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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Después de medio siglo de censura, «Los demonios» de Ken Russell vuelve a las salas en su versión completa

La película maldita de 1971, que el Vaticano buscó callar en Venecia y que los censores inglés y norteamericano mutilaron durante cinco décadas, regresa a España con sus 114 minutos definitivos, restaurados en 4K. Un rescate de película —literal— que le devuelve al filme su corazón temático.

JK
Julia KaplanCultura y espectáculos · · 5 min de lectura
Después de medio siglo de censura, «Los demonios» de Ken Russell vuelve a las salas en su versión completa

«Para mí, trataba sobre el lavado de cerebro, sobre la toma del poder por parte del Estado». Con esa sentencia, Ken Russell definió a la película que consideraba su única obra política y que, sin embargo, el público nunca había podido ver tal como él la concibió. Estoy hablando de Los demonios, ese film de 1971 que llega ahora a los cines españoles con sus 114 minutos intactos por primera vez en la historia, una restauración en 4K que devuelve al mundo lo que la censura británica y norteamericana le quitó durante más de medio siglo. La cita no es menor: si uno quiere entender la obsesión de Russell con este caso, conviene empezar por ahí, por esa idea de que el poder institucional se alimenta de la histeria colectiva.

De un convento francés al Fuego de la inquisición

Para contar la historia, Russell se remontó a un episodio real del siglo XVII,·Condenado por brujería, Grandier murió en la hoguera. Ese caso, que recorrió la Europa de la época, fue novelado nada menos que por Aldous Huxley —el autor de Un mundo feliz—, en su libro Los demonios de Loudun, publicado en 1952 y que sirvió de base al guion que Russell coescribió con Christopher Logue.

El punto de partida no era ingenuo: Russell, nacido en 1927 y formado como bailarín antes de volcarse al documental y al cine, llevaba años fascinado por las figuras de artistas y mártires que la sociedad aplasta. Hizo films sobre Elgar, Tchaikovsky, Liszt, sobre la sufragista Dora Carrington, y aquí iba a detenerse en un hombre culto, seductor y rebelde que termina devorado por la maquinaria institucional de su tiempo. La pantalla lo habitaron Vanessa Redgrave como la atormentada monja Jeanne des Anges y Oliver Reed como Grandier, en una de las interpretaciones más incendiarias de su carrera.

Como buen amante del género, Russell entendía que la historia de Loudun no era un caso cerrado del pasado sino una advertencia que se repetía cada vez que el Estado necesitaba un enemigo interno. Y justamente por eso la película le valió problemas que trascendieron la pantalla.

La larga sombra de la censura

El Vaticano no se quedó en declaraciones diplomáticas: condenó abiertamente el film y presionó para que sus proyecciones fueran retiradas del Festival de Cine de Venecia de 1971. En paralelo, la Agencia Británica de Clasificación de Películas recortó 89 segundos que consideró inaceptables, suficiente para que la copia británica quedara en 111 minutos y la estadounidense, aún más puritana, en 108. Algunos municipios ingleses directamente prohibieron el film, mientras en otros se exhibió con la infame calificación X, reservada al material no apto para menores de 18 años. Finlandia fue más lejos: la tuvo vedada hasta noviembre de 2001.

Lo que se perdió en esos cortes no eran escenas procaces para satisfacer la lascivia del espectador, sino momentos que Russell y su editor Michael Bradsell consideraban el nervio mismo de la película. El crítico británico Mark Kermode, que conoció personalmente al director y se convirtió en una suerte de custodio de su legado, lo resumió en una frase que vale la pena recordar: «Estas alteraciones le rompieron el corazón a Ken Russell porque el material eliminado no solo contenía parte de su mejor trabajo, sino que también encapsulaba el corazón temático de la película».

El rescate de los 89 segundos malditos

El hallazgo fue una pequeña epopeya de archivo. Kermode, con ayuda de la filial británica de Warner Bros. y de archivistas independientes, rastreó durante años el metraje faltante hasta dar con un rollo discretamente catalogado como «C Cut 89». Eran, ni más ni menos, los 89 segundos que la censura británica había retirado de manera oficial. Con ese material, Russell pudo por fin armar en 2004 su versión definitiva de 114 minutos, que se proyectó una única vez en el BFI Southbank de Londres. La copia actual que llega a España es heredera directa de esa reconstrucción, ahora con el lujo técnico del 4K.

Esas cinco décadas de mutilación explican por qué este estreno no es uno más en la cartelera: durante generaciones enteras, críticos, cinéfilos y estudiantes de cine discutieron sobre un film que en realidad nunca habían visto completo. Juzgamos a Russell por un cuerpo cercenado, le discutimos su crescendo final que en verdad no existía en las copias que circulaban. Recuperar la versión del director es, en cierto sentido, rehabilitar la memoria de toda una obra.

Una película política disfrazada de película de terror

A mí, que sigo el cine de Russell desde hace años, me sigue asombrando cuánto perdió la crítica al leer Los demonios como un simple ejercicio de provocación visual. Cierto es que la película tiene todo lo que el director inglés sabía ofrecer:

  • coreografías hipnóticas que mezclan lo sagrado y lo pagano sin pedir permiso;
  • una Vanessa Redgrave desatada, convertida en un cuerpo que sufre y desea en cámara lenta;
  • un Oliver Reed que atraviesa la pantalla con esa mezcla de magnetismo y autodestrucción que lo volvió inolvidable;
  • y un Russell-director que no tiene miedo a pasarse de rosca, porque sabe que pasarse de rosca también es una manera de decir la verdad.

Pero debajo de esas capas hay algo más turbio y más actual: la pregunta de cómo una comunidad, instigada por una autoridad, puede convertir a un individuo en chivo expiatorio. El film narra la quema de Grandier y, al mismo tiempo, la historia de cualquier época en la que el poder necesita un hereje. Esa es, en definitiva, la veta política que Russell quiso subrayar y que la censura, vaya paradoja, terminó subrayando por él.

Quien asista al cine estos días va a encontrar, por fin, la película que Ken Russell quiso hacer. No la que le dejaron hacer en 1971, ni la que los distribuidores ingleses y norteamericanos aprobaron por obligación, sino la que el director guardó consigo hasta que pudo rearmarla completa, casi como quien restaura un cuadro desfigurado por capas de pintura ajena. Si a usted le interesa el cine que incomoda a los poderosos, le recomiendo especialmente que no se pierda esta oportunidad: lleva desde 1971 esperando en la sala de montaje, y por fin está donde tiene que estar.

JK
Julia KaplanCultura y espectáculos

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