Empresarios argentinos se plantan: mitad sin cambios de precios, mitad sin cambios de plantilla y expectativas de dólar planchado hasta diciembre
Una encuesta a 355 CEOs y dueños de compañías muestra que la mayor preocupación ya no es la incertidumbre macro sino el flujo de caja, y que pese a la mejora de la confianza el grueso de las firmas apuesta por pisar precios, mantener personal y ver cómo llega a fin de año con un tipo de cambio casi congelado frente a la inflación que ellos mismos proyectan.

La fotografía que dejó el último relevamiento entre 355 directivos de empresas argentinas, entre CEOs, gerentes generales y dueños de compañías, es la de un sector productivo que se para sobre la línea y decide no moverse: el 49% confirmó que no modificará sus listas de precios en los próximos meses, el 34% proyecta aumentos y apenas el 17% restante anticipa bajas, en un contexto donde la inflación interanual que mide el INDEC cerró agosto en 33,5% y viene desacelerándose mes a mes. La decisión de no tocar los precios, en un país donde remarcar es casi una tradición empresaria, aparece como el dato más de la encuesta y el que mejor resume el ánimo de un entramado productivo que prefiere resignar margen antes que arriesgarse a perder volumen en una demanda todavía frágil.
El comportamiento en materia de empleo replica esa lógica de inmovilidad: el 51% de los encuestados mantendrá la dotación actual, el 26% planea incorporar personal y el 23% prevé recortes. En inversión, los números son parecidos: el 49% sostiene el stock de activos fijos, el 31% piensa aumentarlo y el 20% reducirlo. Es decir, casi la mitad de las empresas está en modo espera, y la otra mitad se reparte, también de forma pareja, entre los que se expanden y los que se achican, sin que ninguno de los dos bloques muestre una ventaja decisiva como para hablar de un cambio de ciclo.
¿Qué esperan los empresarios para fin de año?
Para el cierre de 2026, los directivos proyectan una inflación anual promedio del 31%, tres puntos por debajo de lo que estimaban en la medición anterior, y un tipo de cambio oficial de 1.665 pesos para el 31 de diciembre, unos 130 pesos por encima de la cotización minorista que hoy exhibe el Banco Nación en torno a los 1.535 pesos. La cuenta es directa: esa proyección implica una suba del orden del 8% en lo que resta del año, muy por debajo de la inflación que ellos mismos esperan, lo que en los hechos configura una apuesta a que el dólar seguirá perdiendo terreno frente a los precios y a que la política cambiaria mantendrá la actual dinámica de crawling peg casi sin sobresaltos hasta diciembre.
El contraste entre lo que declaran las empresas y lo que surge del estudio es nítido cuando se miran los temas que más les preocupan. Frente a un escenario donde la incertidumbre económica suele encabezar cualquier ranking empresario, acá aparece desplazada: el 28% de los directivos señaló a los temas financieros, rentabilidad y financiación, como su principal dolor de cabeza; el 22% mencionó la incertidumbre económica y el 20% apuntó a los costos de energía, salarios e insumos. La fotografia cambia de eje, porque la queja ya no pasa tanto por no saber qué puede pasar con el tipo de cambio o con la política, sino por no llegar a fin de mes con la caja ordenada, en un país donde el crédito productivo sigue siendo caro, escaso y de corto plazo.
¿Por qué venden más pero ganan menos?
La paradoja del momento es que esa estabilidad no se traduce en buenas noticias para la rentabilidad: el 53% de los encuestados espera vender más unidades y el 52% proyecta mayor facturación, pero solo el 20% cree que su rentabilidad aumentará el próximo año, mientras que el 44% la ve estancada y el 36% anticipa una caída. La traducción es incómoda y técnicamente clara: más volumen con menos margen es, en la práctica, una transferencia de ingresos desde las empresas hacia los precios pisados, es decir, hacia el resto de la cadena y, en última instancia, hacia el consumidor, que termina subsidiando con esfuerzo de compra cotidiano la decisión empresaria de no remarcar.
El índice de confianza que reúne todas estas respuestas subió cinco puntos entre enero y junio de 2026, de 89 a 94 unidades, pero aun así se mantiene lejos de los 124 puntos que había tocado a fines de 2024, en uno de los peores momentos de la economía reciente. La mejora existe, es medible y muestra una recomposición gradual del ánimo empresario, pero está lejos de habilitar cualquier lectura triunfalista: el grueso de las decisiones de precio, empleo e inversión sigue marcado por la cautela, y la mayor preocupación dejó de ser el ruido macroeconómico para pasar a ser un problema de caja cotidiana que ningún crawling peg ni ninguna desaceleración inflacionaria resuelven por sí solos.
¿Qué falta hacer para que la estabilidad se note en el bolsillo?
- Abrir líneas de crédito productivo en pesos a tasas reales razonables, para que las empresas dejen de financiar su capital de trabajo con plazo fijo o con deuda de corto plazo en dólares, y así puedan sostener la decisión de no remarcar sin estrangular su flujo de caja.
- Avanzar en una política energética que baje el costo industrial del gas y la electricidad, hoy tercer dolor de los directivos, y que permita que la decisión de mantener precios no se financie achicando mantenimiento, turnos o calidad de insumos.
- Publicar un sendero cambiario y fiscal explícito hasta diciembre de 2027, para que los 130 pesos de devaluación implícita en las respuestas no queden atados a la voluntad política del momento sino a un cronograma observable por las propias empresas.
- Establecer reglas de juego estables para la relación salarial por productividad, de modo que el 23% que piensa recortar personal no termine amplificándose si la presión tributaria y los costos formales siguen empujando en la dirección contraria.
Comentarios
0Todavía no hay comentarios. Sé el primero.
Seguí leyendo

El bimonetarismo avanza lento: por qué pocos comercios aceptan dólares con débito

Reportan consumos duplicados en tarjetas de crédito: qué hacer y cuándo reclamar

Un metro cuadrado de obra cuesta en la Argentina 1,41 sueldos netos y marca el piso de los últimos cinco años
