Ted Lasso aprende a tiempo: la cuarta temporada muestra al Ted que Nate nunca tuvo
Alice Chilton, la nueva asistente de Richmond, recorre un camino parecido al de Nate Shelley, pero esta vez el entrenador detecta las señales antes y decide suspenderla. La serie propone que tolerar ya no es ayudar.

"Creo en el equipo. Creo en las personas. Y a veces creer significa dejar de mirar para otro lado cuando alguien está haciendo daño". Más o menos por ahí anda la frase que resignifica todo en el quinto episodio de esta cuarta temporada de Ted Lasso, porque por primera vez el entrenador que pedía postales con el logo de la palabra Believe decide que ayudar a alguien no es lo mismo que dejarlo pasar por encima de los demás, y esa distinción, que parece sutil, cambia por completo el sentido de su personaje y abre una conversación largísima sobre lo que la serie aprendió, o al menos intenta aprender, después del arco más doloroso de su historia reciente.
Para entender por qué este giro importa de verdad, conviene remontarse al origen del género que la serie viene a reversionar con elegancia y con muchísimo humor: la comedia deportiva, ese formato que en la televisión anglosajona tiene antecedentes ilustres como el fútbol británico de las películas ochentosas o la liturgia del workplace comedy al estilo de The Office, y que Ted Lasso reordenó en 2020 cuando nadie lo esperaba, mezclando el fish out of water de un entrenador estadounidense de fútbol americano perdido en la Premier League inglesa con la sensibilidad emocional de un drama sobre cómo se construyen comunidades de trabajo sanas, y sobre todo muy sano, en tiempos de individualismo descarnado.
Nate, el espejo en el que Ted no quiso mirarse
El arco de Nate Shelley fue, durante tres temporadas, el corazón más oscuro de Ted Lasso. Empezó como el encargado del equipamiento, ese chico que pasaba la botella de agua y anotaba todo, y al que Ted Lasso miraba con genuina admiración. Esa confianza lo subió a entrenador asistente, lo vistió con buzo oficial y lo expuso a un mundo que no estaba preparado para sostenerlo. Lo que vino después fue un derrumbe lento: la inseguridad convertida en ego, el ego transformado en crueldad con los más débiles, y un portazo televisivo en el que incluso el malo tenía razón en algunas cosas. La serie intentó, ya en el tramo final de la tercera temporada, una redención que dejó a más de un fan con sabor a poco, pero que dejó sembrado un principio que esta cuarta entrega ahora recoge: nadie se vuelve hiriente de un día para el otro, y muchas veces las señales están ahí, disfrazadas de quejas razonables, durante meses.
Y acá aparece Alice Chilton, interpretada por Tanya Reynolds, a quien los fans de la serie reconocerán de otros papeles, y que en esta temporada se incorpora como asistente del flamante equipo femenino del AFC Richmond. En los primeros episodios su trazo parecía encaminhado hacia el costado Roy Kent: carácter, código propio, un cariño torpe por las jugadoras. Pero el quinto episodio reencuadra todo hacia un lugar mucho más incómodo y mucho más interesante para los seguidores de la serie.
El paralelo con Nate es deliberado y hasta algo explícito. Mismo punto de partida: talento, frustración, dificultad para encontrar un lugar en la cultura de equipo que Ted Lasso promueve. Misma pendiente: la percepción de ser ignorado, que se transforma en resentimiento y, eventualmente, en agresión hacia los que menos poder tienen. La diferencia no está en el diagnóstico sino en la respuesta, porque esta vez Ted no espera, no aplica la lógica del beneficio de la duda hasta el último minuto, no se deja llevar por el instinto de creer que todo el mundo, en el fondo, quiere hacer las cosas bien. Decide suspender a Chilton durante un partido en cuanto detecta que su comportamiento está perjudicando al grupo. Es una decisión que duele, que incomoda, que rompe la imagen del coach bonachón que solo quiere que todos se lleven bien, y que la serie presenta con claridad como una evolución del personaje antes que como una contradicción, porque ayudar a las personas ya no puede significar, en esta nueva etapa, tolerar que alguien siga lastimando a otros.
“A veces amar a alguien significa no dejar que se lastime a sí misma ni a los demás antes de que sea tarde.”Ted Lasso, interpretado por Jason Sudeikis
Ese giro, que en apariencia es chico, tiene implicancias enormes para el resto de la temporada. Si la serie lo sostiene, estamos ante un Ted Lasso que dejó de confundir la amabilidad con la cobardía, que entendió, probablemente gracias a la huella que dejó el paso de Nate, que la confianza sin límites puede convertirse en una forma de abandono. Es un Ted más adulto, menos idealizado, y por eso más parecido al tipo de que uno querría tener en cualquier equipo de trabajo, de la vida, en serio. Si en cambio la producción afloja y vuelve a la zona de confort del coach que todo lo perdona porque en el fondo todos somos buena gente, habremos perdido, otra vez, la oportunidad de cerrar de verdad la herida que abrió la tercera temporada. Por lo pronto, y con los capítulos que todavía quedan por delante, te recomiendo, si sos de los que llegaron hasta acá bancando esta serie desde el arranque, que te sientes a verla con paciencia, con tiempo, y con muchas ganas de discutirla después, porque Ted Lasso cuarta temporada no es solo un regreso: es una conversación pendiente consigo misma, y vale la pena prestarle atención.
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