Una larga noche en Anatolia: cuando el cine turco aprende a caminar despacio para decir más
Nuri Bilge Ceylan convierte la búsqueda de un cadáver perdido en las estepas turcas en una de las experiencias más hipnóticas del cine contemporáneo: una película de más de dos horas donde el suspenso se construye con silencios, cansancio y conversaciones que parecen no llevar a ningún lado.

"Érase una vez en Anatolia" empieza con una imagen que se vuelve obsesión: una hilera de faros diminutos moviéndose por una oscuridad casi sin referencias, mientras una voz cualquiera dice algo sobre la tierra, el cansancio y la paciencia. Esa apertura, casi minimalista, es la declaración de principios de Nuri Bilge Ceylan, el director turco que se hizo famoso por filmar la vida como si fuera un río que no tiene apuro por llegar al mar, y que en esta película lleva esa filosofía hasta un extremo que divide al público entre el abandono temprano de la sala y la entrega total a su ritmo.
La premisa, hay que decirlo de entrada, es deliberadamente sencilla y hasta podríamos decir que un poco gastada: un fiscal, un médico forense y un puñado de policías salen de noche con el asesino confeso y su cómplice a recorrer las estepas de Anatolia en busca del cuerpo que ambos enterraron estando borrachos y que ahora no saben ubicar en el mapa. Esa búsqueda, que en cualquier thriller convencional duraría veinte minutos de reloj en pantalla y se resolvería con un par de pistas brillantes y algún giro sorpresivo, acá se extiende durante casi la totalidad del metraje y se transforma en otra cosa, en una especie de road movie nocturna donde lo que se busca no termina siendo el cadáver sino algo mucho más hondo que se va revelando en los silencios entre los personajes.
Un género que se corre del lugar común
Para entender por qué "Érase una vez en Anatolia" funciona como funciona y por qué incomoda tanto a quien espera el ritmo frenético del policial anglosajón, conviene repasar de dónde viene su director. Ceylan es uno de los nombres centrales de lo que se llamó nuevo cine turco de los años dos mil, junto a realizadores como Semih Kaplanoğlu y Fatih Akin, aunque su camino fue siempre más contemplativo que el de sus colegas. Sus películas anteriores, entre ellas "Los climas", "Tres monos" y "Lejos", ya mostraban esa obsesión por el tiempo muerto, por los rostros que piensan, por los paisajes que hablan tanto como los diálogos, y un rechazo abierto a la idea de que el cine tiene que acelerar para atrapar al espectador.
En "Érase una vez en Anatolia" esa búsqueda formal se cruza por primera vez con un género, el policial o el thriller, que en apariencia le es ajeno, y el resultado es una película inclasificable. No hay aquí la maquinaria precisa de un procedural estadounidense ni la pirotecnia emocional de un noir europeo; lo que hay es algo más cercano a una novela de Dostoievski trasladada a un paisaje lunar, donde la investigación del crimen se vuelve excusa para observar a personas comunes aplastadas por el peso de su propio oficio, personas que conviven con la muerte como parte de su trabajo y que igual se rompen un poco cada noche.
Y acá viene lo que a mí, como espectadora, más me interpela de esta película, y que creo que es la clave para decidir si entregarse o no a sus casi ciento ochenta minutos: Ceylan no construye suspenso en el sentido clásico, no hay un descubrimiento cada quince minutos ni un villano que aparece cuando menos lo esperamos, sino que acumula tensión de manera orgánica, casi imperceptible, como se acumula el polvo en el parabrisas del auto patrulla, como se acumula el sueño en los ojos del conductor que lleva horas manejando, como se acumula la angustia en la garganta del médico forense cuando tiene que decir que sí, que efectivamente aquel cuerpo que encontraron en la cuneta es el que estaban buscando.
La película fue reconocida con el Gran Premio del Jurado en el Festival de Cannes de dos mil once, un premio que en esa edición compartió con "El árbol de la vida" de Terrence Malick, lo cual no es un dato menor porque ambas películas comparten esa misma confianza en que el tiempo del cine puede ser otro, más ancho, más profundo, más parecido al tiempo real de la experiencia humana. Esa compañía prestigiosa ayuda a entender por qué "Érase una vez en Anatolia" es considerada hoy una de las obras centrales del cine turco contemporáneo y una referencia ineludible para cualquier conversación seria sobre el ritmo en el lenguaje cinematográfico.
Si nunca vieron cine de Ceylan, les digo en primera persona que esta puede ser una puerta de entrada amable porque tiene la estructura de género que muchos buscan, un punto de partida policial fácil de seguir y un arco narrativo que cierra de manera satisfactoria, pero también les advierto que las primeras dos horas pueden sentirse como un examen de paciencia si uno llega con el chip del streaming rápido y los cortes cada treinta segundos. La recompensa, en mi experiencia, llega en el tramo final, cuando la luz del amanecer empieza a filtrarse por las ventanillas de los autos, cuando el cansancio acumulado de los personajes se vuelve también el cansancio acumulado del espectador y cuando, de golpe, uno entiende que la película no estaba contando la historia de una búsqueda de un cadáver sino la historia de una noche entera en la que varias personas aprendieron, o no aprendieron, a mirarse de nuevo.
"Érase una vez en Anatolia" está disponible en la plataforma Filmin, que viene consolidándose en los últimos años como una de las ventanas más interesantes para ver cine de autor europeo, turco y asiático en la Argentina, con un catálogo que suele escaparle a los algoritmos de las plataformas masivas. Mi recomendación, si se animan, es verla un domingo por la noche, sin celular al lado, con la luz apagada y la voluntad de entregarse al ritmo de la película en lugar de exigirle que se apure, porque la sensación que deja al terminar es de las que seDiskutieren en la semana, de las que vuelven a la cabeza en cualquier viaje largo por una ruta vacía, de esas que justifican cada uno de los ciento ochenta minutos.
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