Del llanto al baile: cuando despedir a un muerto es celebrar lo que se vivió
En distintos rincones del mundo, el duelo se procesa con música, comida, color y comunidad: tradiciones que transforman la pérdida en una manera activa de honrar la vida del que se fue.

Acompaé a Carolina en la madrugada del 2 de noviembre, en un pueblo a tres horas de la Ciudad de México, y lo que vi me cambió la manera de pensar el duelo. Mientras la mayoría de nosotros asocia la muerte con silencio, ella estaba parada frente a una tumba pequeña, rodeada de velas, flores de cempasúchil y un plato de tamales que habían sido, me contó con la voz todavía quebrada, los favoritos de su abuela. Me dijo, mirándome a los ojos: "Yo no vine a llorar, vine a visitarla". Esa frase, que en Buenos Aires sonaría extraña, en ese lugar era la cosa más normal del mundo.
Una despedida que se baila en las calles
En Nueva Orleans, cuando alguien muere, una banda de jazz acompaña el cortejo desde la iglesia hasta el cementerio. La música empieza lenta, solemne, y se va volviendo festiva a medida que avanza el recorrido. La familia, los amigos y hasta los vecinos bailan junto al féretro, como si el cuerpo fuera el centro de una procesión que es, al mismo tiempo, un funeral y una fiesta. No es irreverencia, me explicó un guía del barrio francés cuando pasé por allá: es una manera de honrar la vida que se fue y, sobre todo, de contener a los que quedan.
La muerte como presencia, no como ausencia
En México, el Día de Muertos - reconocido por la UNESCO como patrimonio cultural intangible- parte de una idea que a los occidentales nos cuesta digerir: las almas regresan, aunque sea por unas horas, al mundo de los vivos. Por eso las familias arman altares con la comida favorita del difunto, con flores, velas, fotografías y objetos personales. Los cementerios se llenan de colores, de música y de gente que pasa la noche entera junto a las tumbas, como si la muerte no fuera una ausencia definitiva sino una visita corta a la que hay que recibir como corresponde.
- Bolivia: cada 8 de noviembre se celebra la festividad de las Ñatitas en el Cementerio General de La Paz, donde los creyentes llevan cráneos humanos, los visten, los adornan con flores, coca, cigarrillos y velas, y les piden protección para el hogar y favores para la familia.
- Ghana: la creatividad se traslada al ataúd. Es habitual que la familia encargue un féretro con la forma del oficio o la pasión del difunto -un pez para un pescador, un avión para un piloto, un zapato para un zapatero-, y la ceremonia puedeextenderse tres días con coreografías durante el traslado.
- Surfistas del Pacífico: la despedida ocurre en el agua. Los deudos forman un círculo sobre sus tablas, arrojan flores al centro y cada uno dice unas palabras sobre el fallecido. Si hubo cremación, las cenizas se dispersan en ese mismo lugar, entre las olas.
Volví a pensar en Carolina cuando leí sobre los surfistas. Ella me había contado que a su abuela le encantaba el mar, aunque nunca había aprendido a surfear. "Si yo pudiera -me dijo mientras acomodaba una vela que se estaba apagando-, la despediría así, en el agua, con todos los que la quisimos alrededor". Ahí entendí algo que las páginas de psicología repiten pero que sólo se aprende de verdad en el campo: el duelo no se tramita en soledad, sino en comunidad, y los rituales -sean con música, con flores, con cráneos bendecidos o con tablas en el mar- existen, justamente, para darle un marco colectivo a algo que, de otro modo, puede resultar aplastante.
Por eso estas tradiciones me conmueven tanto. No niegan el dolor, como a veces se cree desde una mirada porteña y acelerada; al contrario, lo procesan de manera activa y compartida. Llorar no es la única manera de despedir a alguien. A veces, la mejor forma de honrar al que se fue es ponerse de pie, prender una vela, compartir un plato, poner un tema en el equipo de música y dejar que la vida, con todo lo que tiene de ruidosa y de hermosa, entre otra vez en la pieza.
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