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Joshua Slocum, el hombre que le dio la vuelta al mundo solo y se perdió para siempre en el mar

En 1898 se convirtió en el primer navegante en solitario confirmado de la historia. No usaba cronómetro, no sabía nadar y había reconstruido su barco tabla por tabla. Once años después zarpó hacia el sur y nunca volvió.

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Carla NazarSociedad · 4 DE SEPT DE 2026 · 4 min de lectura

El puerto de Boston amanece gris la mañana del 24 de abril de 1895, y un balandro de once metros se hace despacio hacia la ría sin que casi nadie lo mire. A bordo va un solo hombre, con el gesto concentrado de quien sabe que lo que empieza ahí no se parece a nada de lo que se haya intentado antes. Se llama Joshua Slocum, tiene cincuenta y un años, está sin trabajo y acaba de convertirse, sin solemnidad y sin banda de música, en la primera persona que se propone dar la vuelta al mundo enteramente sola.

La historia de Slocum empieza mucho antes de ese puerto, en una granja de Nova Scotia donde un chico nacido en 1844 sueña con horizontes que el campo no le ofrece. A los dieciséis años se enrola como cocinero y grumete en un mercante, y desde entonces no vuelve a mirar hacia atrás. Pasa décadas en cubiertas de todo el mundo, aprende el oficio a golpes de tempestad y de rutina, y cuando el vapor empieza a dejar sin trabajo a los capitanes de vela, se encuentra varado en tierra con las manos llenas de un saber que ya nadie parece necesitar.

El Spray, un barco reconstruido tabla por tabla

El barco con el que va a cambiar la historia de la navegación se llama Spray, y cuando Slocum lo consigue es poco más que un esqueleto abandonado en un pastizal de Massachusetts. Está podrido, desencuadernado, dado por perdido. Él lo reconstruye durante trece meses, tabla por tabla, con el dinero justo y la paciencia enorme de quien aprendió a tratar la madera como un lenguaje. Lo que sale de ahí es un balandro pesquero de once metros, austero y fiable, que se va a convertir en el primer escenario de una gesta sin precedentes.

La travesía dura tres años y cubre más de 46.000 millas náuticas. Slocum cruza el Atlántico, bordea el cabo de Hornos y elige el Estrecho de Magallanes para salvar el tramo más temido, atraviesa el Pacífico y el Índico y vuelve a Estados Unidos por Newport, Rhode Island, el 27 de junio de 1898. Ningún navegante había completado antes ese recorrido a solas, y la proeza queda registrada para siempre en los libros de historia marítima.

  • En el Estrecho de Magallanes, ante el riesgo de ser abordado de noche por canoeros fueguinos, Slocum esparce tachuelas de alfombra sobre la cubierta. Los intrusos suben descalzos, pisan las puntas y huyen sin volver a intentarlo.
  • Cerca de las Azores, enfermo y delirante por alimentos en mal estado, cree ver un piloto fantasma al timón. Cuando se recupera, el Spray sigue navegando con rumbo firme.
  • Navega sin cronómetro marino en condiciones: usa un reloj barato de hojalata al que le falta el cristal y compensa con estimaciones, observaciones lunares y una memoria del mar construida durante décadas.
  • No sabe nadar. Sostiene que, en mitad del océano, nadar solo sirve para alargar la agonía.

En 1900, Slocum publica Sailing Alone Around the World, un libro que empieza como serie en revistas y termina convertiéndose en un éxito inmediato. El tono es seco, irónico, preciso, el de un marino que mezcla cálculo náutico con humor y asombro sin necesidad de adornarse con épica. El libro hace famoso a su autor y convierte al Spray en una especie de leyenda flotante.

La última salida, sin testigos

La fama no lo amarra a puerto. En noviembre de 1909, a los 65 años, Slocum zarpó una vez más desde el puerto de Vineyard Haven, en Massachusetts, con el Spray cargado de provisiones y la intención declarada de recorrer el río de la Plata y el Paraná. Llevaba años hablando del viaje y lo describía, según recuerdan quienes lo trataron, con una mezcla de entusiasmo y de despedida que hoy resulta difícil de mirar en frío. Nunca llegó. Tampoco se recuperó su barco ni su cuerpo. La fecha oficial de su muerte se fija el 14 de noviembre de 1909, aunque nadie puede certificar el día ni el lugar exacto en que el mar lo tomó.

Hay algo que me sigue conmoviendo de esta historia, y quiero dejarlo dicho antes de cerrar la nota: Slocum no era un héroe de manual ni un explorador con patrocinio oficial. Era un marino en apuros que un día decidió hacer con su oficio lo que nadie había hecho, y lo hizo con los medios justos, sin equipo sofisticado y sin más equipo que su cabeza y sus manos. El Spray era un barco rescatado de la basura, el reloj era una reliquia de hojalata, y sin embargo esa combinación de modestia y de coraje alcanzó para escribir una página que todavía hoy, más de un siglo después, sigue sin repetirse. Cuando el océano se lo llevó, no dejó testigos ni huellas, pero dejó algo que tal vez pese más: la certeza de que un hombre común, en un barco común, pudo darle la vuelta al mundo enteramente solo.

CN
Carla NazarSociedad

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