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El polvo que entra con el calzado y la costumbre porteña de dejarlo en la puerta

Una investigación internacional y recomendaciones de la Cleveland Clinic ponen el foco en las suelas como vehículo de metales pesados, polen y restos químicos al interior de los hogares, donde los más chicos son los más expuestos

CN
Carla NazarSociedad · 28 DE SEPT DE 2026 · 4 min de lectura

En una casa cualquiera de Lanús, cerca de la entrada, hay un mueble bajo con dos pares de zapatillas de correr, unas sandalias de verano y unas botas de lluvia embarradas del último temporal. La escena, que se repite en miles de hogares del conurbano bonaerense, puede parecer un detalle menor de la vida cotidiana, pero detrás de ese gesto tan argentino de descalzarse al cruzar la puerta hay algo más que una costumbre heredada de los abuelos: es una barrera silenciosa contra un enemigo invisible que viaja pegado a las suelas y termina depositado sobre la alfombra del living, en el piso de la cocina donde el nene de cuatro años se sienta a jugar con los autitos y, en última instancia, en el aire que respiramos adentro.

Qué traen realmente las suelas cuando vuelven de la calle

La pregunta parece simple, pero la respuesta abruma. Después de pasar por veredas, baños públicos, colectivos o el patio de la casa de la suegra, las suelas pueden cargarse tierra, restos orgánicos y un cóctel de sustancias químicas que incluye desde polvo con plomo hasta compuestos conocidos como PFAS, famosos por su persistencia en el ambiente y en el cuerpo humano. Así lo explica el médico internista Daniel Sullivan, de la Cleveland Clinic, una de las instituciones médicas más reconocidas de Estados Unidos, en una guía de recomendaciones difundida en las últimas semanas.

“El plomo puede dañar el cerebro, el sistema nervioso y otros órganos, y el polvo que sale de las pinturas antiguas deterioradas puede viajar adherido al calzado. Por eso la medida cobra especial relevancia donde hay bebés y chicos que juegan sobre el suelo y suelen llevarse las manos a la boca”Daniel Sullivan, médico internista de la Cleveland Clinic
  • Disponer un sector fijo para dejar el calzado junto a la entrada de la casa, preferentemente un mueble bajo o una bandeja.
  • Colocar una alfombra de entrada que funcione como primer filtro de la suciedad que viene de la calle.
  • Limpiar los pisos con métodos húmedos, como trapos húmedos o mopas, en lugar de barrer en seco, para evitar que el polvo vuelva a quedar en suspensión.
  • Contar con un par de zapatos reservado para usar dentro de la casa, especialmente útil cuando alguien necesita apoyo, soporte o tracción al caminar por motivos de salud.
  • Prestar especial atención a la limpieza en hogares donde viven bebés, niños pequeños o personas que pasan mucho tiempo en el suelo.

Qué dice la ciencia sobre el polvo de los hogares

Un estudio internacional que analizó datos del programa DustSafe, con muestras recogidas en 35 países, encontró arsénico, cromo y níquel en el polvo doméstico y observó una asociación entre las viviendas más antiguas y las concentraciones más altas de plomo y arsénico. El trabajo también detectó que tener acceso a jardines o espacios verdes se relaciona con niveles mayores de esos dos elementos, un dato que golpea de lleno en la vida cotidiana de los barrios del AMBA, donde la casa con patio sigue siendo la unidad básica de la familia tipo.

El contacto con esos espacios verdes, además, puede sumar polen y restos de productos utilizados en su mantenimiento. Sullivan advierte que las suelas pueden recoger fertilizantes, insecticidas y pesticidas aunque no se apliquen en el jardín propio, ya que basta con pisar el césped de una plaza, la vereda recién fumigada por el municipio o el patio del vecino para arrastrar partículas que después quedan flotando en el living. Para quienes sufren alergias estacionales, ese polen trasladado al interior puede transformar un domingo de películas en una jornada de estornudos y lagrimeo.

Bacterias sí, infección: el matiz que muchos olvidan

Las bacterias son otro componente habitual de esa carga que viaja bajo los pies, pero encontrar microorganismos en los zapatos no significa que automáticamente vayan a provocar una infección. La presencia de gérmenes es esperable en cualquier superficie que esté en contacto con el exterior; el punto, según los especialistas, es reducir las vías de ingreso al hogar, no eliminarlas por completo, algo que resulta imposible. Por eso la recomendación nunca es dejar la casa como un quirófano, sino sumar pequeños hábitos que, sumados, marcan una diferencia real.

Volviendo a aquella casa de Lanús donde empezó esta nota, después de la cena la familia hizo el repaso de siempre: cada uno dejó su calzado en el mueble de la entrada, pasó el trapo húmedo por el piso de la cocina y se sentó en el sillón con la tranquilidad de saber que, al menos por esa noche, el polvo de la calle se quedó afuera. No es una solución mágica contra la contaminación, pero en la vida cotidiana de miles de hogares argentinos, ese simple gesto de sacarse los zapatos en la puerta sigue siendo una de las barreras más efectivas, más baratas y más al alcance de la mano para cuidar la salud de los que más queremos.

CN
Carla NazarSociedad

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