Sergio se queda: la crónica íntima de un intelectual frente a la Revolución Cubana
La película de Tomás Gutiérrez Alea cruza la vida de un escritor que permanece en La Habana cuando su familia parte a Miami con imágenes documentales de la Crisis de los Misiles y los cambios sociales que sacudieron a la isla, en una pieza clave del llamado Tercer Cine latinoamericano.

Hay una escena que condensa, mejor que ninguna otra, el espíritu entero de esta película que sigo revisitando cada vez que puedo, y que quiero compartir con ustedes porque me parece una de las piezas más lúcidas que dio el cine latinoamericano de los años sesenta: un hombre solo, de espaldas a una ventana, escucha los comentarios de sus vecinos sobre la marcha de su propia familia mientras la ciudad se vacía. Esa imagen, que abre buena parte de lo que vamos a recorrer juntos, me parece la síntesis perfecta de lo que Tomás Gutiérrez Alea se propuso contar cuando escribió y dirigió, hace ya varias décadas, esta obra que sigue interpelando a quien se anime a sentarse frente a ella con paciencia y con tiempo.
El punto de partida es tan sencillo como demoledor: Sergio, un escritor habituado a una vida cómoda, ve cómo su familia decide emigrar a Miami mientras la Revolución Cubana avanza, y él opta por quedarse. Pero no lo mueve una convicción política profunda ni un compromiso militante con el nuevo orden de cosas; lo que lo retiene es algo más íntimo y, si se quiere, más incómodo de confesar: un hartazgo personal, una pereba vital, una sensación de que cualquier lugar será igual de tedioso que este. Esa decisión, aparentemente pequeña, es la que organiza todo el relato y la que le da su perfil tan reconocible, tan humano, tan discutible, tan querible a la vez.
Porque Sergio no es un héroe ni un villano; es, mejor todavía, un antihéroe contradictorio, alguien que observa las transformaciones del país con una mezcla de distancia irónica y de curiosidad que nunca termina de resolverse en un compromiso verdadero. Mientras la sociedad cambia a su alrededor, él intenta adaptar a sus parejas sentimentales a sus propios gustos, y en esos intentos aparece un costado más turbio del personaje: sus intervenciones sobre la formación intelectual y hasta sobre la apariencia de esas mujeres son parte del retrato, y Alea no las disimula, las expone para que cada uno saque sus propias conclusiones, como hacemos siempre los buenos narradores cuando confiamos en la inteligencia de quien nos lee.
Un relato que no avanza en línea recta
La película se permite algo que muchas ficciones convencionales evitan: no avanza de manera lineal. Alea recurre a saltos al pasado que regresan una y otra vez, como recuerdos que se entrometen en el presente del protagonista, y a esos saltos les suma imágenes de noticiarios que registran hechos reales, entre ellos la Crisis de los Misiles, ese momento en que el mundo estuvo a un paso de arder y que aquí aparece no como contexto decorativo sino como parte activa de la respiración del relato. Esa experiencia tan íntima del escritor se cruza, se mezcla, se alterna con acontecimientos que exceden por completo su vida privada, y el resultado es una película que piensa la historia grande desde la historia chica, algo que como espectadora me sigue pareciendo un hallazgo.
El Tercer Cine como horizonte
Esa combinación, que a primera vista puede resultar ecléctica, es la que permite inscribir al film dentro del Tercer Cine, esa corriente con presencia en América Latina que buscó, justamente, otras formas de producción y de narración frente al modelo comercial de Hollywood y también frente al cine de autor europeo, que muchas veces se refugiaba en una intimidad sin consecuencias políticas. Sus propuestas reunían búsquedas estéticas muy cuidadosas con un interés genuino por los conflictos sociales y por los debates políticos del continente, y el acceso a cámaras y a celuloide más baratos fue lo que les dio, a esos realizadores, una libertad económica y creativa que antes parecía imposible.
Dentro de ese movimiento, el cine cubano tuvo una participación destacada, y la película de Alea es una de sus piezas más emblemáticas. Las diferencias de clase aparecen en el film tanto en la relación de Sergio con los cambios del país como en sus vínculos íntimos, y esa doble lectura, la personal y la colectiva, es la que vuelve a la obra tan rica para revisitar hoy, en un momento en que tantas discusiones parecidas vuelven a estar sobre la mesa.
- Ficción y documental se cruzan para mostrar cómo la historia grande atraviesa la vida íntima de un personaje.
- El Tercer Cine propuso una vía propia frente a Hollywood y al cine de autor europeo.
- La cámara y el celuloide más baratos fueron claves para la libertad creativa de los realizadores latinoamericanos.
- El cine cubano tuvo un papel protagónico dentro de ese movimiento.
- La película piensa las diferencias de clase tanto en lo político como en lo sentimental.
“La pregunta que me dejó la película, y que les dejo a ustedes, es la que cierra la ficha que motivó esta nota: ¿qué les aporta a las películas de ficción la incorporación de imágenes de hechos reales? Porque después de ver este film uno entiende que no se trata apenas de un recurso estilístico sino de una manera de pensar el cine como memoria y como compromiso con el tiempo que nos toca vivir.”Julia Martin
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