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Picarones peruanos: la rosquilla de calabaza y boniato que cuenta la historia andina en cada mordisco

Un postre frito, dorado y coronado con miel de chancaca que combina lo mejor de la cocina prehispánica y la repostería traída por los españoles.

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Ana Laura QuinteroAmbiente y energía · 4 DE SEPT DE 2026 · 2 min de lectura

Para unas diez unidades, la receta base exige alrededor de trescientos gramos de calabaza y otros tantos de boniato, cien gramos de harina, cincuenta gramos de azúcar moreno, una cucharadita de levadura, una pizca de anís y aceite suficiente para cubrir la fritura; la cobertura se prepara con miel, una rama de canela, cuatro clavos de olor y la piel de media naranja. La producción arranca con el hervor de los tubérculos durante quince minutos, continúa con un puré fino colado y termina en una masa que reposa dos horas antes de tocar el aceite bien caliente.

¿Por qué la calabaza y el boniato hacen la diferencia?

El material consultado subraya que la masa combina calabaza y boniato cocidos, lo que les da color anaranjado y textura aireada. Esa elección no es decorativa: reemplaza a la harina de trigo de los buñuelos o las rosquillas tradicionales y le aporta humedad natural, fibra y un dulzor suave que se nota desde el primer bocado. Al pasar los vegetales por un colador fino se obtiene un puré liso, clave para que la masa no presente grumos y para que la fritura resulte pareja en cada aro.

¿Cómo se logra ese punto crujiente por fuera y esponjoso por dentro?

La fritura es el momento crítico: la masa se introduce directamente en aceite caliente con ayuda de una manga pastelera, formando aros. Si el centro tiende a cerrarse, unos palillos permiten abrirlo con movimientos circulares mientras se fríe. Cuando las rosquillas están doradas por todos lados, se escurren sobre papel absorbente para quitar el excedente de grasa. La temperatura del aceite y el tiempo breve de cocción son los responsables del contraste entre la corteza crocante y el corazón tierno, una cualidad que distingue a los picarones bien hechos de los que quedan secos o aceitosos.

¿Qué papel cumple la miel de chancaca?

La cobertura estrella se prepara calentando miel con una rama de canela, cuatro clavos y piel de naranja durante cinco minutos; luego se retiran las especias y queda una cobertura aromática que se vierte generosamente sobre los picarones antes de servir. Quien prefiera una versión más simple puede usar miel de flores sin mayor elaboración, aunque la versión con chancaca perfumada es la que sostiene el perfil de sabor tradicional. La nota cítrica de la naranja y el calor de las especias cortan la densidad del aceite frito y dejan un final aromático.

Para acompañar, fruta fresca de temporada es la opción más habitual: no compite con el dulce de la miel y equilibra el postre sin añadir pesadez. La presentación admite desde rodajas de papaya o piña hasta berries, según la estación, y permite cerrar el plato con frescura sin distraer del protagonismo de la fritura. Todavía queda pendiente sistematizar el origen exacto de la receta y recuperar las variantes regionales que aún circulan en ferias limeñas y cocinas populares de Cusco, un trabajo de archivo que la gastronomía andina todavía tiene por delante.

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Ana Laura QuinteroAmbiente y energía

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