La mesa familiar como escuela: por qué compartir las comidas cambia lo que comen los chicos
Un consenso de especialistas en nutrición pediátrica presentado en el Congreso Argentino de Pediatría repara en algo que suele quedar afuera de las recomendaciones: la comensalidad. Comer con otros, en un entorno tranquilo y con tiempo, enseña tanto como el menú.

Son las siete de la tarde en un comedor de Haedo y Mariana, que prefiere no dar su apellido, termina de servir unos fideos con manteca mientras su hija de siete años le cuenta que en el colegio una compañera llevó una ensalada de lentejas que jamás había probado. Lejos de ser un dato menor, esa pequeña escena resume lo que un grupo de profesionales argentinos puso sobre la mesa en el último Congreso Argentino de Nutrición Pediátrica: que la alimentación de los chicos se aprende, en buena medida, viéndolos a los demás. Yo, que vengo siguiendo estos temas hace años, no puedo menos que celebrar que por fin se hable de lo que rodea al plato con la misma seriedad con la que se habla de lo que va adentro del plato.
La iniciativa lleva el nombre de NutreAR y fue desarrollada por PROFENI, un equipo de Profesionales Expertos en Nutrición Infantil que trabaja junto con la Sociedad Argentina de Pediatría. La idea central es lo que los especialistas llaman comensalidad: todo lo que rodea al momento de comer, desde quién se sienta a la mesa hasta si hay ruido, pantallas o apuro, pesa tanto como los nutrientes del plato. El consenso, pensado para chicos de dos a diecisiete años, advierte que la franja etaria obliga a ajustar la mirada: no come igual un nene de dos, un chico en plena primaria que un adolescente que empieza a armar su propio repertorio fuera de la casa.
Aprender copiando lo que hacen los grandes
El mecanismo más fuerte, según coinciden los autores, es la imitación. Cuando un chico ve que su padre come ensalada, que la abuela prueba un queso nuevo o que un hermano mayor se sirve fruta de poste, el repertorio propio se va ampliando sin que nadie le dé un sermón. A la inversa, cuando en la mesa familiar el menú se repite y se restringe, los chicos tienden a quedarse con lo conocido y cuesta mucho más sumar alimentos nuevos. Los especialistas insisten en una regla práctica: por más que un chico diga que no, siempre hay que ofrecerle algo distinto, sin convertir la comida en una batalla.
A partir de los catorce o quince años, los especialistas marcan un punto de inflexión claro: la pantalla empieza a ganar la pelea contra la mesa. Cenar solos en la pieza, picar algo mientras miran el celular o estudiar con la mochila abierta al lado del plato reduce las oportunidades de construir ese pequeño ritual que, insisto, no es solo una cuestión de modales: es un entrenamiento cotidiano de hábitos que después cuesta mucho modificar. La sugerencia concreta es mantener al menos una comida compartida por jornada, y aclaran que la mesa no tiene por qué ser estrictamente familiar; una cena con amigos, según remarcan, cumple el mismo efecto.
La comensalidad tampoco se agota en el hogar. En la escuela, los comedores con menús planificados con criterio nutricional y las viandas preparadas en casa con la misma lógica de variedad amplían el repertorio de los chicos y abren conversaciones que después se trasladan a la mesa grande. Volviendo a Mariana y a su hija en Haedo, la escena termina con la nena pidiéndole que la semana que viene le preparen lentejas. No ganó la publicidad, ganó la mesa, que es exactamente lo que el consenso NutreAR quiere poner en el centro de la escena.
Comentarios
0Todavía no hay comentarios. Sé el primero.
Seguí leyendo



