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Cuando el "no" se vuelve cuidado: por qué los límites siguen siendo centrales en la crianza

Especialistas en crianza advierten que reemplazar castigos por diálogo no significa negociar todo. Cuando el adulto cede para evitar el conflicto, los chicos pierden referencias claras para aprender a tolerar la frustración y a regularse emocionalmente. La clave, dicen, es ejercer autoridad con presencia y sin violencia.

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Carla NazarSociedad · 27 DE AGO DE 2026 · 3 min de lectura
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En un barrio cualquiera de la provincia de Buenos Aires, una madre termina su jornada laboral, guarda la mochila en el placard y se sienta en la mesa con su hija de seis años. La nena le pide, otra vez, acostarse más tarde. La madre respira, le explica por qué mañana tiene que estar descansada y, cuando la insistencia reaparece, sostiene el límite sin gritar. Es un escena doméstica, mínima, que condensa buena parte del debate actual sobre la crianza: cómo poner normas sin caer en el autoritarismo y cómo dejar de negociar todo sin desatender el afecto.

Porque, como señala la psicóloga infantojuvenil Ivana Raschkovan, autora del libro "Infancias respetadas", hay cosas que se negocian en familia y cosas que no. "Conversar no quita autoridad; al contrario. La pérdida de autoridad ocurre cuando el adulto le teme al conflicto y lo evita. Si para esquivar un berrinche terminamos moviendo el límite, el mensaje se vuelve sumamente confuso", explica Raschkovan.

Autoridad no es autoritarismo

La especialista distingue con nitidez esos dos términos. El autoritarismo, dice, es un abuso de poder. Respetar a niños y adolescentes no equivale a dejarlos hacer lo que quieran: el respeto está en el buen trato, no en la ausencia de normas. Esa distinción ordena, también, la lectura de décadas de investigación sobre estilos de crianza.

En los años sesenta, la psicóloga Diana Baumrind describió tres grandes estilos de crianza: el autoritario, con reglas rígidas y poca escucha; el permisivo, donde predomina el afecto pero faltan límites; y el democrático o autoritativo, que combina normas claras con diálogo y contención. Este último es el que más especialistas recomiendan como punto de equilibrio.

“Los padres permisivos suelen ser muy afectuosos, pero muchas veces no ponen límites por miedo a que el hijo se enoje con ellos. Esa dinámica puede favorecer la autoestima, aunque también genera dificultades para autorregularse, baja tolerancia a la frustración y resistencia a figuras de autoridad.”Deborah Bellota, psicóloga

Para Raschkovan, los límites son, en sí mismos, una forma de cuidado. "Son indispensables para aprender a vivir en sociedad. La vida misma ya presenta dosis diarias de frustración: hay que ir a dormir aunque quieran seguir jugando, no se puede almorzar caramelos, hay que dar la mano para cruzar la calle. Esas pequeñas frustraciones cotidianas van construyendo la tolerancia a la frustración", afirma. Y advierte: esa capacidad no aparece de forma espontánea, se aprende. Si un niño no experimenta el "no" en un entorno seguro, es posible que no desarrolle los recursos emocionales suficientes para procesar situaciones difíciles fuera de casa.

En la mesa de esa casa de la provincia de Buenos Aires, la nena, finalmente, acepta acostarse un poco más tarde de lo habitual como excepción. La madre no gritó, no negoció la hora, pero abrió un pequeño resquicio para escuchar qué necesitaba su hija. A la mañana siguiente, contó, la chica se levantó sola, sin resistencia. Para Raschkovan, es una imagen elocuente: cuando el adulto sostiene su palabra con presencia y sin violencia, los chicos no solo obedecen: aprenden que el mundo tiene reglas, y que igual se los quiere.

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Carla NazarSociedad

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