Roblox tiene veinte años y los padres argentinos todavía no saben qué hacer con esa pantalla abierta en la pieza del medio
Una investigación reciente de la periodista y divulgadora Julieta Schulkin recorre el funcionamiento de la plataforma, su economía interna y los riesgos que las familias suelen pasar por alto. Prohibir sin entender, advierte, solo empuja a los chicos hacia otros lugares parecidos.

Me cuenta Julieta, desde su casa en Buenos Aires, que la primera vez que se animó a entrar de lleno al mundo de Roblox fue para entender por qué su sobrino de ocho años se pasaba las tardes encerrado en la pieza con la Tablet en la mano y la puerta cerrada. Lo que encontró adentro no fue un juego, sino una plaza digital con más de seis millones de experiencias creadas por otros usuarios y por empresas, donde los chicos no van solamente a jugar sino, sobre todo, a encontrarse con otros y a pasar el rato. Esa distinción, me dice, es la que cambia todo cuando uno se sienta a pensar cómo acompañarlos.
Una plataforma que se parece más a un barrio que a un videojuego
Roblox cumplió dos décadas y, sin embargo, mucha gente grande lo sigue confundiendo con un título de la consola. La periodista y divulgadora Julieta Schulkin le dedicó una investigación entera a tratar de entender qué pasa adentro, y lo primero que me aclara es que allí no se llega solamente a jugar: se llega a encontrarse, a armar grupos de amigos, a seguir a otros usuarios y a ser seguido, y en muchos casos a reemplazar ese espacio físico del barrio o de la plaza que los chicos de hoy, me dice ella con una sonrisa triste, cada vez tienen menos. La plataforma recomienda experiencias según lo que juegan los contactos de cada chico, y eso la convierte en un ecosistema con lógicas parecidas a las de las redes sociales, aunque sus responsables insistan en diferenciarla.
Hubo, recuerda Julieta, una ola de familias que empezaron a prohibir Roblox de un día para el otro, y la sensación que le quedó es que estábamos prohibiendo algo que no terminábamos de entender bien. Su advertencia es bien concreta y la repite cada vez que puede: si un chico no puede usar Roblox, lo más probable es que migre a otra plataforma de diseño muy parecido, con los mismos riesgos y con menos chance de que un adulto de referencia lo esté mirando.
Los Robux: la economía interna que reproduce las clases sociales
Uno de los aspectos menos visibles para los adultos es la economía interna de la plataforma. Roblox tiene su propia moneda, los Robux, que se compran con dinero real, y con ellos se accede a elementos visuales para el avatar, a mascotas virtuales y a servidores privados donde se juega con reglas distintas. Se puede jugar sin gastar un peso, aclara Julieta, pero quienes tienen Robux o pasan muchas horas acumulando recompensas acceden a cosas que los demás no tienen, y eso, me dice, funciona adentro de la plataforma igual que en la vida física: igual que en cualquier escuela o cualquier club, adentro del juego se nota quién invirtió dinero y quién no. La propia Schulkin lo describe, casi sin querer, como una reproducción de la estructura de clases sociales que conocemos desde siempre.
Qué pueden hacer las familias antes de decidir si se prohíbe o se acompaña
- Ajustar los controles de privacidad desde la cuenta del menor y revisar periódicamente qué cambió la plataforma en sus actualizaciones.
- Revisar quién puede chatear con el chico dentro de cada experiencia y dejar activa la restricción de contacto con personas que no están en la lista de amigos.
- Hablar con los hijos sobre la diferencia entre conocidos digitales y amigos de la vida, tal como se habla en la mesa sobre desconocidos en la calle.
- Acompañar las primeras sesiones sin sentarse encima, pero sí cerca, para entender qué hacen, con quién hablan y qué tipo de experiencias eligen.
- No tomar la decisión de prohibir sin haber probado antes la plataforma: si igualmente se decide, asumir que el chico probablemente buscará otro rincón parecido.
Entre los riesgos más serios, me dice Julieta, está el grooming, que es la posibilidad real y documentada de que adultos contacten a menores adentro de la plataforma. Ella no propone el rechazo automático ni la prohibición impulsiva, sino la configuración activa como una forma de cuidado cotidiano, casi como cerrar con llave la puerta de la pieza antes de dormir. Antes de cortar la conversación, vuelvo a preguntarle por aquel nene de ocho años que la llevó a meterse en este mundo, y Julieta me cuenta que hoy sigue jugando, pero que ahora juega con la Tablet en el comedor, con la puerta abierta, y que de tanto en tanto se asoma un adulto y le pregunta con quién está y qué está armando. No es una solución perfecta, me dice, pero es una manera de empezar a mirar.
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