Fito Páez cruzó a la seguridad en Mar del Plata y abrió un debate sobre cómo ordenar a un público que quiere bailar de pie
El cantante interrumpió su show en el Polideportivo Islas Malvinas al ver que obligaban a los asistentes a permanecer sentados. La producción reconoció errores en el operativo y el músico sostuvo sus palabras en redes sociales. La pregunta que quedó flotando: cómo organizar un recital con localidades numeradas sin convertirlo en una pulseada entre el público y el personal de control.

Yo estaba ahí, o por lo menos me lo imagino como si hubiera estado: miles de personas en el Polideportivo Islas Malvinas de Mar del Plata, las luces bajas, las primeras notas de Fito Páez sonando, y de pronto el cantante para todo, se acerca al micrófono y apunta directo contra el personal de seguridad. No es un capricho de rockero caprichoso. Es un músico que siempre se dio cuenta de lo que pasa en la sala, que conoce cada ritual del público al que le habla, y que esta vez decidió frenar la música para defender algo muy concreto: que nadie toque a su gente.
Una escena que remite a viejas batallas entre escenario y tribuna
Los recitales en estadios con localidades numeradas arrastran una tensión histórica. Desde los tiempos en que las grandes orquestas tocaban en teatros con plateas divididas, pasando por el furor de los recitales de rock de los ochenta y noventa, cuando las gradas se transformaban en una marea de brazos levantados, hasta los megaplanteros de hoy, la pulseada entre el que pagó por un lugar y el que quiere moverse es parte de la conversación cultural. En Argentina esa discusión tiene nombre propio: multitudes que cantan, saltan y lloran las letras como si la canción fuera una confesión compartida. Pedirles que se queden sentados es pedirles que renuncien, por un rato, a lo que fueron a buscar.
Lo que pasó en Mar del Plata el otro día fue exactamente eso. La producción había diagramado el operativo con un objetivo razonable: que nadie de las filas del fondo avanzara hacia las primeras líneas o se colara en sectores más caros. La intención era lógica, sobre todo en un mapa de precios con diferencias grandes entre una localidad y otra. El problema apareció en la ejecución. Algunos efectivos, según reconocieron los productores, interpretaron que la orden era impedir que el público se levantara de su butaca. Es decir, confundieron controlar la ubicación de cada uno con impedir que la gente se ponga de pie, baile o aplauda como le sale. Y ahí Fito, que es rosarino de cepa y tiene el oído afinado para estas cosas, explotó.
“No son policía, loco, son seguridad. No pueden tocar a la gente.”Fito Páez, durante el recital en el Polideportivo Islas Malvinas
La frase cayó como un ladrillo en medio de una balada. El cantante además les pidió a los espectadores que no se dejaran avasallar, una palabra que en boca de Páez suena casi a arenga de barrio, a charla de amigos después de un partido. No fue un show de enojo gratuito: fue una intervención medida en su tono, precisa en su momento. Interrumpió, dijo lo que tenía que decir y dejó que la música siguiera. Después, ya con el show terminado y la adrenalina todavía haciendo ruido en las venas, escribió en sus redes que no se arrepentía de una sola palabra. Y agregó un dato que no es menor: el personal de seguridad cuestionado no había sido contratado por su equipo de producción. Es decir, había una mano intermediaria, un operativo tercerizado, y eso siempre complica las cosas.
Los dos lados del reclamo
Porque esta historia tiene, como casi todas, dos veredas. Por un lado está la del público que pagó por una ubicación más cercana al escenario y vio cómo, concierto tras concierto, la fila de adelante se va vaciando porque la gente se va corriendo hacia el frente. Esa pelea es vieja y muchas veces termina con butacas vacías en las localidades caras y un aluvión en las generales. Es la queja que también llegó a la producción después del show: la de quienes compraron sus entradas temprano, eligieron dónde querían estar y se toparon con un show paralelo de gente que avanzaba sin pedir permiso.
- Respetar la butaca pagada es la base de cualquier sistema de localidades numeradas.
- El público tiene derecho a bailar, aplaudir y ponerse de pie en el lugar que le corresponde.
- El personal de seguridad debe limitarse a controlar ubicaciones, nunca a manosear a los asistentes.
- Las productoras tercerizadas suelen ser el eslabón más débil de la cadena de cuidado al espectador.
Del otro lado está la mirada de Fito, que es también la mirada histórica del rock argentino. Desde los recitales en La Falda y los festivales de Arica, pasando por Obras, por el Chateau Carreras, por River y por cada escenario grande del país, la regla no escrita fue siempre la misma: si la gente quiere bailar, se baila. Los que van a una butaca a mirar el show como si fuera una función de cámara lo van a pasar mal en un recital de rock, y los que van a un recital a quedarse sentados en silencio como si fuera una sinfónica, también. El rock es otra liturgia, con sus propios mandamientos, y uno de ellos dice que la emoción se comparte parado, cantando, llorando si hace falta.
La pregunta que sobrevuela la polémica
Yo creo que la discusión de fondo es bastante más sencilla de lo que parece y bastante más difícil de resolver. Cómo se hace, concretamente, para organizar a un público que quiere bailar de pie en un estadio donde hay butacas numeradas, sectores diferenciados y una lógica de mercado que establece quién puede sentarse más cerca y quién debe alejarse unos cuantos metros del escenario. La respuesta, sospecho, no pasa por contratar más gente que empuje al público a sentarse. Pasa por educar al espectador, por señalizar mejor, por explicar antes de que empiecen las luces que cada localidad es un espacio de disfrute con sus propias reglas. Y, sobre todo, por entender que un recital es un pacto entre el artista, la gente y la música. Si alguno de los tres traiciona el pacto, la noche se arruina para todos.
Recomiendo, si andan por Mar del Plata o por cualquier ciudad con recitales de artistas así, que se queden hasta el final del show y que lean los comunicados de la producción cuando salgan. Y si alguna vez el personal de seguridad los toca mal, que lo digan en el momento, como lo dijo Fito, con la música de fondo y el micrófono abierto. Porque a veces la única manera de cuidar un ritual es romperlo unos segundos para recordar por qué existe.
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