Miércoles, 16 de septiembre de 2026
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Cuidar la cabeza: el estudio que reunió a mil mayores de once países en busca de herramientas simples para proteger la memoria

En un encuentro internacional en Buenos Aires, especialistas presentaron los resultados de LatAm-FINGERS, que siguió durante dos años a 1.065 personas de 60 a 77 años para evaluar cómo la alimentación, el movimiento, los vínculos y el control cardiovascular pueden marcar diferencias en la vida cotidiana.

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Carla NazarSociedad · 16 DE SEPT DE 2026 · 5 min de lectura

Son las nueve de la mañana en un aula del centro de Buenos Aires donde un grupo de hombres y mujeres de entre sesenta y setenta años acomodan sus sillas antes de empezar la clase de memoria. Afuera, el ruido del tránsito marca el pulso de una ciudad que, esta semana, se convirtió en sede de discusión sobre un tema que hasta hace poco parecía reservado a los laboratorios: cómo defender la cabeza antes de que empiece a fallar.

Allí, en un encuentro internacional, se presentaron los resultados principales de LatAm-FINGERS, un ensayo clínico que durante dos años siguió a 1.065 personas mayores de once países de América Latina. La investigación puso a prueba una idea concreta: que un paquete de cambios en los hábitos diarios —desde lo que se come hasta cómo se controla la presión arterial— puede acompañarse en la práctica por adultos mayores comunes, sin necesidad de grandes recursos.

Cinco pilares para cuidar la memoria

  • Alimentación saludable, adaptada a lo que cada comunidad ya come.
  • Actividad física acorde con la edad y las posibilidades de cada persona.
  • Actividad mental: aprender, ejercitar la atención y resolver problemas nuevos.
  • Vínculos sociales, porque el aislamiento pesa tanto como un mal desayuno.
  • Control cardiovascular: medir la presión, la glucosa y el colesterol con regularidad.

El corazón y el cerebro comparten las mismas cañerías. Cuando la presión sube, cuando el azúcar se descontrola, cuando el cigarrillo deteriora los vasos, lo hace también con la red de arterias que nutre al pensamiento. Por eso la evaluación médica periódica ocupa un lugar central: no como trámite burocrático, sino como parte del mismo paquete de autocuidado que se le pide a alguien que quiere viajar tranquilo por su vejez.

La historia de Doña María —una de las participantes argentinas del estudio, jubilada porteña de setenta y tres años que empezó a notar que perdía el hilo de la conversación cuando hablaba con sus nietas— resume buena parte de lo que se discutió en el encuentro. Ella se anotó en la sede porteña de la investigación porque le recomendaron mantener la cabeza activa después de un chequeo. Aceptó el convite a pesar de las dudas iniciales sobre si iba a poder sostener las caminatas, los encuentros con los coordinadores y las clases de cocina saludable en plena ciudad de Buenos Aires, donde las costumbres suelen ir a contramano de las recomendaciones.

“La clave consiste en sostener el principio de la intervención sin ignorar las diferencias culturales y sociales.”Lucía Crivelli, jefa de Neuropsicología de FLENI e investigadora principal de LatAm-FINGERS

Lo que quiso decir Crivelli, según contó la propia investigadora cuando terminó el encuentro, es que no se trata de importar una receta europea o estadounidense y aplicarla tal cual. Las dietas tuvieron que adaptarse a lo que cada país ya come: arepas en Venezuela, lentejas en Bolivia, mate con facturas en Buenos Aires. Las actividades físicas se ajustaron a lo disponible: caminatas en plazas barriales, clases de taichí adaptadas, ejercicios en silla cuando el reuma complica las piernas. Lo importante —insistió— es que los principios no se pierdan en el camino.

El protocolo dividió a los participantes en dos grupos. Uno recibió acompañamiento intensivo: reuniones semanales, contacto frecuente con equipos de salud, actividades organizadas. Otro tuvo recomendaciones más espaciadas y debía aplicarlas por su cuenta. Ambos recibieron orientación preventiva sobre los cinco factores. Y la diferencia apareció al comparar los resultados cognitivos, medida con pruebas neuropsicológicas al inicio y al final del seguimiento, que mostró mejoras a favor del grupo con intervención más estructurada.

Una adherencia que sorprendió a los propios investigadores

Pero el dato que más llamó la atención, reconocieron los propios coordinadores, fue el de la constancia: el 80 por ciento tuvo una adherencia moderada o alta al programa, y el 84,9 por ciento completó la evaluación final. En investigación clínica de larga duración, semejantes tasas entre personas mayores distribuidas en once países son raras. Sostener ese entusiasmo durante 24 meses —y en pandemia, en muchos casos— exige una arquitectura de contención que incluya llamadas periódicas, encuentros en centros de salud, materiales recordatorios y, sobre todo, la sensación de estar acompañado.

Eso fue exactamente lo que sintió Doña María. Lo contó en la sala del encuentro mientras un café con leche se enfriaba al costado, mientras una médica le medía la presión antes de la charla. Dijo que lo que más le sirvió no fueron las indicaciones en sí mismas —caminar, reducir la sal, controlar el azúcar— sino tener a alguien que la llamaba cada tanto para preguntarle cómo iba, para recordarle que no estaba sola en el intento. Ese eslabón humano, según la investigadora que coordinó la rama argentina, fue la pieza que mantuvo el motor encendido.

Los resultados no son una promesa de eterna juventud. Los especialistas lo aclararon hasta el cansancio: ningún programa de hábitos saludables garantiza evitar la demencia por completo. Lo que el estudio sugiere, y por eso es importante, es que una intervención multicomponente, sensible a la cultura local y sostenida en el tiempo, produce mejoras medibles en la cognición global de adultos mayores de sesenta. Y que esas mejoras se logran sin aparatología, sin fármacos nuevos y sin cirugías: con lo que cada persona tiene a mano. En un continente que envejece a velocidades distintas pero imparables, parecido a lo que mostró además el relevamiento, esa conclusión no parece menor.

Doña María, antes de subir al colectivo que la devuelve a su casa en el barrio de Floresta, se acomodó la bufanda y sonrió. Dijo que ella no se acuerda de todo, pero que se acuerda de los nombres de las coordinadoras. Y agregó, casi en susurro, que mientras pueda subirse a un bondi y volver sola, va a seguir concurriendo a las clases. En esa frase corta está, tal vez, la mejor traducción posible de lo que LatAm-FINGERS intentó medir: la memoria importa, claro, pero importa más seguir viviendo.

CN
Carla NazarSociedad

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