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Viernes, 16 de octubre de 2026
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El magnate, el sobrino y la obra que se vuelve mundo: adentro de Digger, la nueva apuesta de Iñárritu con Tom Cruise

La película que reúne a Tom Cruise, Jesse Plemons y Alejandro González Iñárritu cruza crisis climática, negocios y teatro en un mismo movimiento. Un repaso por la trama, sus dos planos narrativos y ese final que deja al público del teatro caminando con mascarillas hacia un afuera que también forma parte de la ficción.

JK
Julia KaplanCultura y espectáculos · · 6 min de lectura
El magnate, el sobrino y la obra que se vuelve mundo: adentro de Digger, la nueva apuesta de Iñárritu con Tom Cruise

"¿Y si la vida entera de un magnate pudiera subirse a un escenario?" La pregunta parece la primera línea de un ensayo sobre el capitalismo tardío y, sin embargo, es la puerta de entrada a Digger, la película que Alejandro González Iñárritu escribió y dirigió con Tom Cruise como protagonista y Jesse Plemons como pieza clave del rompecabezas familiar. La propuesta es de esas que conviene ver sin demasiadas certezas previas, porque la primera mitad juega a una cosa y la segunda, con un giro en el primer acto, empieza a jugar a otra: la de un mundo devastado donde la gente necesita mascarillas para salir a la calle, pero también la de un teatro donde esa historia se representa delante de un público que paga por verla.

Dos planos, una misma respiración

Lo que se ve al principio parece la biografía descomunal de un magnate al que todos llaman Digger: poder, dinero, influencia, y un imperio que sobrevive incluso después de la catástrofe climática. La cámara de Iñárritu se mueve como si estuviera filmando la épica de un rey moderno, con la paciencia y la densidad que el director mexicano ya había mostrado en filmes como Birdman o El renacido, pero acá con un tono más ácido, más cercano a la sátira que al panfleto. Lo que el espectador todavía no sabe es que esa biografía es, en realidad, el argumento de una obra de teatro que se está representando en algún lugar de ese mismo mundo arruinado, y que Tom Cruise no encarna al magnate, sino al actor que lo encarna.

El hallazgo, que se revela poco después del primer acto, modifica todo lo visto hasta entonces: cada decisión de Digger, cada exceso, cada traición, también puede leerse como la decisión de un intérprete que le da cuerpo a un personaje insoportable. Esa doble lectura es el verdadero motor de Digger, y el lugar donde la película se vuelve incómoda de verdad, porque obliga a preguntarse dónde termina la representación y empieza la complicidad con el poder que se está representando.

Jesse Plemons, el sobrino que sostiene el mundo

Si Cruise es el cuerpo que encarna al magnate en escena, Jesse Plemons es la razón por la que esa escena puede existir. Su personaje es el sobrino de Digger, el que heredó el control del imperio familiar y el que, en el mundo exterior de la película, se ocupa de fabricar y vender las mascarillas que la gente necesita para habitar una atmósfera que ya no se puede respirar a cielo abierto. Al mismo tiempo, es el financista de la obra de teatro que cuenta la historia de su tío. Esa superposición es la gran ironía de Digger: la fortuna que se hizo vendiendo lo que la gente necesita para vivir es la misma fortuna que paga la puesta en escena donde esa fortuna se cuenta como si fuera una tragedia clásica.

  • La vida de un magnate convertida en el argumento central de una obra de teatro.
  • Un mundo post-catástrofe donde respirar depende de las mascarillas que produce el imperio familiar.
  • Un actor (Tom Cruise) que encarna al magnate, mientras el público mira desde una sala que también es parte de la ficción.
  • Un sobrino (Jesse Plemons) que financia la representación y sostiene, a la vez, el negocio que la hizo posible.
  • Un final donde representación y realidad se confunden, y donde la música de los créditos se interrumpe para no dejar descansar al espectador.
“Sobre el escenario se representa la caída y la muerte de Digger, celebradas por los asistentes. Cuando termina la función, los espectadores abandonan el teatro con sus mascarillas y se desplazan procurando no interferir con el control policial.”Trama de Digger

El desenlace de Digger hace exactamente lo que la película vino prometiendo desde su primer giro: borrar la frontera entre la sala y la calle. La caída y la muerte del magnate se celebran con aplausos adentro del teatro, como si fuera el cierre perfecto de una tragedia bien contada, y cuando se apagan las luces y la gente sale a la calle, la película muestra que esos mismos espectadores se ponen las mascarillas, se mezclan con el aire gris del mundo exterior y caminan con cuidado de no cruzarse con el control policial que regula la vida cotidiana. Lo que en un primer vistazo podría leerse como un epílogo decorativo es, en realidad, la tesis de la película: el mismo público que aplaude la caída de un magnate es el que necesita las mascarillas que fabrica su familia, y el que acepta las reglas de un mundo donde el oxígeno y la libertad de movimiento ya no son derechos sino productos.

El sonido trabaja a la par de esa idea. Tanto en los últimos minutos de la proyección como durante los créditos, la música ofrece momentos de alivio, como si por un instante se pudiera respirar después de tanta tensión, y los interrumpe de manera abrupta, como si la propia banda sonora recordara que en Digger no hay zona segura, ni siquiera después de los aplausos. Es un recurso que estira la incomodidad más allá de la última escena y que deja al espectador con la sensación de que la obra, en realidad, no termina cuando se cierra la puerta del cine.

Digger no es una película fácil, ni pretende serlo. Es una sátira sobre la crisis climática y el capitalismo, pero también una reflexión sobre cómo las sociedades consumen las historias de los que las destruyeron, y sobre el papel del arte cuando es financiado por la misma mano que firma los negocios que condenan a un mundo a usar mascarillas para vivir. Iñárritu vuelve a hacer aquí lo que mejor sabe: tomar un género, deformarlo y devolverlo al espectador como un espejo incómodo, esta vez con la colaboración de un Tom Cruise que se presta al juego de manera inusual, y de un Jesse Plemons que sostiene el peso dramático con esa mezcla de calma y amenaza que ya mostró en El poder del perro o en la última entrega de El club de la pelea, donde interpretaba a un neonazi con una tranquilidad escalofriante. Mi recomendación, si la película llega a las salas argentinas, es ir a verla sin spoilers, dejarse llevar por el primer acto como si fuera una biografía convencional, y sentarse cómodo para el segundo, que es donde Digger empieza a hablarles de verdad. Saldrán del cine con la misma sensación que los espectadores de la obra: la de no estar del todo seguros de si aplaudieron una ficción o si, sin querer, acaban de celebrar algo que también los incluye a ustedes.

JK
Julia KaplanCultura y espectáculos

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