Domingo, 13 de septiembre de 2026
Actualidad y noticias, al instanteBuscar ⌕

Era Hora Noticias

PortadaVida

La salud mental de los chicos: cuando el síntoma llega a la escuela y la ayuda no

Cada vez más niños y adolescentes llegan a aulas, consultorios y guardias con problemas para dormir, aprender o alimentarse, y con marcas de violencias que cargaron en silencio durante años; los equipos especializados son escasos y la atención llega fragmentada entre salud, educación y justicia.

CN
Carla NazarSociedad · 10 DE SEPT DE 2026 · 5 min de lectura

En una escuela secundaria del conurbano bonaerense, una preceptora abre la puerta del aula a las siete y media de la mañana y lo nota antes de que suene el timbre: dos alumnos se quedaron dormidos sobre el banco, otro no parpadea durante toda la primera hora y una chica del segundo año se sienta siempre en la última fila, con los auriculares puestos y la mirada clavada en el celular. Cuando les pregunta qué les pasa, las respuestas son escasas y a veces confusas. Les cuesta dormir, les cuesta comer, les cuesta aprender, y a veces, directamente, no quieren seguir yendo. La escena se repite, con variantes, en escuelas primarias y secundarias de todo el país, y también en consultorios pediátricos, en guardias hospitalarias y en servicios de salud mental que atienden a chicas, chicos y adolescentes desbordados por situaciones que nadie supo leer a tiempo.

Detrás de cada uno de esos síntomas hay una historia que, en muchísimos casos, tardó años en encontrar a alguien dispuesto a escucharla. La violencia aparece como un hilo conductor casi inevitable. Según estimaciones de UNICEF, una de cada ocho niñas y mujeres argentinas sufrió una violación o una agresión sexual antes de los 18 años; entre los varones, la proporción baja a uno de cada once. Buena parte de esas experiencias permanece silenciada porque nunca encontró un interlocutor, y sus efectos sobre la salud mental pueden extenderse durante toda la vida. A eso se suman maltratos cotidianos, negligencia y humillaciones que pocas veces quedan registradas en algún expediente.

Pantallas, apuestas y aprendizaje en alerta

Las plataformas digitales sumaron un capítulo nuevo a un cuadro que ya venía complicado. Las chicas, los chicos y los adolescentes quedan expuestos de manera habitual a contenidos sexuales no deseados, a publicidades de apuestas y a materiales que promueven conductas de riesgo. De acuerdo con datos de UNICEF, uno de cada cuatro adolescentes argentinos apostó dinero al menos una vez. El uso intensivo de pantallas no es un simple hábito de la edad: en muchos casos funciona como un refugio ante soledades que no tienen otro lugar adonde ir, y termina reemplazando conversaciones, tiempos de juego y vínculos que, en otras condiciones, podrían haber sostenido el crecimiento.

A ese mapa se le agregan los resultados de las pruebas PISA 2025, que muestran que casi ocho de cada diez estudiantes argentinos de 15 años no alcanzaron el nivel básico en Matemática, y que alrededor de seis de cada diez tampoco lo lograron en Lectura ni en Ciencias. Aprender exige atención, confianza y capacidad de tolerar la frustración, recursos que se agotan rápido cuando la energía psíquica está puesta en sobrevivir al hambre, a la violencia dentro de la propia casa o al abandono. Cuando la cabeza está ocupada en eso, es muy difícil que quede lugar para una ecuación o para entender un texto largo.

Cuando la familia pide ayuda y choca contra un sistema fragmentado

Cuando una familia finalmente advierte que algo está mal y se anima a pedir ayuda, puede encontrarse con servicios saturados, con falta de profesionales especializados y con tiempos de espera que convierten una señal temprana en una urgencia. La atención suele llegar fragmentada: la escuela recibe el problema de conducta, el hospital el síntoma, la justicia la infracción. El chico o la chica, en el medio, puede quedar perdido como persona dentro de un circuito de informes e intervenciones que no siempre dialogan entre sí.

  • Falta de profesionales especializados en infancia y adolescencia dentro del sistema de salud.
  • Tiempos de espera prolongados que transforman señales tempranas en urgencias.
  • Atención repartida entre escuela, hospital y justicia, sin un responsable claro de seguir cada caso.
  • Pocas instancias de acompañamiento sostenido en momentos críticos como duelos, separaciones o cambios de escuela.
  • Escasa articulación entre los equipos de salud mental y los programas sociales que llegan a las familias más vulnerables.

María, que trabaja como psicóloga en un centro de salud de la zona norte del Gran Buenos Aires, atiende a chicos derivados de escuelas y de guardias y cuenta que cada vez es más frecuente ver pacientes con marcas de autolesiones en los brazos o en los muslos, muchas veces escondidas debajo de mangas largas en pleno verano. Ella insiste en que la mayoría no está buscando llamar la atención: en general lo que encuentra es un lenguaje posible para un dolor que no tuvo otra forma de salida. El problema, dice, es que cuando el sistema tarda en escuchar, ese dolor se vuelve crónico y se expresa en el cuerpo, en la comida, en el sueño o en la decisión de no querer seguir viviendo, y ahí ya no hay tiempo para esperar un turno en tres meses.

La historia vuelve a la escuela del conurbano donde empezó esta nota. La preceptora que vio a los chicos dormirse en el banco y a la chica aislada en la última fila consiguió, después de varias llamadas y de insistir con el equipo de orientación, que la chica empezara una entrevista con una psicóloga del centro de salud más cercano. La profesional atendió en lo que pudo, pero la lista de espera ya estaba completa y la primera cita libre quedó para dos meses después. Mientras tanto, en la escuela, la preceptora sigue haciendo lo que puede: hablarles, escucharlos, anotar lo que ve y volver a llamar. Sabe que no alcanza, pero también sabe que, para muchos de esos chicos, ella es por ahora la única adulta que se dio cuenta de que algo les pasaba.

CN
Carla NazarSociedad

Comentarios

0

Todavía no hay comentarios. Sé el primero.

Seguí leyendo