Dos preguntas incómodas para dejar de vivir la vida que te armaron en otro escritorio
El filósofo Ira Bedzow, de la Universidad Emory, propone un ejercicio simple pero perturbador: distinguir entre lo que uno quiere y lo que el entorno le sugirió querer. Un metaanálisis reciente le da respaldo: las metas propias se cumplen más que las heredadas.

Me tocó escucharlo en un bar de San Telmo, donde un amigo porteño de 47 años me dijo, mientras revolvía un cortado, que llevaba más de dos décadas trabajando en una empresa que detestaba porque su padre lo había empujado a esa carrera. Lo decía como quien confiesa un secreto menor, casi con vergüenza. Esa escena, que se repite en las mesas de los bares de cualquier provincia argentina, es la que me vino a la mente cuando leí el planteo de Ira Bedzow, doctor en Filosofía y director ejecutivo del Emory Purpose Project, en la Escuela de Medicina de la Universidad de Emory, en Atlanta.
Un ejercicio de dos preguntas para separar lo propio de lo ajeno
Bedzow sostiene que preguntarse de quién es la vida que se vive y quién debería determinar cómo se vive ayuda a separar los deseos genuinos de las presiones familiares, sociales y culturales. La primera pregunta, dice, suele recibir una respuesta rápida: es mi vida, claro. La segunda incomoda más, porque obliga a reconocer que el rumbo no está fijado de antemano por nadie más y que, sin embargo, uno viene caminando por un sendero heredado. En sus propias palabras, recogidas por el medio que difundió el planteo: Es más fácil conocer el camino correcto que se supone que debés tomar que pensar que debés inventar ese camino por vos mismo. Esa comodidad, sin embargo, puede llevar a vivir según un guion ajeno sin haberlo elegido de manera consciente.
El punto, aclara Bedzow, no es ignorar a los demás. La diferencia está en recibir perspectivas externas sin entregarles el control. Hablar con un colega sobre una oferta laboral, o escuchar a un amigo que cuestiona una suposición sobre una relación, puede revelar aspectos que uno no había considerado. Lo decisivo es quién toma la decisión final y desde qué criterios.
Lo que dice la evidencia
- Un metanálisis de Sezer y colaboradores encontró que las personas que persiguen metas alineadas con sus propios valores e intereses tienden a esforzarse más, a avanzar más y a registrar mayor bienestar.
- El contraste aparece con quienes orientan sus objetivos por expectativas parentales, presión de estatus o miedo a la culpa, que suelen estancarse o abandonar antes.
- La filósofa Susan Wolf aportó otro ángulo al debate: el sentido no surge solo del deseo individual, sino de comprometerse con aquello que es genuinamente valioso, una pregunta sobre si lo que se busca merece ser buscado.
- Bedzow resume el espíritu del método: No significa mirarse el ombligo, sino examinar las razones por las que elegimos lo que elegimos, considerar alternativas y aprender de los resultados.
Practicarlo en decisiones de bajo riesgo, recomienda el filósofo de Emory, fortalece el criterio para cuando las apuestas son mayores. Es la clase de entrenamiento silencioso que rara vez aparece en las notas de autoayuda, y que a mí, como periodista, me parece la más honesta de las recomendaciones: empezar por lo chico para no llegar desarmado a lo grande.
Volví a pensar en mi amigo del cortado. No sé si se animará a hacerse las dos preguntas de Bedzow esta noche, mientras vuelve en el colectivo a su casa en la provincia de Buenos Aires. Pero si lo hace, y si advierte que la carrera que ejerce desde los veintipocos no fue decisión suya sino herencia paterna, al menos habrá empezado a separar lo que siente de lo que le fue asignado. Y eso, según lo que acabo de leer, ya es un primer paso con evidencia a favor.
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