Cansancio que no se va: cuándo el cuerpo empieza a vivir en alerta y la rutina lo disimula
Una semana difícil se distingue del estrés crónico por el patrón: dormir mal varias noches seguidas, perder el hilo de lo que uno dice y estallar por cosas chicas suelen ser señales de un estado de alerta que ya no se apaga. Especialistas y estudios recientes marcan la línea entre el agotamiento pasajero y el desgaste sostenido, y explican por qué cuesta tanto darse cuenta a tiempo.

Son las siete de la mañana en un barrio residencial de Córdoba capital y Adriana, maestra de primaria de 47 años, se sirve el segundo café antes de revisar el plan del día. Anoche volvió a despertarse a las tres, miró el techo, dio vueltas y recién se volvió a dormir pasada las cinco. Esta mañana, mientras acomoda las mochilas de sus hijos para la escuela, olvida dos veces dónde dejó las llaves. Piensa que la semana fue brava y que el lunes siguiente va a estar mejor. Pero el lunes siguiente, y el otro, y el otro, todo sigue igual. Adriana ya lleva meses así, y lo que empezó como cansancio pasó a ser otra cosa.
La diferencia entre una semana pesada y vivir en alerta
Hay una diferencia muy concreta entre pasar una semana difícil y vivir en alerta permanente. La segunda situación es más difícil de detectar, porque la rutina puede seguir en pie mientras el cuerpo y la mente ya están operando al límite. Uno sigue llegando a tiempo, contestando mensajes y cumpliendo compromisos, aunque duerma cada vez peor y reaccione con más intensidad de la habitual ante algo menor.
Los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos (CDC) vienen advirtiendo hace tiempo que el estrés sostenido puede provocar dificultades para dormir, problemas de concentración, cambios de humor y menor capacidad para tomar decisiones. Estos síntomas no siempre aparecen juntos ni de forma evidente. La mayoría de las veces se presentan dispersos: una persona se despierta de madrugada sin motivo, olvida lo que iba a decir a mitad de una frase o se irrita por cuestiones que antes no le movan el amperímetro.
“El problema aparece cuando la respuesta de estrés no logra apagarse. Ahí el cerebro deja de administrar bien recursos básicos como organizar, recordar, priorizar y responder con calma, y esas tareas empiezan a consumir mucha más energía que antes.”Leah Doane, profesora de Psicología de Arizona State University
- Dormir peor varias noches seguidas, con despertares nocturnos sin causa clara o dificultad para conciliar el sueño.
- Perder el hilo de una conversación, olvidar palabras simples o no poder concentrarse en una sola tarea por mucho rato.
- Reaccionar con irritación o enojo ante contratiempos menores que antes se toleraban sin problema.
- Sentir cansancio apenas arranca el día, incluso después de haber dormido las horas habituales.
- Cumplir con la rutina pero sentir que cada demanda exige un esfuerzo cada vez mayor.
Una revisión publicada este año en la revista Frontiers in Psychology reunió 45 revisiones y más de 2.000 estudios y concluyó que las alteraciones del sueño y los problemas cognitivos, sobre todo en atención, memoria y funciones ejecutivas, aparecen de manera consistente en cuadros de estrés crónico. Otro estudio publicado en 2024 en Neurobiology of Stress agregó que la exposición prolongada puede afectar la memoria de trabajo, la flexibilidad cognitiva y el control de la conducta, es decir, la capacidad de adaptarse a lo nuevo y de frenar impulsos. En criollo: cada vez cuesta más pensar, decidir y aguantarse.
En los últimos años empezó a circular en redes y espacios de bienestar la idea de vivir en modo supervivencia, una forma gráfica de nombrar ese estado de alerta sostenido en el que el cuerpo funciona pero no termina de descansar. No es un diagnóstico clínico, pero sirve para ordenar señales que, tomadas por separado, parecen cosas sin importancia. Lo que importa no es la etiqueta, sino el patrón: si dormir mal, desatender y desbordarse se sostienen en el tiempo, conviene tomarlo en serio antes de que el cuerpo termine pagando los platos rotos.
Adriana todavía no fue al médico, pero esta semana, después de olvidarse el nombre de una alumna delante del grado y quedarse paralizada unos segundos, decidió anotarlo todo en un cuaderno. Anota cómo duerme, cómo reacciona, qué le pesa. Quiere ver si el patrón es real antes de pedir un turno. Mientras tanto, me cuenta con una media sonrisa que este domingo, por primera vez en mucho tiempo, no tiene nada agendado y va a tratar de no sentir culpa por eso. Es un paso chico, pero es un paso.
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