Henry Cavill, Jake Gyllenhaal y un archipiélago bajo sospecha: Guy Ritchie vuelve a la carga con «En la zona gris»
El realizador británico rueda en Tenerife una historia de conspiraciones, persecuciones en buggy y un millonario con las Islas Canarias en el bolsillo; un convite de acción con paisaje soñado y reparto de los que hacen ruido.

Lo confieso de entrada: cada vez que un director con la biografía de Guy Ritchie decide cruzar el Atlántico y montar una cámara en un lugar tan cinematográfico como Tenerife, a mí se me activa una especie de alerta de cinéfilo curioso que no puedo ignorar, y eso es precisamente lo que vuelve a ocurrir con «En la zona gris», la película que el realizador de «Snatch», «Operación U.N.C.L.E.» y la saga «Sherlock Holmes» acaba de rodar en suelo canario y que llega dispuesta a recuperar ese pulso gamberro y estilizado que él sabe imprimirle como nadie a las historias de criminales, soplones y cuentas pendientes, porque lo que propone esta vez no es nada menos que un relato en el que las Islas Canarias aparecen como un territorio bajo el control de un misterioso millonario, y eso, créanme, ya es una declaración de intenciones que merece, como mínimo, que le dediquemos un rato a desmenuzarla.
“Las Islas Canarias como un territorio bajo el control de un misterioso millonario.”argumento de «En la zona gris»
Tres nombres propios para una historia de acción
El primer gran imán de la película está, sin dudarlo, en su reparto, y ahí conviene detenerse un momento porque lo que Ritchie ha logrado reunir no es cualquier cosa: por un lado aparece Henry Cavill, ese actor al que el mundo entero terminó asociando con Superman y que en los últimos años viene demostrando, con paciencia británica, que tiene espalda de sobra para sostener tanto un traje de héroe como un papel de hombre cansado en dramas como «The Ministry of Ungentlemanly Warfare»; por el otro, Jake Gyllenhaal, un intérprete que lleva años moviéndose con la misma soltura entre el thriller psicológico y la superproducción de acción, como ya quedó claro en films como «Nightcrawler» o «Ambulance», y que en esta oportunidad vuelve a ponerse al servicio de un personaje que, a juzgar por el tono general del proyecto, parece moverse cómodo en el terreno del antihéroe con código propio; y para que el conjunto tenga además anclaje en lengua castellana, se suma Carlos Bardem, un actor que los argentinos conocemos bien por títulos como «Carne trémula» y que llega para recordarnos que esta historia, aunque se rodó a miles de kilómetros, se piensa también en español, porque cuando uno mira la propuesta completa entiende que la idea no es solo acumular estrellas internacionales, sino componer un triángulo de personajes que funcione como verdadero motor de la trama.
Tenerife como personaje propio
- Rodada íntegramente en la isla de Tenerife, la película utiliza los paisajes costeros del archipiélago como un personaje más dentro de la puesta en escena.
- Las vistas al mar y los entornos de playa funcionan como marco visual de las persecuciones y los enfrentamientos, algo que Ritchie ya había explorado en otros puntos del mapa.
- Entre las secuencias de acción se destacan carreras en buggy, disparos y explosiones que se alternan con escenas en bares y situaciones de confronto cerrado.
- La elección de Canarias no es decorativa: el relato imagina al archipiélago bajo el control de un misterioso millonario, y esa idea tiñe toda la estética del film.
Quien haya seguido un poco la carrera de Ritchie sabe que para él el lugar de rodaje nunca es un decorado neutro: pasó del Este de Londres de «Lock & Stock» a los salones fríos de la guerra fría de «Operación U.N.C.L.E.», y ahora cruza el charco para instalarse en un archipiélago que el cine de género todavía no había reclamado con tanta fuerza, y eso, mirado con atención, dice mucho del tipo de historia que quiere contar, porque cuando un director elige un escenario así no lo hace solo por fotografía: lo hace porque la geografia le sirve para exagerar el contraste entre el paraíso y la violencia, y eso es exactamente lo que se desprende del material que rodea a «En la zona gris», donde el azul del Atlántico y el negro de los cañones largos conviven en la misma secuencia sin pedir permiso.
Un autor con agenda llena
Hay otro dato que a mí, como espectadora habitual de la pantalla chica, me parece importante marcar: «En la zona gris» no llega aislada, sino que se inscribe en una etapa particularmente prolífica de Ritchie, que en los últimos años viene alternando cine y televisión con una constancia admirable, porque a sus clásicos del género de robos y a sus adaptaciones de Holmes se le sumaron ahora títulos como «The Gentlemen», «Mobland» y «El joven Sherlock», a los que se suma en preparación «Capital», y eso, lejos de ser un detalle caprichoso, es la prueba de que el director inglés encontró un equilibrio muy claro entre el cine grande y la serie larga, un equilibrio que también se nota en esta película, pensada para funcionar como una experiencia autocontenida pero con la solidez de mundo de una producción que perfectamente podría extenderse si el público la acompaña, y todo eso teniendo en cuenta, además, que vuelve a confiar en un elenco de figuras conocidas alrededor de una historia de acción y criminales, que es, en definitiva, la zona de confort que mejor le sienta.
Si me preguntan a mí qué me llevaría a la sala, les digo que voy por la combinación completa: voy por Henry Cavill, que tiene la mandíbula y la presencia para sostenerse en plano fijo durante diez segundos sin que el público pestañee; voy por Jake Gyllenhaal, que es de esos actores que convierten cualquier escena de acción en un estudio de personaje; voy por Carlos Bardem, que le pone calle y acento a la operación; voy por Tenerife, que se merece un lugar en el mapa del cine de acción como el que supo ganar Madeira para James Bond; y voy, sobre todo, por la promesa de pasar un rato largo dejándome llevar por persecuciones en buggy, disparos al borde del acantilado y conspiraciones con olor a salitre, que es, en definitiva, el tipo de experiencia que uno busca cuando se sienta frente a una pantalla con la bolsa de pochoclos todavía cerrada y las ganas de creer, por un par de horas, que un archipiélago entero puede quedar en manos del villano equivocado, y que todavía queda un héroe con el coraje suficiente como para sacárselo de las manos.
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