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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Lo que aprendimos de chicos vuelve cuando criamos: una conversación con un especialista en trauma

Maxi McCoubrey, psicólogo especializado en trauma, recorre qué huellas de la infancia reaparecen en la crianza, por qué no alcanza con hacer lo opuesto a lo que nos hicieron y qué pequeñas reacciones de los padres suelen ser la señal de que la historia propia se metió en la pelea con los hijos.

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Carla NazarSociedad · · 4 min de lectura
Lo que aprendimos de chicos vuelve cuando criamos: una conversación con un especialista en trauma

En una calurosa tarde en la provincia de Buenos Aires, mientras un nene de cinco años le discute a su madre el horario de dormir, la escena parece una más de las miles que se repiten en los hogares argentinos. Sin embargo, detrás de ese cruce cotidiano hay algo que la mayoría de los padres intuye pero pocos se animan a nombrar: la infancia que ellos mismos vivieron reaparece, a veces como eco y a veces como fantasma, cada vez que tienen que poner un límite, abrazar, enojarse o soltar. Sobre eso, precisamente, gira el libro Por qué repetimos con nuestros hijos lo que vivimos de chicos, del psicólogo especialista en trauma Maxi McCoubrey, que en diálogo con este portal repasa qué marcas son las más difíciles de dejar atrás y cómo detectarlas antes de que se conviertan en herencia.

Antes de hablar de porcentajes y de cifras, McCoubrey prefiere empezar por una idea que atraviesa toda su obra: nadie arranca la crianza desde cero. "Somos hijos de nuestra historia, de nuestro linaje, de nuestro lenguaje, de la época y del contexto cultural en el que nacimos", le dijo a este medio, desde su consultorio en la ciudad de Buenos Aires. Esa mochila, explica, se nota en la forma de hablar, en cómo se ponen los límites, en la reacción ante un conflicto y hasta en las ideas que circulan en la mesa familiar sobre el éxito, el dinero y el cariño.

No todo lo que repetimos es un problema

El especialista aclara que la cuestión no es repetir en sí, sino repetir lo que hizo sufrir sin poder reconocerlo. "Lo que hace falta interrumpir es aquello que maltrata, humilla, abusa, niega la individualidad o hace sufrir de manera sostenida", precisa. Esa diferencia es clave, porque muchos padres se castigan por transmitir gestos de su propia crianza que, en realidad, no son tóxicos: un modo de pedir perdón, una canción de cuna, la costumbre de desayunar juntos.

Las marcas más difíciles de cambiar, según McCoubrey, no siempre son las más visibles. Muchas están tan incorporadas que no se cuestionan durante años. Entre las más recurrentes, menciona pérdidas silenciadas, violencias naturalizadas, vergüenzas heredadas y mandatos que pasan de generación en generación. El hilo conductor, dice, suele ser la rigidez: la dificultad para tolerar que un hijo sienta, piense o necesite algo distinto de lo que uno esperaba.

Hacer lo opuesto tampoco alcanza

Una de las advertencias más fuertes del libro apunta a un movimiento que muchos padres bienintencionados hacen: criar exactamente al revés de lo que los criaron a ellos. Para McCoubrey, esa búsqueda tampoco garantiza nada. "Criar solo en oposición a la propia infancia puede volver la crianza reactiva: en vez de responder a las necesidades reales del hijo, se responde a una pelea pendiente con los propios padres", explica. Y agrega que alguien que creció en un hogar rígido puede terminar creyendo que cualquier frustración del chico es traumática, y así quedar atrapado en el otro extremo.

La salida, dice, no pasa por un punto medio calculado sino por mirar al hijo concreto que se tiene enfrente. "Un límite puede ser profundamente amoroso si protege, ordena y no humilla. Y una libertad puede ser abandonante si deja al niño solo frente a algo que todavía no puede resolver", resume.

  • Una reacción desmedida ante una situación cotidiana, como una bronca que desborda, una preocupación extrema o la necesidad de tener todo bajo control, suele ser la señal más clara de que la historia propia se está metiendo en la crianza.
  • No siempre se trata de hechos graves: muchas veces la herencia es silenciosa, un tono de voz, una frase que se repite sin pensar, un mandato familiar que nadie cuestiona.
  • Cambiar el patrón no implica no volver a equivocarse: "A veces el primer cambio no es no gritar nunca; es poder detenerse antes, pedir una pausa, volver y decir: lo que hice no estuvo bien, voy a tratar de hacerlo distinto", propone McCoubrey.
  • Reconocer la propia huella requiere mirar hacia la propia infancia con curiosidad y sin culpa, entendiendo que los padres de antes también criaron con la historia que les tocó.

Volvamos a la escena del comienzo, la del nene de cinco años que discute la hora de dormir en algún barrio de la provincia de Buenos Aires. Para McCoubrey, lo que pase en ese instante importa menos que lo que la madre haga con lo que siente mientras discute. Si se reconoce enojada, si pide una pausa, si vuelve y dice lo que le pasa sin descargar todo en el chico, está empezando a cortar la cadena. Si, en cambio, repite lo que le hicieron a ella sin preguntarse por qué, la historia sigue su curso. Y como dice el especialista en trauma, la crianza es, en gran parte, la oportunidad de revisar esa historia mientras se la reescribe con los propios hijos.

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Carla NazarSociedad

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