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Teresita, la profesora de Biología que convirtió un lote de yuyos en una chacra de almendras a orillas del Limay

A sus 62 años y tras décadas frente al aula, la neuquina Teresita Peláez cosechaba almendras en Plottier, en el mismo terreno donde un almendro aislado le abrió la puerta a un emprendimiento que la sostuvo, incluso, durante un cáncer en pandemia.

CN
Carla NazarSociedad · 31 DE AGO DE 2026 · 4 min de lectura

A esta hora de la mañana, en el barrio Piscicultura de Plottier, muy cerca del río Limay, Teresita Peláez camina despacio entre las filas de almendros con el mismo cuidado con el que alguna vez revisó los trabajos prácticos de sus alumnos de Biología. Tiene 62 años, acaba de dejar atrás un tratamiento largo y, cuando mira hacia atrás, no puede evitar pensar que todo empezó por un agujero en un alambrado.

La historia arranca casi dos décadas atrás, cuando Teresita compró una hectárea a metros del río Limay. El terreno estaba cubierto de yuyos hasta el tope y la primera urgencia fue levantar la casa donde iba a vivir. Lo que hacer con el resto del lote quedó, durante años, en el aire. La respuesta llegó de la mano de un imprevisto: un agujero en el alambrado obligó a poner manos a la obra en ese sector, porque dejar la tierra sin trabajar significaba volver a llenarla de malezas, pero regar solamente césped le parecía, según cuenta ella misma, un desperdicio absoluto.

Entonces se acordó de un almendro que años antes había plantado como quien pone una bandera en otro rincón del terreno y se preguntó por qué no sumar más. Con esa pregunta bajo el brazo fue a buscar asesoramiento al Centro PyME local, donde la ingeniera Silvana Moschini la orientó y, según recuerda Teresita con una sonrisa, terminó de encenderle la llama: "Es una enamorada de los almendros, hizo que me enamorara", dice sobre su mentora.

De hobby de jubilada a marca propia

En 2013 plantó los primeros árboles justo donde había estado roto el alambrado y dos años después agregó otro cuadro de plantación. Por entonces ella todavía daba clases en las aulas y el proyecto era, en sus propias palabras, "un hobby que a veces me ha resultado un poco caro". Lo que la sedujo desde el principio fue una ventaja bien práctica: las almendras no necesitan venderse inmediatamente después de la cosecha, lo que le permitía manejar los tiempos sin que el emprendimiento se le transformara en una carga imposible de llevar mientras seguía enseñando.

Con los años, ese hobby fue tomando cuerpo y nombre: Almendras del Limay. Hoy la marca ofrece almendras naturales, tostadas, saladas, garrapiñadas y harina de almendras, y Teresita participa de cada paso, desde la poda y la fertilización hasta la cosecha y el empaquetado. De manera permanente trabaja a su lado José Luis, un hombre con experiencia en chacras que se jubiló y se sumó al proyecto, y que es, junto con ella, la otra pieza clave del día a día. "Es muy artesanal", describe Teresita, como pidiendo perdón por la modestia del emprendimiento y al mismo tiempo haciendo de esa modestia su mayor orgullo.

El terreno fue creciendo en otras direcciones que ella no había planeado: los almendros le abrieron la puerta a la apicultura, a las plantas aromáticas, a la huerta y, durante la pandemia, a la construcción de un invernadero propio. Fue precisamente en esos meses cuando el vínculo con la tierra tomó otra dimensión, porque Teresita atravesó un cáncer mientras seguía su tratamiento médico y encontró en las tareas cotidianas del invernadero una forma de sostenerse en los días más difíciles. "No sabía si me iba a servir para generar recursos, pero me sirvió para sostenerme", resume sobre ese capítulo que la marcó para siempre.

  • Teresita Peláez, profesora de Biología jubilada, tiene 62 años y produce almendras en una hectárea en el barrio Piscicultura de Plottier, Neuquén.
  • El emprendimiento, llamado Almendras del Limay, nació en 2013 a partir de un almendro que ya tenía en el terreno y del asesoramiento de la ingeniera Silvana Moschini, del Centro PyME local.
  • La oferta incluye almendras naturales, tostadas, saladas, garrapiñadas y harina, todo elaborado de forma artesanal junto a José Luis, su colaborador permanente.
  • Durante la pandemia, mientras atravesaba un cáncer, Teresita encontró en el trabajo del invernadero una herramienta para sostenerse anímicamente en el tratamiento.

Ahora, cuando vuelve a recorrer las filas de almendros a orillas del Limay, Teresita dice que le cuesta mirar el lote y ver solo un negocio: lo que ve es la prueba de que un hobby pensado para llenar un rato y un pedazo de terreno baldío terminó dándole mucho más que almendras, y que la tierra, en su caso, se convirtió en una aliada inseparable para atravesar los momentos más bravos.

CN
Carla NazarSociedad

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