Lactosa: cuando el vaso de leche deja de ser el de todos los días
La enzima que digiere el azúcar de la leche se va apagando con los años y, sin aviso, el cuerpo empieza a pasarla mal. Una médica clínica de La Plata explica cómo identificar el problema, qué se puede comer y por qué no alcanza con sacar los lácteos de golpe.

Estoy en un consultorio del centro de La Plata, donde Marta tiene turno con la médica clínica Laura Andrade. Tiene cincuenta y dos años, viene derivado por el gastroenterólogo y cuenta que hace por lo menos un año la panza se le hincha después del desayuno. Tomaba toda la vida un café con leche, dos o tres veces por día, y nunca le había pasado nada. Algo cambió. Esa es, justamente, la puerta de entrada a un cuadro que se volvió de los más comunes en los consultorios de clínica y nutrición: la intolerancia a la lactosa en adultos.
El intestino delgado fabrica lactasa, una enzima que se encarga de desarmar la lactosa, el azúcar natural de la leche, para que el cuerpo la pueda absorber. En la infancia esa producción suele ser alta, pero con el paso de los años puede ir bajando y, cuando baja demasiado, parte de la lactosa sigue su camino sin digerir hasta el intestino grueso. Ahí las bacterias la fermentan, producen gases, generan hinchazón y cólicos, y además arrastran agua, lo que muchas veces termina en diarrea.
Por qué aparece después de los veinte
Laura Andrade, que hace más de quince años atiende pacientes con problemas digestivos en La Plata, me dice que la edad de aparición es uno de los datos que más llaman la atención a quienes llegan al consultorio. Las molestias suelen empezar entre los veinte y los treinta años, aunque también aparecen más tarde, como le pasó a Marta. La médica lo atribuye a la pérdida progresiva de lactasa que ocurre con el tiempo y, además, a un componente genético que pesa fuerte: la condición es mucho más frecuente en personas de ascendencia asiática oriental, nativa americana y africana occidental, y menos común en poblaciones del norte de Europa, donde la historia de la cría de animales lecheros es mucho más larga.
Los síntomas más comunes son hinchazón, dolor abdominal, gases, heces blandas y diarrea, y aparecen horas después de tomar leche o comer helado, aunque cada cuerpo tiene su propio reloj y su propio umbral. Hay gente que se hincha con un vaso entero; otros toleran una porción chica y se descomponen con un plato grande de ñoquis. También pesan qué otros alimentos se comieron en la misma comida y si hay un cuadro previo, como el síndrome de intestino irritable, que puede sumar molestias.
Intolerancia no es lo mismo que alergia
- La alergia a la leche es una respuesta del sistema inmunitario frente a las proteínas de la leche y puede causar urticaria, vómitos, eccema o dificultad para respirar; suele aparecer en la infancia.
- La intolerancia a la lactosa es una digestión incompleta del azúcar de la leche y no involucra al sistema inmunitario.
- Confundir una con otra puede llevar a restringir alimentos sin necesidad o, al revés, a no cuidarse de algo que sí requiere atención médica.
Para confirmarlo, los equipos de salud suelen usar una prueba de hidrógeno espirado: la persona toma una dosis de lactosa y exhala en un aparato durante unas cuatro horas. Si el hidrógeno sube en el aire que sale de los pulmones, quiere decir que las bacterias del intestino grueso fermentaron la lactosa que no se llegó a absorber. Pero la médica platense aclara que muchas veces no hace falta llegar a ese estudio: alcanza con sacar los lácteos por un par de semanas y ver si las molestias se van. Si se van, el cuerpo ya está dando la respuesta.
Lo que sigue, en la mayoría de los casos, es ajustar la alimentación sin desatender los nutrientes. Andrade insiste en que la clave es aprender qué cantidad de lácteos tolera cada uno, repartir las porciones a lo largo del día, probar leches deslactosadas y yogur, que suelen caer mejor, y conversar con un profesional para asegurarse de cubrir el calcio, que es el gran punto a vigilar cuando se baja el consumo de leche y derivados. Antes de sacar todo de golpe, conviene consultar.
“Me cambió la vida entender que podía tomar un poquito de queso y no pasar mal. La panza dejaba de ser un tema y yo dejaba de tener miedo a comer.”Marta, paciente en La Plata
Salgo del consultorio y la veo a Marta en la sala de espera, con la orden de un análisis de sangre en la mano y una lista de alimentos que va a empezar a probar esta semana. Tiene cincuenta y dos años, dos hijos que la esperan con la mesa servida, y la decisión de dejar de pelearse con su propio intestino. La intolerancia a la lactosa en adultos no es una sentencia, me dijo Laura Andrade antes de despedirse, sino una señal del cuerpo que se puede escuchar a tiempo. Con información, paciencia y un buen acompañamiento profesional, los lácteos pueden dejar de ser un problema y volver a ser, en la medida justa, parte de la mesa de todos los días.
Comentarios
0Todavía no hay comentarios. Sé el primero.
Seguí leyendo

La enfermedad cardiovascular sigue siendo un reto para la salud pública en Argentina


