Cansancio que no se va, ánimo por el piso: la propuesta de una psicóloga para mirar también qué se come y cómo se duerme
La británica Kimberley Wilson sugiere que, ante fatiga persistente, apatía o desánimo, la consulta de salud mental también indague sobre la alimentación, el descanso y los hábitos de movimiento, sin abandonar la psicoterapia ni los medicamentos cuando hacen falta.

En una ciudad cualquiera del conurbano bonaerense, una mujer de 52 años llega a su sesión de terapia y se desploma en el sillón. Lleva meses con un cansancio que no se le va ni durmiendo diez horas, le cuesta concentrarse en el trabajo y cada vez tiene menos ganas de salir los fines de semana. Antes de empezar a hablar de su infancia o de sus miedos, la psicóloga le pregunta qué comió ayer, si desayuna, si cena, cuántas horas duerme y si mueve el cuerpo durante la semana. Suena básico, casi demasiado simple, pero la especialista británica Kimberley Wilson sostiene que ese primer barrido puede cambiar la dirección del tratamiento.
Una psicóloga que quiere sumar el plato a comida procesada a la consulta
Wilson, que se formó y trabaja en el Reino Unido, viene planteando hace rato que la evaluación de la salud mental no puede quedarse en el diván. A su criterio, cuando alguien llega con fatiga persistente, apatía o ánimo bajo durante semanas, la consulta debería abrirse para preguntar, además de los clásicos antecedentes y situaciones de estrés, cómo se alimenta, cuánto duerme y cuánta actividad física realiza. Es lo que se conoce como una mirada biopsicosocial ampliada, sólo que con un lugar explícito para la nutrición.
La idea no reemplaza a la terapia ni a la medicación, advierte la especialista. El objetivo, dice, es identificar qué factores están interviniendo en cada caso para orientar mejor las intervenciones. Una persona con historias de trauma puede necesitar un abordaje psicológico especializado, mientras que otra con una anemia o con una alimentación muy pobre en ciertos alimentos podría ver cómo parte de sus síntomas se aflojan al corregir una carencia concreta. La psicoterapia y los psicofármacos siguen formando parte del menú cuando resultan necesarios, aclara.
Qué nutrientes miraría y por qué no alcanza con un multivitamínico
Entre los nutrientes que, a su criterio, habría que tener en radar cuando se evalúan estos síntomas están las vitaminas del grupo B, en particular la B3 y la B12, el zinc, el selenio y los omega-3, todos con funciones documentadas en el funcionamiento cerebral. Wilson es clara en un punto: que falten no significa que la persona tenga un trastorno mental, pero su insuficiencia puede empeorar cansancio, irritabilidad o bajo estado de ánimo, y por eso vale la pena pesquisarlos ante síntomas persistentes.
- Pescados azules como sardina, salmón y caballa, ricos en omega-3, con al menos una porción por semana.
- Vitamina B12, presente en carnes, huevos y lácteos, y clave para vegetarianos y veganos.
- Zinc, que se encuentra en carnes rojas, semillas de zapallo y legumbres.
- Selenio, presente en nueces de Brasil y en algunos pescados.
- Vitaminas del grupo B, repartidas en cereales integrales, legumbres y verduras de hoja verde.
“Una deficiencia no explica por sí sola un trastorno mental, aunque puede agravar factores vinculados con el cansancio, la irritabilidad o el bajo estado de ánimo.”Kimberley Wilson, psicóloga
De Holloway al consultorio: la experiencia que la convenció
El interés de Wilson por esta relación se forjó en la prisión de mujeres de Holloway, en Londres, donde trabajó como psicóloga. Allí vio de cerca cómo las dificultades para regular las emociones iban de la mano, muchas veces, con carencias alimentarias. También suele citar ensayos clínicos aleatorizados realizados en cárceles, donde la administración de micronutrientes se asoció con menos episodios de violencia. Esa asociación, aclara, no permite explicar toda la conducta de una persona a partir de su dieta, pero ayuda a entender que la comida del cuerpo importa para la comida de la cabeza.
Wilson también es honesta a las pruebas: dice que los efectos de modificar la alimentación, el descanso y el movimiento no se notan de un día para el otro. Cambiar hábitos, explica, puede tardar meses en percibirse, y durante ese tiempo la persona puede frustrarse si espera resultados inmediatos. Por eso, dice, conviene combinar la espera con un plan terapéutico que no deje sola a la persona mientras los nuevos hábitos hacen su trabajo lento.
Volvamos a la mujer del sillón. Después de varias sesiones, la terapeuta detecta que duerme poco y mal, que come a deshoras y que casi no consume pescado ni legumbres. No tiene anemia ni un cuadro depresivo mayor, pero sí un cuadro de agotamiento sostenido que se va a trabajar, justamente, por donde ella proponía mirar siempre: por el plato de comida, las horas de sueño y las caminatas, sin soltar la escucha clínica. La propuesta de Wilson no es magia ni un atajo, apenas un recordatorio de que la cabeza no funciona suelta del resto del cuerpo.
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