Hermanos criados bajo el mismo techo pero con infancias que no se parecen
La edad de los padres, sus crisis personales y el lugar que cada hijo ocupa en la familia hacen que los recuerdos de la infancia difieran hasta volverse irreconciliables en la adultez.

Estoy en una casa de la provincia de Buenos Aires, tomando un mate con dos hermanos que ya pasan los cincuenta y que llevan meses sin poder hablar de un tema que les duele desde chicos: por qué la infancia que él recuerda no es la que ella recuerda. Mientras ellos buscan la palabra justa para describir lo que les pasa, uno escucha en silencio y se da cuenta de que el árbol genealógico que comparten no termina de explicar nada.
La escena parece menor, pero abre una pregunta que la psicología viene estudiando hace años y que atraviesa a muchísimas familias argentinas: cómo es posible que dos personas criadas por los mismos padres, en la misma casa, sentadas muchas veces a la misma mesa, terminen la adultez con memorias que parecen pertenecer a vidas distintas. No es un capricho ni una pelea por tener razón: hay razones concretas, y entenderlas suele aliviar conflictos que de otro modo se enquistan para siempre.
Los padres no son los mismos con cada hijo
Un padre o una madre de veintipocos años no se parece en nada a la misma persona llegada a los cuarenta. En el medio pueden haber pasado duelos, crisis de pareja, cambios de laburo, problemas de salud, mudanzas, subidas y caídas económicas. Cada hijo nace en un tramo distinto de esa historia y, por lo tanto, conoce una versión distinta de sus viejos.
“Los padres no son exactamente los mismos con cada hijo. Ellos también cambian, atraviesan duelos, crisis, separaciones, dificultades económicas, cambios laborales y transformaciones en la pareja.”Ana Paula Rivadero, psicóloga
A eso se suma el lugar simbólico que cada pibe ocupa desde chico en la troupe familiar. Hay casas donde uno termina siendo el responsable, otro el sensible, otro el que necesita ayuda, otro el que siempre la rompe. Esos rótulos se pegan temprano y tiñen tanto la vida cotidiana como la manera en que cada uno guarda lo que vivió. Un trabajo publicado en la revista The Journals of Gerontology, que entrevistó a 1.369 adultos de 498 familias, encontró que la mayoría de los hermanos criados bajo el mismo techo recuerda de manera diferente el vínculo con sus padres durante la infancia, sobre todo en lo referido al cariño recibido, los límites y los conflictos.
Cuando los recuerdos no encajan
Las diferencias casi nunca se notan en la infancia, cuando cada uno está ocupado en lo suyo. Se vuelven un problema en la adultez, cuando alguien larga un recuerdo en una reunión familiar y el otro lo mira como si estuviera contando una película ajena. Ahí aparece la pregunta incómoda: quién miente. Rivadero, a quien consulto por videollamada desde su consultorio en La Plata, me insiste con que esa pregunta no lleva a ningún lado.
“Sería productivo abandonar la pregunta de cuál de los dos recuerda correctamente y preguntar qué significa para cada uno aquello que recuerda.”Ana Paula Rivadero, psicóloga
Desde esa mirada, el quilombo no nace de que uno mienta y el otro diga la verdad, sino de que ambos vivieron experiencias genuinamente distintas a partir de hechos que, en los papeles, parecen los mismos. No hay una sola infancia recordada con mayor o menor fidelidad: hay construcciones diferentes de lo que se vivió. Hacerse cargo de eso, recomiendan los especialistas, suele bajar varios cambios la intensidad de las peleas que en muchos casos llevaban décadas sin solución.
Vuelvo a la cocina de aquella casa de la provincia de Buenos Aires. Los dos hermanos todavía no terminan de cerrar el acuerdo, pero algo cambió en la sobremesa: por primera vez dejaron de discutir sobre quién tuvo razón y empezaron a conversar sobre qué les tocó vivir a cada uno. Ese cambio de pregunta, pequeño y silencioso, suele ser el primer paso para que dos memorias distintas convivan sin destrozarse.
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