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La pelea de las siete de la mañana: por qué el desayuno puede cambiar la jornada escolar de un chico

Una revisión de estudios internacionales asocia saltarse esa comida con menor atención y peores notas, aunque no logra demostrar que sea la causa. Una dietista pediátrica de Cleveland Clinic propone preparaciones rápidas y la estrategia de dejar todo listo la noche anterior para que la prisa no gane la pulseada.

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Carla NazarSociedad · 18 DE SEPT DE 2026 · 3 min de lectura

Son las siete y cuarto de la mañana en una casa cualquiera de un barrio de La Plata y María ya está parada frente a la mesada, con la pava silbando y su hija de nueve años arrastrando la mochila por el pasillo. Delante de ella, sobre la tabla, tiene un huevo duro que hirvió anoche, una rodaja de pan integral tostado y una manzana lavada que cortó antes de dormir. En cuatro minutos arma el plato, lo apoya en la mesa y llama a la nena, que se sienta todavía con los ojos entrecerrados. Es una escena que se repite de lunes a viernes y que, según la evidencia científica que empezó a juntarse en los últimos años, puede inclinar buena parte de la jornada escolar que viene después.

Una revisión de investigaciones que reunió 45 estudios encontró que desayunar puede mejorar la atención, la memoria y lo que los especialistas llaman función ejecutiva —la capacidad de organizarse, planificar y resolver una tarea— frente a seguir en ayunas. Los efectos, aclara el trabajo, fueron más marcados cuando los participantes pasaban hambre o estaban malnutridos. Por separado, un análisis de 24 estudios observacionales asoció la falta de esa comida con un mayor riesgo de rendimiento académico bajo, aunque los propios autores aclaran que eso no prueba que omitir el desayuno cause las malas calificaciones: en el medio también pesan el sueño, la plata que entra a fin de mes, lo que se come el resto del día y las rutinas de estudio en casa.

La noche anterior, la mejor aliada de la mañana

Lo concreto, lo que se puede tocar, es lo que Jennifer, dietista de Cleveland Clinic Children’s, viene recomendando hace tiempo a las familias que la consultan: armar el desayuno la noche previa para que las corridas de la mañana no terminen con el chico saliendo con la panza vacía. “Después del ayuno nocturno aparecen cansancio, menor claridad para pensar y lentitud física; desayunar aporta energía para las primeras horas de actividad”, resume la especialista, que suele insistir con una idea simple: proteína más fibra, porque esa combinación sostiene la saciedad y evita que el hambre vuelva a aparecer antes del recreo.

  • Avena remojada desde la noche anterior con fruta y un poco de yogur.
  • Huevos hervidos listos para cortar y servir sobre una tostada integral.
  • Sándwiches de huevo que se pueden freezar y calentar a la mañana siguiente.
  • Yogur griego con granola de bajo azúcar y rodajas de banana.
  • Fruta ya lavada y cortada en la heladera, lista para agarrar y comer.

El límite de la evidencia y el sentido común

La investigadora es cuidadosa con lo que afirma. “Las necesidades de proteína de los más chicos no deben darse por supuestas: no existe una cantidad única adecuada para todos”, aclara, y pide evitar los productos con exceso de azúcar porque “pueden dejar hambre al poco tiempo y provocar un descenso posterior de energía”. En el mismo sentido se pronunció Cleveland Clinic al difundir alternativas pensadas para resolver la comida en pocos minutos, sin resignar calidad. La pista está en algo que se puede leer entre líneas de toda la bibliografía: todavía no hay un desayuno ideal, único y universal, ni tampoco se pudo demostrar que un programa escolar que agregue esa comida vaya a mejorar las notas de manera sostenida.

Por eso, más allá de los estudios, lo que vuelve una y otra vez en las recomendaciones es algo tan doméstico como la organización. Preparar lo que se pueda la noche anterior, tener opciones a mano y respetar los gustos y la edad de cada chico parecen ser, por ahora, las herramientas más firmes que tienen las familias. En la cocina de María, mientras tanto, suena el timbre: la combi del colegio acaba de pasar por la puerta y su hija sale con el sándwich de huevo envuelto en servilleta, una botella con agua y la manzana que cortó anoche. Queda la mesa limpia y la pava todavía caliente, y la tranquilidad de saber que, al menos en esa primera hora del día, la panza va llena.

CN
Carla NazarSociedad

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