Un joven de 19 años se convierte en el primer británico en recibir un autotrasplante de tejido testicular para volver a ser padre tras la quimioterapia
El procedimiento, experimental y único en el Reino Unido, se realizó en Edimburgo y busca reactivar células madre preservadas en 2023, antes de un trasplante de médula ósea. Los resultados se evaluarán en ocho meses.

En un quirófano de Edimburgo, en agosto pasado, un joven de 19 años se sometió a un procedimiento que ningún otro paciente británico había enfrentado antes: el autotrasplante de una pequeña porción de tejido testicular que él mismo había guardado congelado tres años atrás, antes de lanzarse a una quimioterapia durísima que le prometió salvarle la vida pero que, a cambio, le arrebató la posibilidad de ser padre. Yo me quedé pensando en ese contraste, en lo que significa para un pibe de esa edad saber que el reloj biológico se detuvo una mañana de 2023 y que ahora, lentamente, quizá vuelva a ponerse en marcha.
Una historia personal antes del dato
El paciente, cuya identidad se mantiene en reserva, padecía un trastorno sanguíneo grave y en 2023 recibió un trasplante de médula ósea. Antes de ese paso, el equipo médico del NHS Lothian, en Escocia, le ofreció preservar una muestra de tejido testicular, una propuesta que por entonces sonaba lejana y abstracta pero que terminó siendo decisiva. La quimioterapia de altas dosis necesaria para preparar el cuerpo y evitar el rechazo podía dañar de forma irreversible su fertilidad, así que los especialistas actuaron por las dudas, sin saber si algún día harían falta esas células. Tres años después, los análisis confirmaron que el joven no producía espermatozoides y que la infertilidad era una realidad clínica. Ahí entró en escena la decisión de reimplantar parte del material conservado, un procedimiento coordinado entre el sistema público de salud escocés y científicos de la Universidad de Edimburgo, con Rod Mitchell, profesor de endocrinología del desarrollo, al frente del equipo.
“Siempre quise tener hijos propios, pero empecé a aceptar que quizá no sería posible. Este procedimiento me dio una esperanza real para el futuro.”El paciente, en diálogo con el equipo médico
Lo que se reimplantó fue tejido testicular donde anidan las células madre espermatogoniales, unas precursoras que a partir de la pubertad dan origen a los espermatozoides. La hipótesis del ensayo es que esas células, preservadas por congelación y vueltas a introducir en el mismo organismo, puedan reactivarse y retomar su tarea dentro del testículo. Mitchell fue claro al advertir que todavía falta mucho para cantar victoria: la técnica debe demostrar que permite obtener espermatozoides y, eventualmente, lograr nacimientos de manera segura y repetible. No es magia ni ciencia hecha, es una prueba piloto donde cada paso se chequea con bisturí y microscopio.
Qué se viene en los próximos meses
- A los ocho meses del trasplante, el equipo retirará y analizará una porción del tejido implantado para verificar si hubo espermatogénesis, es decir, producción de espermatozoides.
- Si aparecen espermatozoides, los especialistas deberán confirmar que son morfológica y funcionalmente aptos para técnicas de reproducción asistida.
- En pacientes con antecedentes oncológicos, el protocolo exige descartar que el tejido reimplantado contenga células malignas, mediante histología, inmunohistoquímica y marcadores moleculares.
La experiencia británica se apoya en un antecedente belga que dio la primera señal en humanos: un hombre de 27 años, cuyo tejido había sido congelado cuando tenía apenas 10, produjo espermatozoides maduros después de que le reimplantaran fragmentos 16 años más tarde. Hasta ahora no se comunicó una fecundación ni un nacimiento a partir de ese material, lo que muestra que el camino es auspicioso pero todavía incierto. En la Argentina, la Ley 26.862 incorpora al Programa Médico Obligatorio los procedimientos de reproducción asistida y la preservación de gametos o tejidos reproductivos, un marco que pone sobre la mesa la discusión sobre quién financia estas técnicas experimentales en el sistema de salud.
Vuelvo al joven de los 19 años, al que nunca vamos a ver la cara pero cuya historia camina conmigo desde que la leí. Le ofrecieron congelar un pedacito de su futuro cuando tenía 16, en un momento en lo que menos pensaba era en ser padre, y hoy ese gesto médico se transformó en la llave de una posibilidad concreta. Ocho meses parecen un suspiro cuando uno mide el tiempo en proyectos de vida, y también una eternidad cuando lo que está en juego es algo tan íntimo. Por eso, más allá de los tubos de ensayo y los papers, lo que queda flotando es esa frase que él dijo en Edimburgo y que a mí me dejó pensando: querer ser padre nunca se programa, y cuando la biología te saca la oportunidad, la medicina todavía puede devolverte la esperanza, aunque sea con un asterisco experimental que el tiempo se encargará de borrar o confirmar.
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