La herencia invisible: cuando los deseos de los padres se vuelven mochila para los hijos
La psicóloga Cynthia Wila explora en su ensayo "La culpa" cómo las expectativas familiares se transforman en mandatos que persiguen en la vida adulta y propone revisar de qué nos acusamos realmente.

En un consultorio de Buenos Aires, una mujer de cuarenta y tantos años se sienta frente a Cynthia Wila y, antes de pronunciar palabra, ya está cargando con un peso que lleva décadas encima. No recuerda exactamente cuándo empezó, pero sabe que cada decisión importante de su vida vino acompañada de la misma pregunta silenciosa: ¿esto será suficiente para ellos? Esa escena, que la psicóloga reconstruye a partir de los relatos que recibe en su práctica, resume el corazón de su último ensayo: la manera en que las expectativas familiares pueden transformarse en una fuente inagotable de culpa para los hijos, incluso cuando se transmiten con la mejor de las intenciones.
Wila, autora de La culpa (Paidós), parte de una idea tan simple como incómoda: muchas de las exigencias que cargamos en la adultez no nacieron con nosotros. Llegaron desde afuera, de la mano de madres y padres que, con frecuencia sin darse cuenta, depositaron en sus hijos proyectos que ellos mismos no lograron concretar. "Cuando un padre o una madre no pudo estudiar, viajó o alcanzó cierto reconocimiento, es muy común que traslade ese anhelo al hijo", explica la psicóloga desde su consultorio en la capital argentina. El problema, advierte, es que cumplir con los deseos pendientes de otra persona resulta, por definición, imposible.
El pedido cariñoso que también lastima
Hay un mito muy instalado según el cual las exigencias dañinas siempre llegan envueltas en gritos o reproches. Wila lo desmiente: las voces más pesadas suelen ser las que se expresan con dulzura. Un pedido formulado con ternura, un "yo solo quiero que seas feliz" dicho con los ojos llenos de expectativa, puede dejar la misma huella que un sermón. La angustia que provoca no es menor: el hijo queda atrapado en la incertidumbre de no saber exactamente qué esperan los adultos ni qué tendría que hacer para ganar su aprobación. Y esa búsqueda, sostiene la especialista, es tierra fértil para la culpa.
“No hacen falta palabras hirientes para generar una carga enorme. Un pedido expresado con cariño puede dejar igualmente abierta la inquietud por saber qué esperan los adultos y qué habría que hacer para obtener su aprobación.”Cynthia Wila, psicóloga y autora de La culpa (Paidós)
Mandatos que se vuelven voz propia
El planteo de Wila distingue con cuidado entre dos tipos de normas. Están aquellas que ayudan a convivir, como las que ponen límites a la agresividad o al egoísmo, y están los mandatos que restringen las elecciones personales: estudiar tal carrera, quedarse cerca de casa, formar una familia en determinado momento. Algunas de estas exigencias quedan asociadas al miedo más profundo que puede sentir un hijo: el de perder el afecto de quien las transmite. Así, las decisiones quedan condicionadas por ese temor, y lo que parece una elección libre termina siendo una obediencia disfrazada.
Lo que más me interesa del trabajo de Cynthia es que no se queda en el diagnóstico. Frente al mecanismo de la culpa heredada, la psicóloga propone algo tan sencillo como difícil de aplicar: detenerse a pensar qué está pasando. Examinar la responsabilidad concreta por los propios actos, distinguir lo que efectivamente hicimos de aquello que nos reprochamos sin motivo. Wila aclara, con buen tino, que la influencia de la familia, la educación, la religión y la cultura varía muchísimo según las experiencias de cada persona. Por eso describe recorridos individuales, atravesados por palabras, gestos y situaciones vividas en cada historia particular.
Vuelvo a la mujer de la escena inicial. Después de varias sesiones, empezó a reconocer que muchas de las exigencias que sentía como propias nunca habían sido formuladas con esas palabras. Eran ensoñaciones, sugerencias, silencios cargados de significado. Entender eso no borra de un plumazo la mochila, pero al menos permite empezar a preguntarse, como propone Wila, de qué se acusa uno realmente. A veces, la diferencia entre cargar con una culpa heredada y hacerse cargo de los propios actos es el primer paso para vivir un poco más liviano.
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