"El mal hijo": el pulso perdido de un debut que prometía mucho más
Jaime Lorente se pone detrás de la cámara con una ópera prima que arranca en el patio de una abuela en Murcia y se pierde cuando se cruza con las mafias y el cine negro.

Hay una imagen que se me quedó grabada antes de que la película se torciera: la de una puerta entreabierta desde la que se cuela una infancia que no termina de entender lo que ve. Esa mirada lateral, ajena, casi de espía involuntario, resume lo mejor de "El mal hijo", el primer filme que Jaime Lorente dirige y que durante su primer tramo parece dispuesto a construir algo propio, un drama de vínculos rotos y de abuelos que crían a nietos que el sistema ya descartó. Después, ese pulso se diluye y la historia se va por caminos demasiado conocidos, pero arranquemos por lo que funciona.
El arranque se sostiene sobre una verdad que el cine argentino y el de acá cerca conocen bien: los afectos que se construyen cuando la familia falla. Rubén es un chico al que su padre deja tirado y que va a parar a la casa de su abuela, una mujer que no lo elige pero que termina levantándolo como puede. La película registra ese vínculo con una paciencia que se agradece: escenas de cocina, conversaciones al atardecer, chicos que hablan de cosas de chicos mientras el mundo adulto se desmorona a pocos metros. Lorente muestra oído para los silencios y para esos diálogos de niños que suenan de verdad, sin la solemnidad impostada que arruina tantas películas sobre la infancia.
El salto que arruina el encanto
El problema aparece cuando el relato pega el salto temporal y Rubén ya está entrando en la adultez. Ahí la película cambia de género casi sin pedir permiso: lo que era un drama íntimo se convierte en un thriller de narcotráfico, persecuciones y mafias que parecen sacadas de cualquier manual. Los recursos que antes parecían propios y específicos se transforman en fórmulas reconocibles del cine negro yanqui o europeo, y la calidez que sostenía la primera parte se evapora. Pierde densidad lo que se contaba y lo que se mostraba: los lugares comunes del género reemplazan a los hallazgos del arranque.
No es que el cine de género esté prohibido para un director que debuta, ni mucho menos. El problema es que "El mal hijo" no elige: empieza siendo una cosa y termina siendo otra sin que esa transición termine de cerrarse. Los personajes secundarios, que en la primera mitad tenían rasgos y nombres propios, se vuelven en la segunda cifras de un mecanismo de thriller, figuras que aparecen para empujar la trama hacia el próximo giro. La inexperiencia se nota justamente ahí, en la dificultad para sostener la tensión en las escenas de acción y para darles espesor a esos secundarios que quedan a medio camino.
“Cuando la historia decide volverse thriller, los momentos dramáticos se acumulan con una insistencia que termina por desgastarlos y deja la sensación de que el filme nunca termina de decidir qué quiere ser.”Julia Kaplan
Qué se salva y qué queda en el debe
Más allá del giro fallido, hay cosas que rescato y que cuentan como saldo a favor de Lorente como director. La composición de algunos planos tiene criterio, hay una búsqueda de encuadres que respiran y un uso del fuera de campo que en más de una escena genera verdadera incomodidad. El elenco responde con honestidad, sobre todo en los roles de la primera parte, donde los niños y la abuela cargan la película sin impostar. También se nota un trabajo de producción pensado, con una Murcia que funciona como personaje y no solo como decorado. Pero entre lo que el arranque prometía y lo que la película termina entregando hay una distancia considerable, y ese es justamente el debe más difícil de saldar en una ópera prima.
Si me preguntan a mí, y me lo preguntan cada vez que estreno columna, qué le recomendaría a quien se acerca a "El mal hijo", les diría que vayan, pero con una advertencia cariñosa: disfruten la primera media hora como si fuera una película distinta, dense tiempo para esa puerta entreabierta y esa charla de chicos al atardecer, y no se enojen cuando el relato se vaya por las ramas del narcotráfico. La ópera prima de Lorente no es un fracaso rotundo, es un debut con pulso que se pierde, y eso, a esta altura del partido, alcanza para dejar una puerta abierta pero también para pedir que la próxima vez elija mejor dónde poner el pie.
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