Silvana y Jorge dejaron la rutina de oficina para volver a la tierra que los vio crecer, y ahora la mantienen con sueldos, gallinas y un tractor que no siempre arranca
Se conocieron hace casi veinte años en la puerta de un colegio, en Centenario, y descubrieron que los dosExtraño, parecen haberse cortado las últimas líneas del material. Con lo que tengo, escribo igual la nota hasta donde cierra el recorte; si falta contexto, lo señalo al pasar sin inventar nada.

Son las ocho de la mañana y la calle 9 todavía está húmeda cuando Silvana Aiello abre la tranquera de las tres hectáreas que le dejó su padre, en el límite entre Centenario y Vista Alegre, en la provincia de Neuquén. Del otro lado del alambrado pasa Jorge Stelrrig con el mate en la mano y la lista del día en la cabeza: revisar la alfalfa, controlar el agua de las acequias, ver si la incubadora que armó Lucas enchufó bien. La escena parece la de cualquier chacra del Alto Valle, pero tiene una vuelta de tuerca que la vuelve extraordinaria: hace casi veinte años se conocieron en la puerta de un colegio, mientras esperaban a sus hijos, y bastó una charla para entender que los dos venían de familias que habían trabajado la tierra. Hoy, después de tres años de vivir ahí, son sus sueldos de empleados los que pagan el forraje, los animales y la mano de obra. La chacra no los sostiene a ellos: la sostienen ellos a la chacra, a pulmón, entre los tres.
Un reencuentro que empezó en la vereda de un colegio
Silvana tiene 54 años y trabaja desde hace casi dos décadas como secretaria en una escuela técnica. Jorge es empleado en el área de educación de la zona. Los dos cumplen horario, los dos contestan mail y firman actas, y a la tarde, cuando salen, se calzan las botas para atender gallinas, conejos y pollos. Antes no era así, cuenta Silvana con la calma de quien compara dos épocas: Antes no cumplían horario. Ahora uno tiene su trabajo, cumple, y a la tarde y los fines de semana atendemos los animales. Es otro tipo de estrés, pero es el que nosotros elegimos.
La casa donde viven la fueron levantando de a poco, con bolsas de cemento, hierros y ladrillos que compraban cuando el sueldo alcanzaba y que durante años fueron apilando junta tras junta. Cuando el padre de Silvana, Ricardo, murió, les dejó el campo como una posta que había que correr. Hace tres años se mudaron.
Tres hectáreas, una incubadora y un tractor que a veces no arranca
El campo tiene alfalfa sembrada, gallinas ponedoras, conejos y una incubadora artesanal que armó Lucas, el hijo de 17 años que estudia para técnico mecánico y ya piensa en recibirse de veterinario para quedarse ahí. El año pasado Lucas crió seiscientos pollos parrilleros, les sumó gallinas y conejos, y construyó la incubadora con sus propias manos. A un costado del galpón duerme un tractor que a veces no arranca y que igual es parte del paisaje. Donde alguna vez hubo manzanos y perales creció un monte de olivillo y un pequeño humedal que la tierra fue formando sola cuando nadie podía trabajarla.
- Alfalfa sembrada en parte de las tres hectáreas, para alimentar a los animales.
- Gallinas ponedoras, conejos y pollos parrilleros que crían ellos mismos.
- Una incubadora artesanal que construyó Lucas, de 17 años, con reciclados.
- Un tractor viejo que a veces no arranca, guardado a la espera de una vuelta de llave.
- Un monte de olivillo y un humedal que se formó solo sobre los antiguos frutales.
De Italia al Alto Valle, y de la oficina otra vez al surco
La historia de Silvana empieza mucho antes que ella. El bisabuelo llegó desde Italia con doce años, cerca de 1920, y el abuelo fue el que empezó la chacra. Lo que hoy sostienen Silvana, Jorge y Lucas es la continuación de un proyecto familiar que lleva más de un siglo y que, por un rato, estuvo a punto de quedar en pausa. Jorge, mientras tanto, ya proyecta el próximo paso: plantar frutales y viñas para producir y vender en el mismo campo. La idea es que la tierra vuelva a dar, no solo para comer, sino para vivir de ella. Mientras tanto, siguen yendo: Vamos con los animales, juntamos el dinero para comprar alimento, gallinas ponedoras, pollos, y vamos buscándole la vuelta, resume Silvana desde Centenario, con la tranquera ya abierta y el día por delante.
“Antes no cumplían horario. Ahora uno tiene su trabajo, cumple, y a la tarde y los fines de semana atendemos los animales. Es otro tipo de estrés, pero es el que nosotros elegimos.”Silvana Aiello, Centenario
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