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Cuartos sin desorden: cómo la mirada de las redes sociales cambió la intimidad de los pibes

Adolescentes que viven como si la cámara estuviera siempre encendida: paredes neutras, camas prolijas y luces de TikTok en lugar de pósteres y diarios íntimos. Especialistas consultados por este portal advierte que el refugio de siempre se transformó en un decorado.

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Carla NazarSociedad · 10 DE SEPT DE 2026 · 4 min de lectura

Lo confieso de entrada: la primera vez que entré al cuarto de una chica de dieciséis años en La Plata me quedé parada en la puerta, sin saber bien qué mirar. No había pósteres pegados con cinta ni ropa sobre la silla ni libros apilados contra la pared. Había un tendido de cama prolijo, casi de catálogo, una tira de luces LED que cruzaba el techo y tres paredes pintadas en un beige que podría ser el de cualquier casa de cualquier barrio cerrado. Lo único que delataba que allí dormía una adolescente eran los cargadores sobre la mesa de luz: cuatro, contando el de la notebook. Lo demás parecía un set esperando el próximo video.

La escena que encontré en esa casa del casco urbano platense no es una rareza ni un capricho de una familia particular. Es, según coinciden los especialistas que consulté mientras preparaba esta nota, una foto bastante fiel de cómo se están reconfigurando los cuartos de los y las adolescentes en la Argentina, sobre todo desde que la pandemia instaló en la vida cotidiana la rutina de filmarse y ser mirados por desconocidos.

Del refugio caótico al decorado de TikTok

Hasta no hace mucho, entrar al cuarto de un adolescente era meterse en un territorio propio, con reglas propias. Pósteres arrancados de una revista, collages con fotos de recitales, muñecos heredados, una remera que no se lava por razones sentimentales, un diario íntimo bien escondido debajo del colchón. El desorden era parte del paisaje y, sobre todo, una manera de decir que ese espacio era de quien lo habitaba, no de los adultos de la casa. Era, en el fondo, el único rincón donde se podía ser uno mismo sin dar explicaciones.

Esa imagen que todos los que criamos o vimos criar pibes tenemos grabada se está modificando. En los cuartos que circulan por redes sociales, sobre todo en TikTok e Instagram, cuesta encontrar singularidades o acumulación de objetos personales. En su lugar aparecen paredes de tonos neutros, camas perfectamente tendidas, estantes ordenados y, casi siempre, una o dos tiras de luces que funcionan como reflectores improvisados. La personalidad no desapareció, pero se corrió del plano físico: ahora se muestra en videos, en bio de perfil, en nombres de usuario.

Cuando la habitación se vuelve una caja de cristal

El sociólogo estadounidense Erving Goffman, hace ya varias décadas, describió una distinción que sirve para entender lo que está pasando: por un lado está el frente de escena, donde cada uno sostiene una imagen ante los demás; por el otro, el espacio privado donde es posible descansar del personaje, ensayar identidades y equivocarse sin público. La habitación adolescente cumplía históricamente esa segunda función. La puerta cerrada era, en la práctica, un pacto tácito de suspensión del juicio ajeno.

Ese pacto, según la escritora Sithara Ranasinghe, se rompió. Ella describe el fenómeno como una habitación con paredes de cristal, donde el límite entre escenario e intimidad se disuelve bajo la mirada de una audiencia desconocida. El resultado es un cuarto que deja de ser laboratorio de exploración para convertirse en decorado.

  • Paredes en tonos neutros, casi siempre beige, gris o blanco roto, como si estuvieran esperando una filmación.
  • Camas tendidas con precisión quirúrgica, edredones sin una sola arruga y almohadas simétricas.
  • Tiras de luces LED cruzando el techo o detrás del respaldo, listas para funcionar como set de TikTok.
  • Escritorios y estanterías despejados, donde antes se acumulaban libros, revistas y objetos con valor sentimental.
  • Pósteres reemplazados por marcos vacíos o por cuadros genéricos comprados por catálogo.
  • Ventanas y espejos pensados para el encuadre más que para la vida cotidiana.

Lo más inquietante del asunto, me decía Gabriela, una psicóloga de Mar del Plata que trabaja con adolescentes en el sistema público de salud, es que la cámara no necesita estar encendida para que el efecto actúe. La sola conciencia de que cualquier rincón puede ser filmado y comentado en cualquier momento modifica el comportamiento: inhibe la espontaneidad, desalienta el desorden, empuja hacia la estandarización. Ya no es la mirada de los padres la que ordena el espacio, ni siquiera la del grupo de amigos, sino la de una audiencia invisible que igual termina siendo internalizada como si fuera un jurado permanente.

La adolescencia, recordaba Gabriela mientras tomábamos un café en un bar de La Perla, siempre fue un umbral incierto, un período de transición donde el error forma parte del aprendizaje. La pregunta que dejan estos cuartos despojados es hasta qué punto ese margen de imperfección sigue existiendo cuando el espacio íntimo se convierte en un set permanente. Me insistió, eso sí, con un gesto muy de los profesionales que llevan años en la trinchera, en que todavía hay resquicios: la cama destendida a último momento, el diario escondido debajo del cajón, el grupo de WhatsApp de tres amigas de toda la vida siguen siendo, para muchos pibes, el verdadero refugio fuera de cámara. Lo que cambió, según la psicóloga, es que ese refugio dejó de tener las paredes que tenía antes.

“La cámara no necesita estar encendida para que el efecto actúe. La sola conciencia de que cualquier rincón puede ser filmado y comentado modifica el comportamiento.”Gabriela, psicóloga de Mar del Plata
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Carla NazarSociedad

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