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Viernes, 16 de octubre de 2026
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El pulso quieto de Roy McBride y la larga sombra de un padre perdido en el espacio

La película de James Gray lleva a Brad Pitt desde la órbita baja hasta los confines del sistema solar en una misión que es, ante todo, una revisión íntima de la figura que marcó su infancia. Ciencia ficción y drama psicológico conviven en un relato donde la aventura espacial queda subordinada a las preguntas que un hijo arrastra sobre la admiración y la ausencia.

JK
Julia KaplanCultura y espectáculos · · 3 min de lectura
El pulso quieto de Roy McBride y la larga sombra de un padre perdido en el espacio

Cada vez que la voz en off de Roy McBride repite la frase de control emocional que le ordena mantener el pulso en condiciones óptimas, pienso que James Gray encontró una manera elegante de contar algo que, en otra película, hubiera sido un sermón: que hay hombres entrenados para no quebrarse y que, sin embargo, cargan con fracturas que ningún protocolo puede reparar. En Ad Astra, ese contraste que vertebra la película aparece desde el inicio y se sostiene a lo largo de un viaje que empieza con una caída desde una antena espacial y termina mucho más lejos de lo que la mayoría de los relatos del género se atreven a llegar.

Una misión que empieza en la Tierra y termina en los bordes del sistema solar

La historia que propone Gray toma como punto de partida la desaparición de Clifford McBride, un astronauta de leyenda que partió hacia los confines del sistema solar décadas atrás en busca de vida inteligente y nunca volvió. La película nunca dice que sea un eco de otras historias de la literatura que mutaron en genérico cuando Hollywood las adaptó como historia de padres ausentes; lo que dice, con los recursos del drama más clásico, es que el hijo brillante, fríamente competente, hereda la profesión y, sobre todo, la herida de quien se fue sin avisar. En esa historia familiar que se reescribe en cada escala del viaje, la exploración del universo queda en una misión secundaria.

“El comportamiento se caracteriza por el control emocional. Incluso frente a situaciones peligrosas, su pulso se mantiene excepcionalmente bajo.”La voz en off de Roy McBride

A lo largo del recorrido, Roy pasa por la Luna, que en la película funciona como una especie de periferia terrestre con shoppings y líneas de transporte, y llega hasta Marte, donde una base militar oficiada por oficiales de medio rango le permite continuar su periplo. La ambientación, construida con la fotografía de Hoyte van Hoytema, consigue que cada escenario se sienta a la vez cercano y extrañamente lejano, como si la humanidad hubiera extendido sus rutas comerciales al espacio sin terminar de llevarse sus problemas domésticos. Esa decisión visual, en una película que se mueve entre la aventura y la reflexión, refuerza la sensación de que lo que importa no es la geografia del cosmos.

  • La Luna funciona como una extensión de la Tierra, con su propio ritmo y sus propias tensiones.
  • Marte aparece como una escala operativa dentro de una misión que todavía tiene mucho por delante.
  • Neptuno, donde la película se detiene, oficia de destino final de un viaje hacia los confines del sistema solar.
  • La escala del transporte espacial, en una película con una escala preocupante como la temporada de blockbusters, cambia a la de un drama íntimo.

Hay persecuciones, riesgos y situaciones propias del suspenso más clásico, integradas con buen criterio en una narración de ritmo pausado, casi contemplativo. La secuencia en la estación lunar, con RoyMcBride temprano en la misión y todavía de uniforme, es de las más logradas del cine de acción reciente, pero lo que la hace funcionar no son los disparos sino la decisión de un personaje que empieza a separarse de lo que le ordenaron. En las distintas etapas de un periplo que pone a un hijo cara a cara con la figura que admiró, las persecuciones son excusas para avanzar en la historia.

Por todo eso, si me preguntan qué les recomiendo hoy, les digo que vuelvan a ver Ad Astra o que, si nunca la vieron, le den una oportunidad con paciencia, en pantalla grande si pueden, dejando que el ritmo pausado del relato les muestre el refugio que promete. La media es una película para los que saben que las mejores historias del género no hablan de planetas sino de personas, y los confines del sistema solar que importa son los que un padre y un hijo todavía pueden compartir.

JK
Julia KaplanCultura y espectáculos

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