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Por qué algunos se levantan con el sueño intacto en la memoria y otros lo pierden antes de abrir los ojos

Un estudio internacional siguió durante quince días a más de doscientos adultos y encontró que la edad, la divagación mental y la calidad del descanso de cada noche son claves para explicar la brecha entre quienes recuerdan sus sueños y quienes apenas conservan una vaga sensación al despertar.

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Carla NazarSociedad · 8 DE SEPT DE 2026 · 3 min de lectura

En un laboratorio del sueño de Buenos Aires, una voluntaria de 52 años apaga la alarma, abre los ojos y, antes de mover una sola manta, ya está reconstruyendo lo que soñó: un mercado en una plaza del norte argentino, voces que no escucha hace décadas, un olor a pan que la trae de vuelta a la infancia. Anota todo en una libretita que dejó sobre la mesa de luz. A pocas calles de ahí, en un departamento de Lanús, un hombre de 44 se levanta con la misma certeza, pero inversa: sabe que soñó, intuye que fueron escenas intensas, y sin embargo no puede retener ni una sola imagen. Esa diferencia, que parece caprichosa, tiene explicación, y un equipo internacional acaba de ponerle números.

La investigación, publicada en la revista Communications Psychology, siguió durante quince días a 217 adultos sanos de entre 18 y 70 años. Cada mañana, los participantes respondían si recordaban haber soñado y con qué nivel de detalle, mientras el equipo reunía datos demográficos, psicológicos y del descanso mediante dispositivos de monitoreo y pruebas específicas. La conclusión central es que la brecha entre quienes se levantan con el sueño fresco y quienes lo pierden no es cuestión de suerte: depende de rasgos individuales, como la edad y la tendencia a la divagación mental, pero también de cómo durmió cada persona esa noche en particular.

Los factores que inclinan la balanza

  • La atención hacia los propios sueños: quienes se interesan por lo que sueñan y lo registran tienden a recordarlo más.
  • La divagación mental, es decir, la inclinación de la mente a encadenar pensamientos espontáneos en lugar de quedarse en el foco inmediato.
  • La edad: a medida que pasan los años, cambia la facilidad para retener el contenido onírico al despertar.
  • La vulnerabilidad a la interferencia: la velocidad con que un estímulo externo, como la luz, el ruido o el primer pensamiento consciente, desplaza al recuerdo del sueño antes de que se consolide.
  • La estructura del sueño: episodios más largos, con menor proporción de sueño profundo (la etapa N3, asociada a la recuperación física) y mayor presencia de fases livianas, favorecen la retención.

El estudio además separó dos experiencias que suelen mezclarse en la conversación cotidiana. Una es recordar el contenido concreto: escenas, acciones, emociones puntuales. La otra es lo que los autores llaman «sueño blanco»: despertar con la certeza de que algo ocurrió durante la noche, pero sin poder recuperar ningún detalle. Esa segunda vivencia fue más frecuente en ciertos grupos y sirvió para confirmar que soñar y recordar lo soñado no son procesos equivalentes. Pueden transcurrir por carriles distintos.

Volvamos a la voluntaria del principio. Lo que ella hace al anotar lo soñado apenas se despierta no es un capricho de novelera: es justamente lo que los investigadores identifican como uno de los predictores más fuertes de la memoria onírica. Quienes cultivan esa pequeña rutina, sumada a una mente habituada a vagar libremente durante el día, parecen tener más chances de que el sueño cruce la frontera del despertar. El hombre de Lanús, en cambio, pierde ese contenido no porque no sueñe, sino porque la interferencia de la mañana, el celular, la luz, el ruido de la calle, llega antes de que la memoria termine de fijarlo. Es un dato que, contado así, deja de ser un misterio y pasa a ser una cuestión de hábitos, edad y arquitectura del descanso.

CN
Carla NazarSociedad

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