Cuando el celular se convierte en un campo de batalla: por qué leemos demasiado en cada mensaje de la pareja
Las psicólogas Karina Carreño y Marina Mammoliti explican cómo los fantasmas del pasado y la ansiedad transforman una respuesta corta en una discusión sin fin, y qué herramientas concretas recomiendan para salir del circuito.

Son las nueve de la noche en un departamento cualquiera de La Plata y Laura, cuarenta y dos años, contadora, madre de dos chicos, está sentada en el sillón con el teléfono en la mano. Le mandó un audio a su pareja a las seis de la tarde preguntando si llevaba la receta del médico y todavía no obtuvo respuesta. Lo que empezó como una espera tranquila fue transformándose, de a poco, en un malestar difuso, después en irritación y finalmente en un mensaje largo donde mezcló el reclamo por la receta con un reproche por la cena del domingo y con la sospecha, nunca confirmada, de que él la está dejando de lado. La escena se repite, con variantes, en miles de parejas argentinas, y dos psicólogas consultadas por este portal coinciden en que el problema no está tanto en lo que pasó como en todo lo que imaginamos que pasó.
Lo que pasó y lo que inventamos
La neuropsicóloga Karina Carreño, que atiende en el centro de Mar del Plata, lo explica con una frase que sus pacientes repiten en el consultorio: que la pareja haya contestado con pocas palabras es un hecho comprobable, que esté enojada es una interpretación. Antes de responder un mensaje que genera incomodidad, dice la especialista, conviene hacer ese corte, regular la ansiedad que ya empezó a trepar y conversar para aclarar, en lugar de dar por cierta una intención que todavía no conocemos.
“Cuando falta información sobre lo que siente o piensa el otro, el cerebro se lanza a anticiparlo y para completar lo que no sabe recurre a experiencias anteriores, a los miedos y a las inseguridades propias. Así, una demora termina asociada con una pérdida de interés, aunque no haya un solo elemento real que permita sostener esa conclusión.”Karina Carreño, neuropsicóloga (Mar del Plata)
La psicóloga Marina Mammoliti, que trabaja hace más de quince años en orientación a parejas en la ciudad de Rosario, propone correr un poco más el foco. En vez de quedarse atascada intentando descifrar qué quiso decir el otro, sugiere mirar primero qué nos está pasando a nosotros frente a ese silencio o frente a esa respuesta seca. Reconocer la propia emoción, ponerle nombre y entender de dónde viene es, para ella, la manera de interrumpir la cadena de lecturas automáticas y volver a una conversación directa que no esté emponzoñada por conjeturas.
Las cuatro claves que recomiendan las especialistas
- Distinguir el hecho de la interpretación: registrar qué pasó objetivamente y separar lo que le agregamos nosotros, que es donde se cuelan los fantasmas.
- Atender la propia emoción antes de responder: identificar si lo que sentimos es enojo, miedo, tristeza o humillación, porque cada emoción abre la puerta a una lectura distinta del mismo mensaje.
- Preguntar de manera directa y concreta, sin acusaciones: pedir la información que necesitamos en vez de tejer hipótesis, porque la única forma de salir de la incertidumbre es hablar con el otro.
- Aprender a tolerar los tiempos del otro: aceptar que no siempre vamos a tener una respuesta en el momento en que la queremos y que una demora no equivale, por sí sola, a un desinterés.
Mammoliti, que suele empezar sus talleres con la pregunta ¿qué te hizo sentir?, advierte que las experiencias dolorosas del pasado pesan mucho a la hora de leer la conducta de la pareja. Una necesidad genuina de estar a solas, por ejemplo, se puede transformar en prueba de indiferencia cuando hay miedo al abandono de fondo. La inseguridad, la baja autoestima o haber atravesado una infidelidad previa funcionan como combustible para una búsqueda casi desesperada de confirmaciones que, cuando no llegan, derivan en intentos de controlar al otro y en pedidos reiterados de seguridad.
“La inseguridad, la baja autoestima o los antecedentes de infidelidad pueden alimentar la búsqueda de confirmaciones y el intento de controlar al otro, que es justamente lo que termina dañando la confianza.”Marina Mammoliti, psicóloga (Rosario)
El circuito, coinciden las dos especialistas, se cierra con discusiones que nadie ganó, porque se pelearon por hechos que nunca ocurrieron. Carreño lo resume diciendo que el desgaste aparece cuando las conjeturas pasan a dirigir las respuestas: se discute por situaciones imaginadas, se piden seguridades que nunca alcanzan y, sin darse cuenta, la pareja termina agotada por un fantasma. La salida, insisten, es volver a los hechos, abrir el diálogo antes de que la ansiedad se instale y recordar que un chat es siempre un recorte, casi nunca la película entera. Laura, en La Plata, esa noche decidió no mandar el mensaje largo, esperar a que él volviera del gimnasio y preguntarle cara a cara si había tenido un día difícil. Resultó que sí: se le había trabado la tarjeta en el estacionamiento y llegó a la casa con los ánimos por el piso. Lo que ella había leído como desinterés era, apenas, un mal día ajeno.
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