Saltar al contenido
Viernes, 16 de octubre de 2026
Actualidad y noticias, al instanteBuscar ⌕
Era Hora Noticias

Era Hora Noticias

Portada — Vida —

La música como aliada del aula: qué halló un estudio con 76 chicos que tocan un instrumento

Una investigación de la Universidad Northeastern comparó a niños de 7 a 9 años con y sin formación musical y registró mejores resultados cognitivos y escolares entre quienes practicaban. El trabajo no prueba causalidad y sus propios autores advierten sobre el costo de acceder a las clases.

CN
Carla NazarSociedad · · 4 min de lectura
La música como aliada del aula: qué halló un estudio con 76 chicos que tocan un instrumento

En una escuela de música de Boston, un grupo de chicos de entre 7 y 9 años repasa una pieza al piano mientras la cuenta atrás del metrónomo marca el pulso. Algunos todavía tropiezan con la misma escala, otros ya pasan página y abordan un ejercicio nuevo. Del otro lado de la ciudad, en aulas donde la música no forma parte de la rutina, otros tantos compañeros de la misma edad resuelven fichas de ortografía ycuentan divisiones de dos cifras. La escena, repetida en distintos puntos del mundo, fue el punto de partida para que un equipo de la Universidad Northeastern se propusiera medir, por primera vez con ese grado de detalle, qué pasaba en el rendimiento de chicos que tocan un instrumento y de chicos que no lo hacen.

El trabajo reunió a 76 chicos de entre 7 y 9 años, divididos en dos grupos comparables por edad, sexo y nivel socioeconómico. La mitad practicaba un instrumento —en especial piano y cuerdas— con un mínimo de 30 minutos semanales; la otra mitad no tenía formación musical. A todos les hicieron pruebas de memoria de trabajo, razonamiento, vocabulario, aprendizaje visual y auditivo, y también evaluaciones escolares de lectura, escritura y matemáticas. En casi todos los frentes, los chicos que tocaban un instrumento obtuvieron mejores puntajes.

Qué habilidades se ponen en juego cuando un chico toca

La investigadora Psyche Loui, profesora de música en Northeastern, explicó a este medio que tocar exige atender varias cosas a la vez: leer la partitura, sostener el ritmo, coordinar manos y escuchar el propio sonido dentro del conjunto. Esa demanda simultánea, dijo Loui desde Boston, se parece a la que prueban las llamadas funciones ejecutivas, el conjunto de procesos que permiten planificar, sostener la atención, controlar impulsos y adaptarse a lo inesperado.

Dentro de esas funciones, la memoria de trabajo aparece como una de las más exigidas. Se trata de la capacidad de retener información breve mientras se la utiliza: por ejemplo, recordar una consigna mientras se resuelve un ejercicio, o sostener una melodía mientras se cambia de acorde. La investigadora y educadora musical Anita Collins, autora de libros sobre el tema, suele señalar que aprender un instrumento ejercita además la escucha, la planificación y la autorregulación, tres habilidades que después reaparecen en el aula.

Qué midió el estudio y qué diferencias aparecieron

  • Memoria de trabajo: los chicos con formación musical obtuvieron puntajes más altos.
  • Razonamiento y vocabulario: también superaron al grupo sin formación musical.
  • Aprendizaje visual y auditivo: ventaja para quienes tocaban un instrumento.
  • Lectura y escritura: mejores resultados en comprensión lectora, ortografía y reconocimiento de palabras.
  • Matemáticas: diferencias favorables para los músicos en distintas pruebas escolares.

En una segunda etapa, los investigadores hicieron estudios de resonancia magnética a 50 de los participantes y observaron una diferencia en una vía cerebral que conecta regiones asociadas a la audición, el lenguaje y el movimiento. Para Loui, ese tipo de conexión es coherente con la experiencia de tocar: mientras los dedos se mueven, el oído y el lenguaje interno están permanentemente activos, y eso podría dejar huella en el cableado cerebral.

Qué dice y qué no dice el trabajo

Los propios autores aclaran que el hallazgo no permite afirmar que las clases de música hayan causado las diferencias. Los chicos no fueron distribuidos al azar: las familias que acercan a sus hijos a un instrumento suelen ofrecer, además, otras experiencias educativas, libros, tiempo de práctica y estímulo verbal. Aunque el estudio comparó grupos de condiciones socioeconómicas similares, ese cuidado no descarta del todo otras explicaciones.

La advertencia se vuelve relevante a la hora de pensar políticas públicas y decisiones familiares. Aprender un instrumento implica, en la Argentina, pagar cuotas, comprar o alquilar el equipo, sostener traslados y, sobre todo, garantizar tiempo semanal de ensayo. Para muchas familias, sobre todo en el interior del país, ese costo es una barrera concreta que el trabajo no pretende ocultar.

“La música puede ser una puerta de entrada al aprendizaje, pero no reemplaza otras condiciones que un chico necesita para aprender.”Psyche Loui, profesora de Northeastern

Volvemos al aula de Boston, donde los mismos chicos que ayer peleaban con la escala siguen peleando con la escala, ahora con un poco más de paciencia. Lo que muestra este estudio es que esa práctica cotidiana, repetida semana tras semana, aparece asociada a un mejor rendimiento en pruebas que importan mucho más allá del escenario: la memoria, la lectura, la escritura, el cálculo. Lo que no muestra —y sus autores se ocupan de remarcarlo— es que la música sea una fórmula mágica ni un atajo. Es, en todo caso, una herramienta más, exigente y hermosa, que cuando se puede sostener en el tiempo deja huellas que se miden en el aula.

CN
Carla NazarSociedad

Comentarios

0

Todavía no hay comentarios. Sé el primero.

Seguí leyendo