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Viernes, 16 de octubre de 2026
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El humor que heredó los gestos: «El otro Chiquito» y la disputa que sacudió a la comedia española

Un documental de Diego San José recorre la carrera de Chiquito de la Calzada y el juicio por Lucas Grijander, el personaje que Florentino Fernández construyó a partir de su repertorio. Una historia sobre imitación, identidad artística y los límites del humor en la pantalla.

JK
Julia KaplanCultura y espectáculos · · 4 min de lectura
El humor que heredó los gestos: «El otro Chiquito» y la disputa que sacudió a la comedia española

Hay una frase que se repite entre quienes compartieron escenario, camarines y sobremesas con Gregorio Esteban Sánchez Fernández, conocido para todos como Chiquito de la Calzada, y que el documental «El otro Chiquito» rescata desde el primer minuto: «¡Pecadorrr!», esa exclamación que parecía un suspiro y sonaba como una sentencia, y que terminó convertida en una de las señas de identidad más reconocibles del humor español de las últimas décadas. A partir de esa y otras muchas expresiones nació una película que no se conforma con repasar la trayectoria del comediante malagueño, sino que se interna en uno de los episodios más singulares de la televisión reciente: la disputa judicial que enfrentó al propio Chiquito con Florentino Fernández por Lucas Grijander, el personaje que este último interpretaba en «Esta noche cruzamos el Mississippi».

Una idea original que mira de frente el conflicto

El documental lleva firma de Diego San José como responsable de la idea original, y desde ahí propone un ángulo que yo, como espectadora, agradezco: en lugar de quedarse en el chisme o en el anecdotario, bucea en la pregunta de fondo, esa que reaparece cada vez que un imitador se vuelve más famoso que su modelo. ¿Dónde termina la inspiración y empieza la apropiación? ¿Qué pasa cuando un gesto, un acento o un vocabulario inventado se vuelven moneda corriente y alguien decide llevarlos al merchandising y a los escenarios? La película toma ese dilema y lo despliega con paciencia, dejando que las voces se vayan sumando como capas de una misma historia.

Porque, claro, hay que entender el peso específico del personaje de Fernández para dimensionar lo que se dirimió en los tribunales. Lucas Grijander no era apenas un sketch de dos minutos: llegó a tener su propio grupo, «Lucas y sus janders», con giras por distintos puntos de España, y una línea de productos asociados que convirtió aquellos tics y coletillas en un negocio con marca registrada. Lo que el documental expone con claridad es el contraste entre el Chiquito original, construido a fuerza de años en tablas de tablao flamenco, peñas y circuitos secundarios hasta desembocar en la masividad televisiva, y el personaje que tomó su estética para transformarla en un fenómeno paralelo. Esa distancia es la que la película recorre paso a paso, sin ahorrarles a los protagonistas la incomodidad de hablar sobre lo que sintieron cuando el conflicto se hizo público.

Una comedia que se explica desde sus raíces

Antes de llegar al juicio, la película se toma su tiempo —y hace bien— para reconstruir quién fue Chiquito de la Calzada más allá del meme y de la imitación. La narración arranca en sus orígenes, repasa su paso por distintos escenarios y se detiene en lo esencial: cómo se cocinó ese humor tan particular, hecho de palabras inventadas, de una fonética inconfundible y de un cuerpo que se movía como si le faltara el aire. Esa primera mitad funciona casi como una clase de historia del género, y deja al descubierto algo que a menudo se olvida: que detrás de cada celebridad humorística hay una artesanía paciente, llena de fracasos, pruebas y aciertos que el público rara vez ve.

A mí, particularmente, me gusta que el documental no se refugie en la nostalgia. Sí, hay emoción, hay cariño por el personaje original, hay risa inevitable cada vez que se recuperan sus mejores momentos en cámara. Pero también hay incomodidad, hay preguntas que quedan flotando después de los títulos finales, y hay una voluntad deliberada de no cerrar el caso con un veredicto simplista. La sensación que me quedó al reconstruirlo es que «El otro Chiquito» entiende algo que muchas producciones sobre celebridades olvidan: que la comedia es un oficio serio, con reglas, con autoría y con consecuencias, y que cuando esas reglas se cruzan, lo que se discute no es un chiste, sino el lugar que ocupa cada uno en la memoria colectiva.

Si te interesa conocer de verdad a un humorista, no solo las frases que lo hicieron famoso sino el camino que recorrió para inventarlas, este documental es una buena puerta de entrada. Y si te atrae el cruce entre cultura popular, televisión y justicia, también: hay material de sobra para discutir después con un café en la mano. Yo, sin dudarlo, lo recomiendo: deja pensando, deja hablando y, sobre todo, deja con ganas de volver a buscar los mejores chistes de Chiquito para entender de dónde vino todo.

JK
Julia KaplanCultura y espectáculos

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