Cuando te pasaron todas las crisis ajenas y nadie te pregunta cómo estás
La psicología clínica describe a quienes llegaron a los 60 sosteniendo a familias, amigos y trabajo sin pedir nada a cambio. Una nota sobre el precio invisible de ser siempre el pilar y qué se puede hacer para revertirlo antes de que sea tarde.

Soy Carla Nazar y esta nota la empecé a escribir un lunes a la tarde, en la redacción, después de una conversación que me dejó pensando varios días. Me llamó Marta, desde Tres de Febrero, provincia de Buenos Aires, y me dijo algo que se me quedó dando vueltas: "Yo organizo todos los asados, yo arreglo los problemas de mis hijos, yo contengo a mi marido, yo soy la que escucha a mis amigas, y cuando yo me quebré la rodilla y estuve dos meses en casa, me llamaron para pedirme consejo sobre otra cosa". Marta tiene 58 años, está cerca de los 60, y la escena que me pintó al teléfono es la síntesis perfecta de lo que la psicología clínica viene describiendo hace rato: gente competente, socialmente activa, querida por todos, que llega a la madurez y descubre que sus vínculos fueron, en su mayoría, funcionales.
Llegar a los 60 sin un círculo íntimo de apoyo no suele ser una señal de torpeza social, ni de mal carácter, ni de mala suerte con los amigos. Todo lo contrario. Los especialistas suelen describir el fenómeno al revés: son personas que fueron el pilar de sus familias y de sus entornos durante décadas, siempre dispuestas a escuchar, a mediar, a resolver, a aparecer. El problema no es la falta de vínculos, sino la calidad de esos vínculos. Muchos eran, sin que nadie lo dijera en voz alta, vínculos de servicio.
El "cuidador compulsivo": la trampa de ser siempre el que puede
En el lenguaje de los gabinetes esto tiene nombre: se lo llama "cuidado compulsivo", y apunta a una tendencia muy concreta, construir la propia identidad alrededor de la fortaleza y de la disponibilidad permanente. Quien ocupa ese rol escucha y aconseja seguido, pero rara vez recibe la misma contención de vuelta. Con el paso del tiempo, el entorno interioriza esa asimetría como si fuera un dato de la naturaleza, la persona fuerte no necesita ayuda, simplemente está ahí para darla.
El mecanismo se vuelve visible, dolorosamente visible, cuando cambian las circunstancias. Una salida del mercado laboral, una pérdida personal, una separación, una mudanza, cualquier crisis propia expone que buena parte de la red social dependía de la utilidad funcional: el acceso a la experiencia, a los contactos, a la capacidad de gestión, al consejo práctico. Cuando esa utilidad deja de estar disponible, la red se adelgaza, y a veces se vuelve transparente.
“Los vínculos que se construyen casi exclusivamente sobre la función colapsan cuando cambia el contexto; los que se sostienen en la reciprocidad, en cambio, sobreviven a jubilaciones, mudanzas y cambios de etapa.”Investigaciones sobre dinámica de grupos humanos citadas por especialistas consultados
Pedir ayuda se vuelve una amenaza a la propia imagen
Hay un segundo obstáculo, y este es el más difícil de desarmar: la dificultad para pedir ayuda. Quienes ejercieron el rol de cuidadores durante años asocian pedir auxilio con una amenaza a su propia autoestima. Mostrar vulnerabilidad les resulta incómodo porque contradice la imagen que construyeron con tanto esfuerzo, esa imagen de que "siempre pueden", y esa incomodidad los lleva a atravesar sus propias crisis en soledad, incluso cuando tienen a personas literalmente al lado. La psicóloga Laura Camaño, que atiende en La Plata, lo resume con una frase que me parece muy lúcida: "El que siempre sostiene termina convenciéndose de que sostener es su único derecho a ser querido".
Volví a llamar a Marta para ver cómo seguía
Antes de cerrar la nota volví a llamar a Marta, a Tres de Febrero, para ver cómo llevaba la semana. Me contó que el sábado a la noche le dijo a su hija, textualmente: "Necesito que me preguntes cómo estoy, aunque no te lo pida". Me dijo que la hija se quedó callada, que después la llamó, y que lloraron las dos por teléfono. No es un final cinematográfico, es un primer paso, y me parece que es honesto contarlo así. La salida que propone la psicología no pasa por dejar de cuidar a otros, nadie propone eso, sino por habilitar la reciprocidad, y la reciprocidad, como cualquier hábito, se entrena, aunque cueste, aunque se haga tarde, aunque haya que empezar a los 58 como Marta.
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