El dólar se planta en $1.535 y deja al desnudo una pérdida real de casi 30 puntos contra los precios
La cotización cerró sin cambios por cuarta rueda consecutiva en el Banco Nación, mientras la inflación interanual supera el 33% y pulveriza cualquier rendimiento en pesos.

El tipo de cambio volvió a mostrar una jornada de calma absoluta en las principales plazas del país: la cotización para la venta al público en el Banco Nación se sostuvo en $1.535, completando así cuatro sesiones consecutivas sin movimiento, en una fotografía que contrasta de manera elocuente con el ritmo al que siguen trepando los precios en góndolas, servicios y alquileres de la economía real, donde la inflación interanual ya perforó el umbral del 33% y borró de un plumazo cualquier ilusión de ganancia para quienes optaron por resguardarse en pesos a lo largo del último año.
En el segmento paralelo, la divisa cedió apenas cinco pesos y se ubicó en $1.545, con lo cual la brecha respecto del oficial minorista se reduce a apenas diez pesos, una diferencia que en los estándares históricos del mercado argentino resulta francamente acotada y que muestra, una vez más, cómo las distintas cotizaciones suelen moverse en tándem cuando el Banco Central convalida un ritmo de devaluación que, en la práctica, funciona como ancla nominal pero no como ancla real frente a un proceso inflacionario que sigue mostrando una inercia considerablemente mayor.
¿Cuánto perdió realmente quien eligió ahorrar en pesos frente a la suba del dólar mayorista?
La respuesta aparece en los números gruesos del último año: el dólar mayorista pasó de los $1.380 de mediados de octubre de 2025 a los $1.513 actuales, lo que representa un avance de $133, equivalente a un 9,6% en doce meses, una cifra que al ser contrastada con una inflación interanual superior al 33% arroja una pérdida real de aproximadamente 23,4 puntos porcentuales para quienes decidieron mantener sus ahorros en moneda doméstica sin buscar cobertura, una distancia que ningún plazo fijo ni rendimiento en pesos logró empatar en el período considerado, ni siquiera los que ajustan por inflación o los que ofrecen tasas reales positivas en el corto plazo, lo que ratifica el diagnóstico de que la estabilidad cambiaria nominal opera como un espejismo estadístico mientras el poder adquisitivo sigue deteriorándose a una velocidad muy superior.
En lo que va de 2026, la moneda estadounidense acumula una suba de apenas $58, equivalente a un 4%, mientras que el Índice de Precios al Consumidor habría avanzado, según las proyecciones privadas más consultadas y los registros oficiales parciales del año, a un ritmo que multiplica varias veces ese porcentaje, configurando un escenario en el que la tenencia de pesos se depreció de forma acelerada y en el que la decisión de dolarizarse, aunque sea parcialmente, se transformó en la única estrategia capaz de preservar el valor real del patrimonio frente a un esquema que mantiene el tipo de cambio administradamente contenido pero no logra, ni remotamente, alinearlo con la dinámica genuina de los precios internos de la economía.
¿Qué dice el mercado y qué dice la calle sobre esta calma cambiaria?
El economista Gustavo Ber sostuvo, al cierre de la jornada, que el dólar mayorista mantiene su estabilidad y continúa por debajo de los $1.515, y calificó a esa calma como bienvenida por los operadores que suelen moverse en el segmento de contado, donde este jueves se negociaron USD 510,7 millones, un volumen que refleja cierta actividad pero que no alcanza para disipar las dudas de fondo que pesan sobre la sostenibilidad de este ancla cambiaria en un contexto donde las expectativas de inflación permanecen ancladas en niveles que tornan muy costoso, en términos de pérdida de competitividad y de reservas, sostener un ritmo de devaluación tan por debajo del avance de los costos internos, sobre todo cuando el Tesoro enfrenta compromisos de deuda en moneda extranjera y el Banco Central debe decidir, en las próximas semanas, si convalida esta quietud o si habilita un reacomodamiento que, aunque sea mínimo, empiece a devolverle algo de sincronía al tipo de cambio con la realidad de los precios.
Mientras tanto, en los barrios y en los comercios de cercanía, la pregunta de rigor sigue siendo si esa estabilidad de pizarra se está trasladando efectivamente a los precios que paga la gente todos los días, porque hasta ahora lo único que se observa con nitidez es una brecha cada vez más ancha entre el dato cambiario que difunden las pantallas y el ticket que llega a manos del consumidor, una desconexión que nadie en el sector oficial ni en el equipo económico se anima a cuantificar con precisión pero que constituye, en los hechos, el verdadero termómetro de una política cambiaria que privilegia la calma financiera por sobre el poder adquisitivo de los asalariados, de los jubilados y de las pequeñas empresas que no tienen acceso a coberturas cambiarias ni a contratos atados a la evolución del dólar.
¿Qué falta hacer para que la estabilidad cambiaria deje de ser una ficción estadística?
Falta, como mínimo, un plan explícito que sincronice el ritmo de la devaluación con el de la inflación, que transparente el verdadero costo fiscal de mantener esta calma de pizarra, que brinde instrumentos de cobertura accesibles para los ahorristas minoristas y no solamente para los grandes operadores, y que encare, de una vez por todas, la discusión estructural sobre un régimen cambiario que lleva demasiado tiempo dependiendo de la voluntad política del equipo económico y no de las fuerzas reales del mercado, porque mientras la brecha entre el 4% de suba anual del dólar y el 33% de inflación interanual siga creciendo, cualquier diagnóstico que presente a la presente como una etapa de estabilidad será, en el mejor de los casos, una verdad a medias y, en el peor, un maquillaje estadístico que profundiza la pérdida silenciosa de millones de argentinos que, sin saberlo, están financiando con sus ingresos una política cambiaria que no los protege.
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