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Brad Pitt en el Himalaya: la odisea interior de un alpinista que aprendió a mirar el mundo de otro modo

Repaso de «Siete años en el Tíbet», la película de Jean-Jacques Annaud que combina aventura, guerra y el vínculo inesperado entre Heinrich Harrer y el Dalai Lama.

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Julia KaplanCultura y espectáculos · 22 DE SEPT DE 2026 · 3 min de lectura

“Vine a conquistar una montaña y terminé encontrándome a mí mismo”. Podría ser, perfectamente, una línea que Heinrich Harrer le murmura al viento helado del Himalaya mientras mira el cielo del Tíbet, teñido de naranja por el sol de la tarde. Y esa frase, que no aparece tal cual en la película pero que condensa su espíritu, es la mejor puerta de entrada para volver a hablar de «Siete años en el Tíbet», ese filme que Jean-Jacques Annaud estrenó en 1997 con Brad Pitt como protagonista y que, más de dos décadas después, sigue siendo una cita ineludible para los amantes de los dramas de aventuras con mayúsculas.

De la nieve al cautiverio, del cautiverio al despertar

La historia arranca en 1939, cuando Harrer —un alpinista austríaco de elite, arrogante, frío, obsesionado con su propia leyenda— se despide de su esposa embarazada para sumarse a una expedición al Himalaya. La Segunda Guerra Mundial, que está estallando en Europa, lo intercepta en el camino: termina prisionero de los británicos en la India y, tras una fuga audaz, cruza a duras penas la cordillera hasta llegar a Lhasa, la capital del Tíbet. Es allí donde todo cambia. No solo descubre un país cerrado al mundo, sino que traba una estrecha relación con el joven Dalai Lama, un vínculo que desarma por completo su cosmovantería y lo obliga a repensar quién es y para qué está vivo.

  • La película combina dos planos narrativos: la aventura física en la montaña y la transformación íntima del protagonista.
  • Pitt compone a un Harrer inicialmente antipático, egoísta y distante, para mostrar su evolución a lo largo de los años.
  • El contexto histórico incluye los movimientos de China en preparación de la invasión del Tíbet, que le dan a la historia su peso político.

Annaud, que ya había demostrado su pericia para las películas de gran despliegue con «El nombre de la rosa» y «El último emperador», vuelve a apostar aquí por la inmersión visual: rodajes en locaciones extremas del Himalaya, una fotografía que exalta los azules de las alturas y el oro de los monasterios budistas, y un uso muy cuidado del silencio. En ese universo contemplativo, Pitt se luce con una actuación contenida, de gestos mínimos, que le permite ir soltando, escena tras escena, la coraza del personaje hasta quedar casi desnudo frente a la espiritualidad del Lama.

Una película que incomodó a Beijing

El filme también dejó huellas fuera de la pantalla. A raíz de su estreno, las autoridades chinas impusieron restricciones a Sony, que se mantuvieron durante todo 1997, y prohibieron el ingreso al país tanto de Brad Pitt como del propio Annaud. En el caso del director, la prohibición se levantó recién en 2012 —lo que le permitió filmar después allí «El último lobo»—; Pitt pudo entrar en 2014. Es decir: la historia de Harrer tuvo consecuencias políticas concretas, y todavía hoy sigue siendo una obra incómoda para el gobierno chino, que la considera una pieza de propaganda antichina.

Si nunca la vieron, mi recomendación es que la busquen una noche de frío, con tiempo y sin apuro, ideal en pantalla grande o, al menos, en una notebook que les haga justicia al paisaje. Si ya la vieron, vuelvan a darle play: hay escenas —el primer avistaje del Himalaya, la conversación con el Dalai Lama sobre la fugacidad de la vida, la despedida final— que se disfrutan mucho más cuando uno ya sabe lo que viene. A mí, sinceramente, cada tanto me sigue conmoviendo esa idea de que un tipo que fue a conquistar una montaña termine conquistado por una cultura entera. Y eso, para mí, es lo mejor que puede hacer una buena película: dejarnos un poco más sabios de lo que entramos al cine.

JK
Julia KaplanCultura y espectáculos

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