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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Cuando lo que se ve, se siente o se cree cambia sin explicación: la consulta médica como primer paso

Ver imágenes que otros no perciben, sentir que el cuerpo o las habitaciones cambiaron de tamaño o sostener creencias firmes que alteran la vida cotidiana son motivos suficientes para pedir una evaluación profesional. Especialistas recuerdan que esas experiencias no equivalen a un diagnóstico y que la atención oportuna puede descartar causas médicas tratables.

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Carla NazarSociedad · · 4 min de lectura
Cuando lo que se ve, se siente o se cree cambia sin explicación: la consulta médica como primer paso

Lo cuento desde acá, en una sala de espera de un centro de salud de Mendoza, donde esta mañana una mujer de 54 años me explicó con voz queda que durante varias semanas vio, cada tarde, a un hombre sentado en el sillón del living. No estaba cuando su marido miraba. No estaba cuando los hijos pasaban a visitar. Pero ella lo veía, lo describía con detalles precisos y, al mismo tiempo, reconocía con lucidez que no podía ser real. Esa escena, que parece sacada de un relato literario, es la puerta de entrada más clara para entender de qué hablamos cuando hablamos de cambios en la percepción, y por qué la consulta médica nunca debería postergarse.

Porque la regla de oro, según repiten los especialistas consultados, es simple y no negocia: no hace falta saber qué está pasando para pedir una evaluación. Ver imágenes que nadie más ve, notar que los objetos cambian de tamaño de manera persistente o sostener creencias firmes sobre la salud propia o sobre personas cercanas que generan un sufrimiento intenso y deterioran los vínculos cotidianos son, cada uno por separado, motivos válidos para sentarse frente a un profesional. Estas experiencias no permiten, por sí solas, establecer un diagnóstico, pero sí abren la puerta a un proceso de evaluación que considera los antecedentes, el contexto y otras manifestaciones para definir qué atención necesita cada persona.

Tres fenómenos que suelen confundirse

Antes de seguir, conviene distinguir tres términos que el material de base separa con cuidado y que en la conversación cotidiana se mezclan. La distorsión modifica la percepción de algo que efectivamente existe: la persona ve la habitación, pero la siente más grande o más chica. La alucinación, en cambio, supone percibir algo sin un estímulo externo que lo produzca, como figuras complejas que nadie más puede ver. Y el delirio es una creencia fija que se mantiene aun frente a pruebas en contrario, resistente al argumento y al paso del tiempo. Comprender la diferencia no es un ejercicio erudito: es la base sobre la que el profesional decide qué estudios pedir y hacia dónde orientar la consulta.

El caso de la mujer mendocina que abre esta nota no es excepcional ni tampoco, en sí mismo, indicador de una enfermedad psiquiátrica. En el síndrome de Charles Bonnet, personas con pérdida importante de visión pueden percibir imágenes complejas y, al mismo tiempo, reconocer que no son reales. La evaluación, en estos casos, contempla exámenes neurológicos y cognitivos y, cuando la presentación es atípica, se recurre a estudios de neuroimagen para descartar otras causas. La fuente consultada, Laura, especialista en neurología cognitiva en la ciudad de Buenos Aires, insiste en que la queja visual, en un paciente con deterioro de la vista, debe investigarse siempre: descartar lo orgánico es tan importante como abordar lo psiquiátrico.

  • Distorsión: altera la percepción de algo que existe (por ejemplo, una habitación que parece más grande o más chica).
  • Alucinación: percepción sin estímulo externo que la justifique (figuras, voces o imágenes complejas).
  • Delirio: creencia fija y resistente a la evidencia, que provoca malestar y afecta los vínculos.
  • Síndrome de Charles Bonnet: alucinaciones visuales en personas con pérdida de visión, con lucidez preservada.
  • Síndrome de Alicia en el País de las Maravillas: alteración de la percepción del tamaño corporal, del entorno y del tiempo, asociada con mayor frecuencia a migraña en adultos y a encefalitis en menores de 18 años.

El cuerpo, las creencias y la piel

Hay otras manifestaciones que comprometen creencias sobre uno mismo o sobre los demás, y que merecen el mismo respeto clínico. Pueden incluir la convicción de no existir, de haberse transformado en un animal o de que una persona cercana fue reemplazada por un impostor. Estas experiencias requieren atención profesional y, subraya el material, no deben interpretarse como conductas voluntarias: señalar a alguien como "caprichoso" o "exagerado" no solo es injusto, sino que retrasa la consulta. Lo mismo ocurre con los celos delirantes, que no equivalen a los desacuerdos habituales de una pareja y que necesitan una mirada específica.

Cuando alguien siente organismos sobre la piel o debajo de ella, la evaluación debe descartar una infestación real y otras causas médicas antes de considerar un diagnóstico psiquiátrico primario. Entre esas posibles causas figuran déficits vitamínicos, trastornos tiroideos, infecciones y consumo de sustancias. El tratamiento, aclaran los especialistas, depende de lo que se encuentre en esa primera instancia. Lo peligroso no es el síntoma: es la prisa por etiquetarlo sin haber mirado el resto del cuerpo y la historia clínica.

Vuelvo a la mujer del sillón. Cuando le pregunté por qué había demorado tanto en consultar, me respondió, con una honestidad que desarma, que temía que le dijeran que estaba loca. Esa frase, multiplicada por miles de consultas que no se hacen, es la mejor razón para difundir, con prudencia y sin alarmismos, qué señales justifican una consulta médica. Percibir lo que otros no perciben, sentir que el cuerpo o el espacio se alteran sin explicación o sostener creencias que generan sufrimiento y dañan los vínculos no es motivo de vergüenza: es motivo de evaluación. Y esa evaluación empieza, casi siempre, en el consultorio de un clínico dispuesto a escuchar antes de diagnosticar.

CN
Carla NazarSociedad

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