El susurro que quebró a Drew Barrymore: cómo Wes Craven convirtió una noticia real en el llanto más genuino del cine de terror
La escena inicial de Scream (1996) está considerada como uno de los grandes golpes de efecto del género. Lo que casi nadie sabe es que la diseñó un director que sabía exactamente dónde apretar para que una actriz llorara de verdad, y que la jugada respondía a una estrategia de marketing que cambió para siempre las reglas del slasher.

Estoy encendiendo el mechero. Esa fue la frase que Wes Craven repetía, casi como un rezo, al oído de Drew Barrymore durante el rodaje de la escena más importante de Scream. Y la frase funcionó, porque la actriz, a quien horas antes habían bastardeado los nervios por una noticia que había leído sobre un cachorro quemado vivo, no necesitó actuar nada: lloró con un dolor que ni ella sabía que tenía adentro, y esa imagen terminó convertida en una de las aperturas más comentadas de la historia del cine de terror.
Una noche en vela, un director atento
Scream se estrenó en 1996 y, sin embargo, la seguimos mirando con fascinación después. La escena inicial, en la que Casey Becker recibe la llamada que la llevará a la muerte antes de cumplirse los doce minutos de metraje, es un manualito ambulante de cómo armar tensión en poco tiempo, pero también es, ahora lo sabemos, el resultado de una operación tan precisa como emotiva. Barrymore llegó al set devastada por una historia que había leído la noche previa: un dueño había prendido fuego a su perro. La imagen se le había quedado pegada en el cuerpo.
Cuando Craven se enteró, no le dio un consejo ni le ofreció un consuelo. Hizo algo mejor para su película: convirtió ese disgusto en una herramienta. Durante la filmación, según reconstruyó años después Julie Plec, la asistente de dirección del rodaje, el director se acercaba a la actriz y le murmuraba, una y otra vez, estoy encendiendo el mechero. La intención era obligarla a volver a la imagen que la noche anterior le había revuelto el estómago, y obligarla, también, a reaccionar como reaccionamos cuando algo nos duele de verdad.
“Se oía a Drew gritar y aullar, y yo pensaba: ¿Pero qué coño está pasa passing on ahí dentro? Y era Wes, que la estaba animando.”Julie Plec, asistente de dirección en el rodaje de Scream
Marketing, sorpresa y una deuda con Hitchcock
Pero el truco emocional, por poderoso que fuera, no explica del todo por qué Scream funciona como funciona. La escena cierra con la protagonista muerta y al espectador, según cuentan los que estaban dentro, con la boca abierta. Para que ese impacto sucediera, Craven y la producción hicieron algo que hoy suena obvio y entonces fue una apuesta: pusieron a Drew Barrymore en absolutamente todo el material promocional de la película. En los afiches, en los avances, en la conversación de la prensa. Barrymore era la cara de Scream, y el público daba por hecho que la vería durante toda la función.
La lógica detrás de esa decisión la explica Richard Potter, por entonces director de desarrollo de Dimension Films, con una frase que sigue sonando a regla de manual: Vas a ver el tráiler y los anuncios, y vas a estar seguro de que ella es la protagonista. Es imposible que muera. Cuando muera al final de esa secuencia, vas a pensar: cualquiera podría morir. Y es imposible no escuchar el eco de lo que Alfred Hitchcock hizo cuarenta años antes en Psicosis, cuando decidió liquidar a Janet Leigh en el primer acto para que el espectador entendiera que, en su película, nadie estaba a salvo.
A mí, cada vez que alguien me pregunta por qué sigo volviendo a esta película, me sale la misma respuesta, y es una respuesta que tiene más que ver con una actriz llorando en un set que con cualquier asesino enmascarado: Scream es la prueba de que el terror más inteligente es el que se hace carne en alguien de verdad. Si no la viste desde esa óptica, te recomiendo que esta noche, o esta semana, le des play a la apertura otra vez. Ahora que sabés lo que pasó del otro lado de cámara, la escena cambia.
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