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Viernes, 16 de octubre de 2026
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El perro como ancla cotidiana: lo que la ciencia dice sobre el bienestar emocional de convivir con ellos

Investigaciones de distintos países asocian la convivencia con perros a menos estrés, más movimiento y una rutina que ordena el día. La mirada de expertos y los mecanismos biológicos que se estudian, con una advertencia clave: ningún animal reemplaza la atención profesional.

CN
Carla NazarSociedad · · 3 min de lectura
El perro como ancla cotidiana: lo que la ciencia dice sobre el bienestar emocional de convivir con ellos

En Mar del Plata, una mañana de invierno que se hace corta con el termo de café todavía en la mano, Mabel, de 67 años, prepara la ración del mediodía para su perro mientras me cuenta, sin dramatismo, cómo cambió su reloj desde que él llegó a la casa: "Antes me dormía con el diario en la mesa y me levantaba igual; ahora sé que a las ocho de la mañana y a las seis de la tarde hay alguien que me espera en la puerta". Esa escena, multiplicada por miles de hogares argentinos, es la que distintas líneas de investigación vienen describiendo hace años: la convivencia con un perro no es solo compañía, también es una estructura que vuelve a ordenar la jornada de personas que, por distintas razones, habían perdido el ritmo cotidiano.

En términos estrictamente científicos, lo que se ha observado es que el vínculo con perros se asocia a niveles más bajos de cortisol, la hormona que se dispara con el estrés, y a incrementos en la oxitocina, la llamada hormona del apego, vinculada a la confianza y a los lazos sociales. Una revisión firmada por la investigadora Diane Dreher reunió estudios sobre los efectos físicos y emocionales de esa relación, abarcando desde ansiedad y depresión hasta desarrollo infantil, adultos mayores y programas de terapia asistida con animales. En paralelo, un trabajo de 2012 de Andrea Beetz, Kerstin Uvnäs-Moberg, Henri Julius y Kurt Kotrschal repasó los mecanismos fisiológicos detrás de esa calma que muchas personas describen al cruzar una mirada o apoyar la mano sobre el lomo de su perro.

Qué dice la evidencia y qué no

La literatura coincide en un punto: se trata de asociaciones estadísticas, no de causalidades demostradas. Que la convivencia con perros se vincule a menos estrés o a más actividad física no significa que el animal sea el responsable directo de esos cambios; el bienestar mental depende también del entorno, de los ingresos, de la salud física, de los vínculos familiares y, sobre todo, del acceso a atención profesional cuando hace falta. Los propios investigadores que revisaron esos estudios subrayan que un perro puede integrarse a una red de bienestar, pero nunca sustituirla.

  • Menos estrés percibido y variaciones a la baja en el cortisol, hormona asociada a la respuesta de tensión.
  • Aumento de oxitocina, la hormona vinculada a los lazos sociales y a la confianza, tras el contacto visual o físico con el perro.
  • Más movimiento diario: los paseos empujan a salir de casa, incluso cuando el ánimo no acompaña.
  • Estructura de rutina para adultos mayores, niños y personas que atraviesan períodos de soledad o aislamiento.
  • Un espacio de interacción previsible y afectiva, siempre dentro de una red que incluya acompañamiento adulto y, si hace falta, atención profesional.

En los adultos mayores, donde las oportunidades de interacción social suelen reducirse, el vínculo con un perro cobra un peso particular: la presencia del animal no elimina las causas de la soledad, pero modifica la experiencia diaria de quien la atraviesa, aporta compañía, propósito y, como en el caso de Mabel, una excusa concreta para salir a la calle incluso cuando el frío desalienta. En la infancia y la adolescencia, los perros pueden ocupar un lugar como fuente de cercanía y consuelo; cuidarlos, jugar o simplemente estar junto a ellos ayuda a regular emociones después de situaciones estresantes, siempre dentro de una red con acompañamiento adulto.

Antes de cerrar la libreta y volver a la redacción, le pregunto a Mabel si recomendaría la experiencia, y la respuesta llega con la simpleza de alguien que ya pasó esa etapa: "No es un remedio, es un compromiso. Pero a mí me devolvió los horarios y, con los horarios, las ganas". Esa es, en el fondo, la síntesis que repiten los estudios que consulté: el perro no cura ni reemplaza nada, pero puede ser el ancla cotidiana que sostiene a una persona mientras el resto de la red de cuidados hace su parte.

CN
Carla NazarSociedad

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