Esa palabra que se escapa: por qué a veces no aparece justo cuando la necesitamos
La neuropsicóloga Camila Sánchez Salinas explica qué hacer cuando el término justo no llega, cómo distinguir una distracción pasajera de una dificultad que pide atención profesional y por qué el fenómeno de la punta de la lengua puede ocurrir a cualquier edad, aunque se vuelve más habitual con el correr de los años.

A veces uno está en la mesa familiar, en la oficina o en la cola del banco y de pronto aparece la imagen perfecta de eso que se quiere nombrar, pero el nombre justo se queda dando vueltas, escondiéndose. Es una sensación que atraviesa generaciones y que, en general, responde más a distracciones y cansancio que a una pérdida real. La pregunta que queda flotando, como me dijo una amiga de Rosario después de un almuerzo de domingo, es si eso es normal o si ya merece una consulta: «Porque cada vez me pasa más y mi marido se burla de mí, yo quiero saber si me estoy volviendo olvidadiza o qué».
En diálogo con este portal, la licenciada en Psicología y especialista en Neuropsicología Clínica Camila Sánchez Salinas, que trabaja en Buenos Aires, se ocupa justamente de desmenuzar esa experiencia tan cotidiana como desconcertante. Para la profesional, lo primero que hay que entender es que tener una palabra «en la punta de la lengua» no significa que se haya perdido del vocabulario: muchas veces aparece minutos después, cuando uno deja de buscarla con tanta insistencia.
Estrategias caseras para destrabar la búsqueda
Antes de inquietarse, Sánchez Salinas propone probar algunos recursos simples que ayudan a rodear la palabra hasta que aparezca. La especialista reconoce que son accesibles para cualquiera y que funcionan como pequeños puentes: buscar un sinónimo, describir aquello que se quiere nombrar con otras palabras, pensar en la letra con la que empieza, evocar para qué sirve o qué características tiene. Cada una de esas pistas, dice, acerca al término por una vía distinta hasta dar con el sonido exacto.
Para mantener el idioma activo y entrenado, la neuropsicóloga recomienda dos hábitos con buena relación costo-beneficio: conversar sobre asuntos que interesen y contar información con palabras propias, es decir, en lugar de recitar de memoria, poner la idea en producción. «Son actividades que requieren recuperar conocimientos, ordenar ideas y prestar atención al intercambio. Disminuir las distracciones ayuda a concentrarse y sostener el hilo», sostuvo Sánchez Salinas desde su consultorio porteño.
Cuándo conviene consultar
- Cuando la dificultad para encontrar palabras aparece con frecuencia y no se trata de un episodio aislado.
- Si se producen confusiones reiteradas al nombrar objetos o personas del entorno cotidiano.
- Cuando cuesta seguir una conversación o participar en un intercambio que antes se sostenía sin esfuerzo.
- Si la propia persona o sus allegados notan un cambio notorio en la forma de hablar que antes no existía.
- Siempre que el síntoma represente una alteración respecto de cómo se comunicaba uno antes y altere la vida diaria.
Frente a esos indicios, la recomendación es clara: una evaluación clínica y neuropsicológica puede aportar claridad sobre lo que está ocurriendo y orientar, si hace falta, un tratamiento. Lo que se observa en consulta, precisa la especialista, es si las dificultades representan un cambio respecto de cómo se comunicaba la persona y si interfieren en su vida cotidiana, dos criterios que ayudan a distinguir una molestia menor de algo que necesita acompañamiento.
Por qué el cerebro se queda a mitad de camino
La explicación que ofrece Sánchez Salinas es bien concreta y ayuda a entender por qué ese trance no es señal de alarma en sí mismo. Acceder a una palabra, dice, requiere un proceso de dos pasos: primero se activa el significado, la idea de lo que se quiere decir, y después se recuperan los sonidos que permiten pronunciarla. En el fenómeno conocido como punta de la lengua, ese segundo paso puede demorarse o interrumpirse un instante, lo que produce la sensación tan familiar de tener todo menos el nombre.
Aunque puede ocurrir a cualquier edad —sobre todo cuando hay cansancio, distracción o presión—, con los años suele hacerse más frecuente. La especialista aclara, en línea con lo que se vio al inicio de la nota, que eso no implica haber perdido vocabulario: a veces la palabra aparece minutos después, cuando por fin uno deja de buscarla con desesperación. El envejecimiento, además, no modifica todas las capacidades del lenguaje por igual: puede llevar más tiempo recuperar ciertos términos, mientras que la comprensión cotidiana suele conservarse sin grandes sobresaltos.
“Lo que se observa en consulta es si las dificultades representan un cambio respecto de cómo se comunicaba la persona y si interfieren en su vida cotidiana.”Camila Sánchez Salinas, neuropsicóloga clínica (Buenos Aires)
Volví a llamar a mi amiga de Rosario y le pasé palabra por palabra lo que dijo la especialista. Se rio, medio incrédula, y me confesó que mientras hablaba se acordó del nombre que se le había escapado el domingo. Lo dijo casi en voz baja, como si la palabra, ahora sí, se hubiera animado a aparecer al escuchar que el problema no era ella, sino el cansancio, los años y la mala pasada de un cerebro que va y vuelve a su ritmo. Me agradeció con un «gracias, Carlita, me dejaste tranquila», y yo le respondí que de nada sirve saber todo esto si después no se comparte.
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