescano como responsable de su apertura al público.
  • Casa Terren: construcción de 1912 rehabilitada por la familia Coarasa, sede del Almacén C&T.
  • Fonda de Sforzini: edificio de 1903 frente a la estación ferroviaria, hoy con habitaciones de La Piamonte.
  • Club Recreativo Apolo: única opción gastronómica estable durante la semana, con buffet a cargo de Marcelo Santander y Marcela Ronco.

Qué falta

El pueblo muestra una arquitectura centenaria en proceso de recuperación y una oferta gastronómica que crece, pero sigue dependiendo de manera casi exclusiva del fin de semana: la mayoría de los restaurantes cierra de lunes a viernes y solo el buffet del Club Recreativo Apolo sostiene la atención en esos días. Tampoco hay datos públicos sobre cantidad de plazas de alojamiento, tarifas ni niveles de ocupación, lo que dificulta planificar la visita y comparar con otros destinos rurales de la provincia. Para que Azcuénaga deje de ser una escapada de sábado y domingo y se consolide como destino de estadía prolongada, falta avanzar en la apertura de locales entre semana, en la difusión de información turística actualizada y en la estabilización de los caminos rurales, cuya variabilidad según el clima condiciona la experiencia de quienes llegan en bicicleta o moto.

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Ana Laura QuinteroAmbiente y energía

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