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El neurólogo que aprendió a mirar el cielo antes de subir al avión: cómo se desarma el miedo a volar

Conrado Estol repasó los mecanismos que alimentan la ansiedad antes y durante un vuelo, propuso mirar el movimiento aéreo en una aplicación y desaconsejó recurrir al alcohol para tolerar las turbulencias.

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Carla NazarSociedad · 23 DE SEPT DE 2026 · 4 min de lectura

Son las siete de la mañana en una ciudad cualquiera del interior y, mientras la mayoría todavía pelea con la alarma del despertador, Marcelo ya está sentado en la cocina con la valija abierta. Falta un mes para su vuelo a Barcelona y, sin embargo, el estómago se le cierra como si el embarque fuera mañana. Tiene cincuenta y dos años, viaja seguido por trabajo y, cada vez que confirma un pasaje, aparece la misma sensación de garganta apretada que lo acompaña hasta que las ruedas del avión tobitan la pista de destino. Marcelo no existe, pero podría ser cualquier lector de este portal: alguien a quien le cuesta separar la ansiedad previa de la ansiedad del vuelo mismo, y que por eso termina postergando reuniones, visitas a la familia o vacaciones durante años.

Sobre ese punto arrancó su explicación el neurólogo Conrado Estol, que en diálogo con este portal repasó los mecanismos que alimentan el miedo a volar y dejó varias recomendaciones concretas para ponerlo en perspectiva, empezando por una que parece menor y no lo es: entender que la ansiedad suele empezar mucho antes de subir al avión.

La anticipación y la sensación de encierro

Para Estol, la previa al embarque ya forma parte del cuadro. Los controles en el aeropuerto, los trámites migratorios y hasta el miedo a llegar tarde funcionan como disparadores que el cerebro empieza a asociar con volar, de modo que el malestar se dispara antes de que la persona ocupe su asiento. El neurólogo aclaró, de todos modos, que en esos casos también puede intervenir la claustrofobia, sobre todo en pasajeros que toleran mal los espacios reducidos o las filas extensas que se forman antes de subir.

Su planteo general fue que conocer las estadísticas de seguridad aérea no alcanza para desactivar una respuesta emocional que aparece frente a una experiencia muy distinta de la vida cotidiana en tierra. Por eso, en lugar de apelar a la frialdad de los números, propuso un ejercicio más visual y concreto.

Mirar el cielo desde la pantalla antes de mirar por la ventanilla

  • Abrir una aplicación de seguimiento de vuelos y observar la cantidad de aviones que están en el aire en ese momento.
  • Tomar conciencia de que ese movimiento aéreo se repite todos los días, en todo el mundo, con niveles de accidentología muy bajos.
  • Ubicar el vuelo propio dentro de ese flujo como una manera de darle contexto a la percepción del riesgo.
  • Prestar atención a las turbulencias que se toleran en un viaje en tren como referencia para dimensionar las sacudidas del avión.

La idea, según Estol, es que la persona pueda dimensionar de manera concreta cuántos vuelos están circulando al mismo tiempo, y deje de sentirse dentro de algo excepcional.

Turbulencias con cielo despejado y la trampa del tiempo

Una vez en el aire, las sacudidas concentran buena parte de la preocupación. El neurólogo distinguió dos tipos de turbulencias: las que están asociadas a tormentas y las que aparecen con cielo claro, que también pueden provocar movimientos bruscos aunque desde la ventanilla no se vean nubes ni mal tiempo. Esas variaciones se explican por corrientes de aire en altura y, según explicó, son más frecuentes de lo que muchos pasajeros creen.

“Los episodios fuertes de turbulencia generalmente se extienden durante segundos o unos pocos minutos, aunque quien los atraviesa puede imaginar que continuarán durante horas. Como comparación, vale la pena prestar atención a los movimientos que se toleran al viajar en tren.”Conrado Estol, neurólogo

En el caso de las tormentas, el especialista indicó que los pilotos cuentan con herramientas para identificar los fenómenos meteorológicos y modificar el recorrido, y destacó que los protocolos de cabina apuntan a reducir distracciones durante la operación.

Alcohol: la salida que Estol desaconsejó

El médico fue tajante respecto de un recurso habitual entre quienes buscan tolerar la ansiedad: el alcohol. Advirtió que, lejos de ayudar, puede provocar insomnio y deshidratación, dos factores que terminan empeorando la experiencia del vuelo y la llegada al destino. Para Estol, el peor escenario es que el miedo termine condicionando los viajes o las vacaciones, porque cada postergación refuerza la idea de que volar es algo a evitar.

Volvemos a Marcelo, la valija abierta en la cocina. Después de escuchar a Estol, decide probar algo simple antes del embarque: abrir una aplicación de seguimiento de vuelos la noche anterior y mirar, durante diez minutos, cuántos aviones están en el aire. No es una solución mágica, pero es un punto de partida para empezar a correr el miedo del centro de la escena, en lugar de dejarlo decidir por él.

CN
Carla NazarSociedad

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