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La oveja negra que dejó de ser un descarte: diez años de fotos para devolverle valor a la lana que la Patagonia descarta

Laura Ferro abre en Fundación Larivière una muestra que nace de la tradición ovina de su familia en el sur y rescata un material que la industria lanera considera un contaminante; la acompañan imágenes del álbum familiar, una nube de lana colgada y los paisajes que se quedan cuando el rebaño ya no está.

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Carla NazarSociedad · 4 DE SEPT DE 2026 · 5 min de lectura

En alguna estancia de la Patagonia, hace ya un buen rato, alguien separó con manos curtidas una oveja negra del resto del rebaño merino y la dejó a un costado, como se aparta lo que no sirve, lo que no tiene precio, lo que ensucia el lote. Esa escena, repetida durante generaciones por las familias que viven del campo en el sur argentino, es la que la fotógrafa Laura Ferro tomó como punto de partida para una investigación que lleva más de diez años y que esta semana se concreta en una muestra en Buenos Aires: "Lana negra", que se puede visitar en Fundación Larivière, en Caboto 564, en el barrio de La Boca.

Yo la fui a ver en la recorrida previa a la inauguración y lo primero que me llamó la atención fue el silencio raro que se arma cuando uno entra en la sala principal y se encuentra con una nube oscura colgada del techo, una masa de fibra sin teñir, sin procesar, que parece flotar en el aire y que Ferro construyó a partir del duelo por la muerte de su padre. La fotógrafa me contó que el origen de esa pieza fue casi accidental, casi íntimo: unas muestras de lana que él guardaba en la mesita de luz, el olor que todavía tenían, la decisión de explorarlas "desde otro lugar", ya no como material para un sweater sino como materia de memoria.

Una historia familiar antes del dato nacional

Para entender la muestra conviene empezar por el principio, que en este caso es una historia personal. Ferro proviene de una familia con al menos tres generaciones dedicadas a la cría de ovinos en la Patagonia. Su padre recogía la lana negra que el circuito comercial no le aceptaba y se la encargaba a tejedoras artesanales de la zona, que con esa fibra oscura, despreciada por la industria, cosían sweaters para el trabajo en el campo. Tras la muerte de su padre, Ferro encontró una de esas prendas guardadas en un ropero y ese hallazgo, me dijo ella misma, fue el arranque de todo: un objeto que conectaba la muerte con la vida cotidiana en el campo, y que abría una pregunta mucho más grande sobre qué hacemos con lo que descartamos.

La exposición, justamente, trabaja sobre esa pregunta. Reúne fotografías de los últimos diez años con imágenes rescatadas del álbum familiar, algunas de ellas tan integradas al conjunto que el visitante necesita detenerse un rato para distinguir si son antiguas o actuales trabajadas en blanco y negro. Entre las piezas más llamativas está una foto de 1924 en la que aparece una oveja negra de raza karakul, pequeña y de perfil, mezclada entre las blancas del lote; esa imagen, me parece, funciona como una especie de prólogo visual de todo lo que vino después.

Por qué la lana negra se considera un problema en la industria

  • En el circuito lanero patagónico la lana merino se paga por su blancura: cualquier fibra oscura dentro de un lote hace perder valor al conjunto en el mercado.
  • Por eso, cuando aparece una oveja negra en el rebaño, se la separa de inmediato: no es un animal enfermo ni distinto, simplemente su vellón no entra en la lógica industrial del blanco.
  • Esa lana sin precio comercial, llamada despectivamente "sucia" por el mercado, terminaba en manos de tejedoras artesanales de la zona, que la aprovechaban para hacer prendas de campo.
  • La muestra también muestra los residuos que quedan después del lavado industrial de la lana merino: una postal poco conocida de lo que el sistema descarta para producir.

La obra incluye retratos de las ovejas descartadas, paisajes de la estepa patagónica sin animales, y la imagen de los residuos que quedan después del lavado industrial de la lana merino. La figura del padre aparece fragmentada a lo largo del recorrido: sus botas junto a las patas de una oveja, su pelo canoso confundiéndose con el vellón, sus manos abriendo la lana sin esquilar. Sobre esa última imagen, Ferro me dijo una frase que se me quedó dando vueltas: "Son las manos de mi padre abriéndolo, como abre un mundo también". Lo dijo con la voz baja, como se habla de alguien que todavía está presente en cada gesto cotidiano, y a mí me pareció una de las definiciones más honestas que escuché en mucho tiempo sobre lo que hace un fotógrafo cuando mira a su propia familia.

Una relectura del color que no es un solo tono

La muestra también propone una relectura del color, y ese es uno de los puntos más interesantes para mí como observadora. Lo que en la industria se llama "lana negra" en realidad no es un solo tono: es una escala de marrones, grises y oscuros que Ferro se encarga de mostrar en sus fotografías, donde cada vellón tiene su propia temperatura. Esa paleta, dice ella, obliga a mirar de otro modo un material al que durante años se le negó cualquier posibilidad estética, y de paso corre de un saque la idea de que lo descartable no tiene belleza.

Yo salí de la sala con la sensación de que la muestra cuenta una historia muy concreta, la de una hija que vuelve sobre el oficio de su padre, pero también una historia colectiva, la de toda una región que durante generaciones aprendió a convivir con un descarte que tenía nombre propio. "Lana negra" puede verse en Fundación Larivière, Caboto 564, y a mí me parece una de esas exposiciones pequeñas que vale la pena tomarse un tiempo para mirar con calma, sobre todo si uno tiene la suerte de tener un padre, un abuelo o un tío al que todavía se le pueda preguntar cómo se trabajaba la lana en el sur cuando el mercado todavía no lo decidía todo.

CN
Carla NazarSociedad

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